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Dieta y nutrición
Hambre emocional
A veces comemos por aburrimiento, por tristeza, por estrés o ansiedad. Es lo que se conoce como hambre emocional, que nos empuja a comer al confundir los sentimientos con el apetito sin ser conscientes de ello.
Escrito por Adrián Cordellat, Periodista especializado en maternidad, educación y salud

Consecuencias del hambre emocional

El hambre emocional tiene consecuencias para la salud de quienes la padecen tanto a nivel físico como psicológico, aunque éstas dependerán de la frecuencia con la que los pacientes sufran estos episodios y de la forma en que los afronten. Así, a nivel psicológico, destaca lo que la experta en trastornos alimentarios Paula Lucio denomina ‘efecto bola de nieve’, y que propicia el afloramiento de “sentimientos negativos hacia tu propia persona que van en aumento, la baja tolerancia a la frustración, conductas compulsivas, pereza y no esfuerzo, poca motivación al cambio, baja autoestima y confianza en ti mismo o descontrol y desajuste emocional, entre otras muchas cosas”. Son, por tanto, sentimientos de frustración, culpabilidad y tristeza que suceden a cada atracón y que pueden alterar el equilibrio mental de las personas, dando lugar a episodios de ansiedad y de depresión. En este sentido, como afirma Elia Frías, la ansiedad está “frecuentemente relacionada” con el hambre emocional, “aunque a veces la comida es la causa y en otras es la consecuencia”.

Otra consecuencia bastante inmediata del hambre emocional, si no se recibe el tratamiento psicológico adecuado y especializado, puede ser la cronificación de este trastorno alimenticio, con las implicaciones sociales que ello puede conllevar. En casos extremos, cuando el hambre emocional se convierte en algo crónico, puede derivar en otros trastornos alimenticios más graves, como la bulimia nerviosa o, incluso y en última instancia, poner en peligro la vida del paciente.

A nivel físico, por su parte, la consecuencia más visible y evidente puede ser el sobrepeso, ya que por regla general el hambre emocional suele saciarse con alimentos superfluos, procesados y de alto valor calórico, ricos en azúcar, grasas saturadas y sal. Fruto de la ingesta descontrolada de este tipo de productos, estos pacientes, si no reciben el tratamiento adecuado, “tienen probabilidad de desarrollar hipertensión, colesterol LDL elevado, cálculos en la vesícula biliar y diabetes”.

La magnitud del problema se acrecienta, como afirma Júlia Pascual, por que comer compulsivamente, y más si estás pasando por un mal momento, “parece un acto normalizado”. Además de por el hecho de estar infradiagnosticado. Al final, según la psicóloga, las personas que presentan este problema, “suelen pedir ayuda para bajar de peso y no creen que sea un problema a tratar, de forma que acuden a dietistas en vez de un psicólogo”. Si éstos no lo saben “diagnosticar y derivar” el problema puede ir en aumento, incrementando las consecuencias negativas para la salud física y psicológica de esta trastorno alimenticio.

Su opinión la corrobora Paula Lucio, que añade que ante un mal diagnóstico “por norma general se tienden a realizar pautas dietéticas para una pérdida de peso que ayude a la autoestima, pero a costa de una alimentación pobre en nutrientes y calidad energética, lo que desencadena un empeoramiento de la percepción cognitiva y acaba provocando que la persona tome peores decisiones alimentarias, lo cual no hará más que agravar su salud y su estado emocional”.

Actualizado: 30 de Agosto de 2017

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Escrito por:

Adrián Cordellat

Periodista especializado en maternidad, educación y salud
Adrián Cordellat

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de cada 3 pescados consumidos en España podría transmitir el anisakis
'Fuente: 'Organización de Consumidores y Usuarios (OCU)''

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