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Entrevistas de Mente y emociones
Pedro Moreno

Pedro Moreno

Doctor en psicología y autor de ‘Abrirse a la vida’
“Cuando vives una situación dura, como la muerte de un ser querido, un divorcio, un despido, acoso…, y ya has hecho todo lo posible para evitarla o resolverla sin éxito, al final te queda la opción de aceptar de una forma radical lo que ha sucedido, y a partir de ahí construir tu vida de nuevo, o quedarte atascado en un bucle de lamentaciones”

El programa basado en el mindfulness y en cultivar una actitud amable y compasiva, que propone el psicólogo Pedro Moreno, ayuda a controlar los pensamientos negativos, para lograr la felicidad y evitar el sufrimiento.

La muerte de su madre en circunstancias difíciles marcó un antes y un después en la vida de Pedro Moreno, doctor en psicología y especialista en psicología clínica, que ha decidido aprovechar su experiencia como experto en el manejo del dolor emocional de sus pacientes, pero también como protagonista de una situación que le provocó ansiedad, angustia, tristeza, y rabia, para escribir un libro (Abrirse a la vida, Editorial Desclée de Brouwer 2016), con el objetivo de ayudar a sus lectores a enfrentarse a los problemas y pérdidas que sufrirán inevitablemente a lo largo de su vida. El autor nos propone para ello un programa de entrenamiento mental basado en el mindfulness y una actitud amable y compasiva, que enseña cómo mirar en nuestro interior y conocer y controlar nuestros pensamientos para lograr la felicidad y evitar el sufrimiento, que tantas veces alimentamos con ideas negativas.

Abrirse a la vida

¿Qué quieres decir exactamente con el título de tu libro: ‘Abrirse a la vida’?

La expresión tiene una larga historia, y arranca de un proceso personal, que comenzó hace siete años cuando muere mi madre, en circunstancias un poco complicadas. A raíz de este doloroso suceso, en el que me tocó ponerme un poco en el papel de paciente, fui experimentando la historia desde dentro, y aprendiendo cosas que he ido aplicando con mis pacientes. Cuando estaba terminando el libro y pensé cómo llamarlo, me di cuenta de que la clave del asunto estaba en que cuando la vida te golpea tienes dos opciones: o te cierras a la vida, o te abres a ella. Y la propuesta del libro, claro, no es cerrarse, sino abrirse a la vida; y eso significa que cuando vives una situación dura, como una muerte por negligencia –que fue mi caso–, un divorcio inesperado, un despido improcedente, un acoso…, cualquier situación que te hace sufrir y te desborda, y ya has hecho todo lo que puedes hacer para evitarla o resolverla, y no ha sido posible, al final te queda la opción de aceptar de una forma radical y profunda lo que ha sucedido, y a partir de ahí construir tu vida de nuevo, o la de quedarte atascado en un bucle de lamentaciones del tipo: “¿por qué a mí?”, “no debería…”, “esto no es justo”, “me voy a cargar al responsable”…

Y la posición de cerrarse a la vida significa, para mí, no volverte a exponer para intentar evitar que te ocurra algo desagradable, pero entonces impides también cualquier cosa positiva, y te quedas en casa, te encierras, no sales, no estableces nuevas relaciones, no te implicas en nuevas actividades… De esta forma, entras en una espiral depresiva que te lleva prácticamente al infierno; y si tú ya estabas en un infierno por lo que te ha pasado, con la actitud que adoptas no permites que tu propia mente se sane de lo que ha pasado, y la vida –como decía una compañera mía psiquiatra– es una colección de duelos, porque siempre estamos perdiendo cosas y reponiéndonos de esas pérdidas. La propuesta del libro es mirar introspectivamente, valorar tus opciones, y comprobar que abrirse a la vida es el camino a elegir para reconstruirte.

Tú eres psicólogo, y afirmas que en un momento especialmente difícil de tu vida –la muerte repentina de tu madre–, te resultaron de gran ayuda los consejos de otros. ¿Ha cambiado tu visión sobre tus pacientes y sus problemas, o la forma de ayudarles, después de esta experiencia?

Sí, de una forma radical. Hay dos Pedro Moreno, como mínimo; uno antes y otro después de esto. Yo soy doctor en psicología y estoy especializado en psicología clínica, pero la posición científica “yo soy el experto y lo sé todo” cambia radicalmente a partir de enfrentarme a la muerte de mi madre, porque una cosa es ver que el paciente que tienes delante lo está pasando mal, y que tú haces lo que puedes para ayudarle, y otra cosa muy distinta es ver que te ha pasado a ti y lo tienes que gestionar por ti mismo, y esa vivencia personal fue muy dolorosa para mí, porque en este caso no es solo que se muere tu madre, que era mayor, y es ley de vida, sino que hubo una negligencia, según lo veo yo. Y cuando hay una negligencia te preguntas por qué ese profesional no ha llevado el cuidado suficiente, y puedes entrar en un sendero muy peligroso, que ya había visto en algunos pacientes, que mantenían una postura de no aceptación de lo que había pasado, y mostraban un sentimiento de rabia, de injusticia, de frustración…, y hacían de eso una razón de vida, de lucha, y quizás por esa experiencia me di cuenta de que si tomaba esa dirección sería para no salir, y recuperé el sentido común y decidí pensar tranquilamente cómo abordar lo sucedido, con la mente un poco fría. Y comprendí que podía optar por la revancha y la venganza, e ir a los tribunales, o centrarme en hacer mi vida.

Mi madre me sirvió, además, como inspiración, porque ella era una persona muy católica, con mucha fe, y que se caracterizaba por aceptar las cosas como vienen. Todo eso me hizo cambiar mi posición inicial, y actuar como a ella le hubiera gustado, y pensar “o me centro en mi vida, en mis hijos, mi familia…, o lo pierdo todo en una batalla que está perdida”, porque soy un profesional de la medicina que conoce el sistema desde dentro, y demostrar una negligencia es prácticamente imposible. La energía es limitada: o la gastas en una cosa, o la gastas en otra. Y cuando te centras en ese proceso de sanación, de encontrarte bien contigo mismo, aprendes muchas cosas, e incorporas esa experiencia en tu vida y en tu forma de tratar a la gente en general, y a los pacientes en la consulta. Te vuelves más persona y menos experto, o menos profesional aséptico. A veces nos ponemos en la posición de experto, y parece que estamos por encima del bien y del mal; eso me pasaba antes de la muerte de mi madre, pero ahora ya no me pasa.

En tu libro hablas de un “afrontamiento saludable de las dificultades que nos trae la vida”. ¿Cuáles son las señales que indican que no estamos reaccionando de forma adecuada ante un problema o experiencia desagradable?

“La emoción primaria que debe acompañar a cualquier situación de pérdida es la tristeza; si experimento rabia, frustración, miedo…, puede significar que mi afrontamiento es erróneo”

Si estamos por ejemplo hablando de una pérdida, que puede ser pérdida de un puesto de trabajo, de un rol, de un ser querido, de la salud (por una enfermedad crónica), lo que acompaña a esa pérdida es la tristeza. Yo he perdido algo –un trabajo, una pareja a la que yo quería, un rol porque era un trabajador activo y un accidente me ha dejado minusválido y me tengo que jubilar…–, y la emoción primaria que debe acompañar a cualquier situación de pérdida es la tristeza. Por tanto, si yo no estoy sintiendo sobre todo tristeza, sino que estoy experimentando rabia, frustración, miedo…, cualquier emoción distinta a la tristeza me está dando un poco la pista de que se está produciendo un afrontamiento erróneo.

Estabilidad emocional como base de la felicidad

En el gráfico que valora el impacto emocional de los acontecimientos más estresantes que suelen suceder en la vida, algunos son positivos –un embarazo deseado, unas vacaciones, un aumento de ingresos…–, ¿significa eso que también deberíamos estar mentalmente preparados para afrontar el éxito?

La tabla que pongo en el libro es un resumen de una investigación que se realizó en los años 80, y en la que se pedía a un grupo de pacientes de un hospital que valorasen en qué medida creían ellos que reaccionarían con estrés frente a diversos tipos de situaciones, muchas de las cuales eran acontecimientos positivos, deseados, o incluso elegidos. El trabajo tiene muchas limitaciones, porque no es lo mismo preguntarle a alguien cómo cree que reaccionaría frente a la muerte de su madre, que si le dejara su mujer, o le despidieran del trabajo…, pero tomándolo con las debidas precauciones sí puede servir para comprobar que el estrés no es consecuencia únicamente de una situación negativa, sino que también un suceso positivo puede provocar un problema, ya que el estrés es ese estado de tensión que experimentamos cuando nos enfrentamos a una situación que conlleva algún tipo de cambio o de reacción, y las situaciones negativas, obviamente, nos van a suponer un desafío, pero las situaciones positivas también. Algunos pacientes míos cuando se acercaba su fecha de boda, sufrían crisis de ansiedad, y se les caía el pelo. Por eso es muy importante aprender a gestionar bien nuestras emociones, incluidas las agradables, y evitar que sean ellas las que controlen nuestra vida.

¿Cómo definirías tú la felicidad? ¿Cambia el concepto que tenemos de esta emoción a lo largo de la vida?

“Si logras ese estado de calma mental en la que las situaciones no provocan reacciones de forma automática, sino que tú eres dueño de tus emociones y eliges tus respuestas, alcanzarás esa dicha y esa serenidad que para mí sería lo más cercano a una felicidad auténtica”

La definición de felicidad daría para un libro entero. Si escoges la definición de la RAE: “estado de grata satisfacción espiritual y física”, que es la primera acepción, la felicidad es algo muy concreto, pero a la vez bastante etéreo. Sin embargo, cuando preguntas a la gente qué es lo que les haría felices, suelen contestar cosas como que te toque la lotería, que tengas una pareja maravillosa, guapísima y bondadosa, o cualquier otra fantasía, que cubra todas sus necesidades, pero cuando hablamos de algo que cubra todo… ¿A qué nos referimos? Si nos referimos a cosas materiales esa satisfacción siempre va a ser efímera, porque si te toca mucho dinero llegará un momento en que o bien se termine, o te acostumbres a tenerlo y ya no te produzca el mismo efecto; y si tu pareja es maravillosa, a lo mejor al cabo de un tiempo ya no lo es tanto, o a ti ya no te lo parece, o te apetece una relación distinta. Por eso, si nos centramos en la felicidad que nos pueden proporcionar las cosas típicas de la sociedad de consumo, probablemente estaremos expuestos a los vaivenes de las modas, a ideales que no se sabe muy bien a dónde te llevan, y permaneceremos siempre en un estado de insatisfacción crónica, porque nunca vamos a llegar a ese sitio que se llama ‘felicidad’.

Cuando yo hablo en términos de la felicidad auténtica, o la felicidad genuina, me refiero a esa primera parte de la definición de la RAE, al estado de grata satisfacción, espiritual o mental, no en el sentido de espíritu trascendente, sino a que la mente tiene la capacidad de transformarlo todo –para bien y para mal–, y una sensación física se puede convertir en algo insoportable, o resultar algo placentero, y muchas veces depende de cómo lo gestione la mente. En la medida en la que eres capaz de comprender tu propia mente, y aprender a aportar pensamientos que te ayuden a transformar las vicisitudes de la vida cotidiana en soportables, te puedes ir liberando de capas de infelicidad, y si logras ese estado de calma mental en la que las situaciones no provocan reacciones de forma automática, sino que tú eres dueño de tus emociones, y eres capaz de elegir tus respuestas, alcanzarás esa dicha y esa serenidad, que para mí sería lo más cercano a una felicidad auténtica.

Dices que “abrazar la idea de que el cambio es continuo, es una forma de protegerse del sufrimiento innecesario”. ¿Pero, asumir que nada permanece, no puede también desestabilizarnos emocionalmente?

Si la idea de la estabilidad emocional viene de que mi felicidad tiene que ser permanente y no puede cambiar nada, yo mismo estoy alimentando las causas de la infelicidad. De forma instintiva todos deseamos que si las cosas nos van bien no cambien y, si nos van mal, que la situación termine de una vez, porque eso no es vida. Y en esos movimientos de la mente es donde se genera el sentimiento de infelicidad. En el libro cuento el caso de una paciente que sufría dolores continuos en las manos, pero que a veces tenía un par de días en los que no le dolían; sin embargo, esos días los pasaba mal pensando que pronto empezaría de nuevo el dolor. En el tema del sufrimiento emocional es importante comprender que aunque hay dolores inevitables en la vida, como es el duelo por la muerte de un ser querido, también hay una parte muy importante –que a veces pasa desapercibida– que consiste en lo que le añadimos nosotros mismos con la historia mental que elaboramos cuando nos enfrentamos a cualquier problema, con pensamientos como: “es una injusticia, el universo me trata mal, siempre me pasa a mí, a mi familia parece que la ha mirado un tuerto…”. Todas esas capas negativas que yo le voy añadiendo con mi historia mental, son las que convierten el dolor en algo insufrible, y al final lo que más me afecta es el sufrimiento que estoy creando.

En el libro pongo algunos ejemplos interesantes para ver esta progresión, incluso con el tema del dolor físico, porque también tengo pacientes que padecen enfermedades crónicas acompañadas de dolor, y con ellos se trabaja de una forma muy parecida. El dolor físico provoca una sensación que no te quita nadie; si te han pinchado con una aguja en la mano, eso estimula un receptor, que provoca un estímulo, un impulso nervioso, que llega al cerebro y se interpreta como una sensación dolorosa. Pero, ¿solo es una sensación que se interpreta? Porque entonces cuando uno tiene el dolor del miembro fantasma, en el que el miembro ya no está, sigue existiendo la experiencia de dolor. Cuando a uno le someten a hipnosis y le provocan una sugestión de analgesia –y esto lo he probado yo con la que hoy es mi mujer cuando todavía era mi novia–, le pueden pinchar con una aguja y que no sienta dolor. Ella lo describía después como una sensación de tacto, y sin embargo yo la había pinchado con una aguja. Y esto se puede llevar también al dolor emocional.

El poder de la mente para controlar el dolor físico y emocional

Pones como ejemplo del gran poder de la mente a una mujer que ha conseguido controlar su dolor físico a través del mindfulness. ¿Está científicamente comprobado que este tipo de meditación pueda aliviar el dolor?

“A través de la meditación la gente que se enfrenta a situaciones complicadas puede darse cuenta de qué pasa en su mente, porque cuando empiezas a practicar la meditación observas tu interior, ‘desconectas el piloto automático’, y comprendes que muchas veces eres tú el que está agitando las ramas del dolor”

Bueno, a esa persona la conozco yo. El caso concreto de Vidyamala Burch, que es una mujer de Nueva Zelanda con la que coincidí en un congreso en Zaragoza el año pasado. Ella iba en una silla de ruedas por un accidente que tuvo en la adolescencia, y que le dejó como secuela un dolor tremendo y la espalda hecha polvo, y a través de la meditación esta mujer ha conseguido rehacer su vida, y ha escrito un libro contándolo. Y en la colección que dirijo yo hemos seleccionado el libro de otra mujer, que se publicará próximamente, y que es otro caso documentado, y se trata de una señora que era profesora de derecho en una universidad de California, y que a partir de una infección vírica sufrió un síndrome de fatiga crónica, y a través de la meditación esta señora acepta el margen de maniobra que tiene y recupera su vida, dentro de las condiciones que le impone la enfermedad. Lógicamente, el mindfulness no te resuelve una discapacidad física, y si te has quedado parapléjico, no te levantas y andas, pero entre tener una lesión en la espalda, y no tener vida, hay una diferencia importante.

Con respecto a la parte emocional, a través de la meditación la gente que se enfrenta a situaciones complicadas puede darse cuenta de qué pasa en su mente, porque cuando empiezas a practicar la meditación observas tu interior, ‘desconectas el piloto automático’, y comprendes que muchas veces eres tú el que está agitando las ramas del dolor.

En el libro explicas diferentes técnicas de meditación para calmar la mente, cultivar la bondad y la compasión, etcétera. ¿Durante cuánto tiempo hay que realizar este entrenamiento mental para empezar a notar sus beneficios?

“El problema del mindfulness es que es algo engañosamente sencillo, y es complicado explicar con palabras las dificultades que uno puede encontrar en su práctica, porque la mente es como el aire: es muy difícil de atrapar con la mano”

Varía mucho dependiendo de la personalidad y las circunstancias vitales de cada uno. Yo hago una terapia de grupo en el centro en el que trabajo, que dura ocho semanas, y el libro explica un poco el programa que seguimos. Con la práctica que realizamos hay personas que espontáneamente, en la cuarta o quinta sesión, empiezan a decir que se encuentran mejor, y hay otras que necesitan seguir practicando un tiempo más. En el libro lo que propongo es un programa que consiste en practicar al menos unas 50 horas de meditación. De hecho, en el libro se hace una pausa al final del capítulo 8, y se indica que si con 50 horas de práctica observas que no has alcanzado beneficios, probablemente debes buscar a alguien que te lo explique, porque el problema del mindfulness –y por eso se necesitan 300 páginas para explicarlo, y aun así se puede malinterpretar– es que es algo engañosamente sencillo, y es complicado explicar con palabras las dificultades que uno puede encontrar en su práctica, porque la mente es como el aire: es muy difícil de atrapar con la mano.

Tú puedes pensar que lo estás haciendo fenomenal, y sin embargo estar aplicando un grado de tensión excesivo. A mí, por ejemplo, me ocurrió eso al principio de practicar la meditación; pensé que se trataba de saber enfocarse, y que me resultaría sencillo porque había estudiado una carrera, había hecho una tesis doctoral, y llevaba mucho tiempo concentrado, pero apliqué la fuerza de concentración de forma tan intensa que acabé con unos dolores de cabeza tremendos. Por eso al final del libro decidí incluir una especie de ‘mapa para exploradores de la mente’, en el que se van detallando situaciones y problemas que te puedes encontrar, y se explica qué puedes hacer para superarlos. Porque meditar es muy sencillo: es prestar atención: estar en lo que estás, sabiendo que estás en lo que estás y, cuando dejas de estar en lo que estás, volver de nuevo a estar en lo que estás; y siempre, con amabilidad. Se puede comparar a convertirse en culturista, que consiste básicamente en mover peso, pero hay que moverlo bien, hacer una serie determinada de repeticiones, alternándolas con reposo, seguir una dieta concreta, tener una disciplina y un tiempo de entrenamiento… Es cierto que también se necesita una genética adecuada para llegar a ser un Mr Olympia, pero si no sigues la rutina de trabajo necesaria, nunca llegarás a serlo. La meditación es algo similar, y yo propongo que se vaya poco a poco. Y si te pones a meditar y te pones nervioso y tienes la sensación de que eso no es para ti, es precisamente una señal de que sí lo necesitas, y necesitas practicarlo, porque es como cuando vas al gimnasio y tienes agujetas, y eso es porque no tienes la forma física que deberías tener, y lo que tienes que hacer es adaptar el entrenamiento a tu nivel actual, y a partir de ahí ir progresando. Si te pones a meditar y ves que te duele la cabeza, que se te hace insoportable, super aburrido…, todas esas señales que indican que parece que va mal, son en realidad un signo de que te hace falta.

En el grupo que imparto hago algo similar al bautizo en el buceo, doy las nociones, lo ponemos un poco en práctica, y tras el programa de ocho semanas la gente ya dispone de las pautas para empezar a trabajar por su cuenta. Y si quieres trabajarlo a fondo, siempre es bueno, como ocurre en el mundo del deporte, que busques un buen entrenador, un psicólogo que practique la meditación y tenga experiencia en ello.

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'Fuente: 'Boston Medical Group''

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