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Obsesiones, cómo salir de su laberinto
El cerebro no descansa y ciertos pensamientos rumiantes pueden llegar a obsesionarnos. Te explicamos cómo se generan y cómo aprender a controlar y gestionar las obsesiones para evitar que condicionen nuestra vida.

Origen de las obsesiones y cómo afectan a nuestras vidas

Actualizado: 16 de diciembre de 2019

Todos en algún momento hemos experimentado esa molesta sensación de no ser capaces de quitarnos una idea de la cabeza. O tal vez era una sensación, o una imagen, las que nos causaban dicho malestar, llegando a convertirse en auténticas obsesiones: pensamientos, imágenes o sensaciones, que aparecen de forma abrupta e intrusiva en nuestra mente causándonos un importante nivel de ansiedad.

Sin embargo, por desagradable que nos parezca, la tendencia a obsesionarnos con cosas que nos preocupan es muy común. No nos referimos a los casos de trastorno obsesivo compulsivo (TOC), un importante problema psicopatológico que interfiere gravemente en la vida cotidiana de quien lo padece, pudiéndose asociar a otros problemas psicopatológicos como la depresión, sino a las obsesiones sanas que aparecen de forma cotidiana, y cuya función es ayudarnos a analizar exhaustivamente nuestro entorno, disminuyendo la probabilidad de equivocarnos…, o al menos eso creemos inicialmente.

Cómo se originan las obsesiones en nuestra mente

Nuestro cerebro se encuentra en actividad constante, y dicha actividad crea contenidos mentales. Este contenido hace referencia a nuestros pensamientos, autodiálogo interno, imágenes mentales, e incluso sueños o ensoñaciones. Contenidos que están a su vez producidos por la actividad de nuestras funciones cognitivas más básicas como la percepción, la atención y la memoria.

Así, por ejemplo, dependiendo de a lo que atendamos, daremos lugar al procesamiento de un tipo de información u otra, y almacenaremos (memorizaremos) diferentes realidades; las obsesiones son contenidos mentales que aparecen en nuestra mente en forma de imágenes, pensamientos o sensaciones que se derivan de un procesamiento inadecuado de la realidad, generalmente cargada de estímulos amenazantes.

Ya en nuestro artículo sobre cómo frenar el diálogo interno negativo hablábamos de los sesgos cognitivos; formas distorsionadas de interpretar la realidad debido a que añadimos, o nos faltan, aspectos relevantes de la misma. Las obsesiones que padecemos de forma cotidiana (por ejemplo acerca de si hemos realizado bien nuestro trabajo, por una decisión difícil de tomar, o sobre los matices de aquella conversación que tuvimos con alguien que nos importa y cuyas consecuencias pueden ser relevantes) son en muchas ocasiones producto de dichos sesgos cognitivos, que alteran nuestra percepción de la realidad atendamos y almacenemos exclusivamente la información amenazante.

Esta es la razón por la que los contenidos mentales (pensamientos) derivados de dicho procesamiento erróneo de la información aparecen cargados de contenido ansiógeno, cuyas consecuencias pretendemos evitar analizando la situación una y otra vez; es decir, obsesionándonos.

Consecuencias de vivir obsesionado

Las consecuencias positivas de las obsesiones son mínimas en comparación con las negativas. La obsesión indudablemente me ayuda a analizar una y otra vez la realidad disminuyendo (no reduciéndola por completo) la probabilidad de error, y esto es tal vez la única consecuencia positiva de obsesionarnos.

Sin embargo, el precio a pagar es alto; no solo por el importante nivel de malestar emocional (ansiedad, frustración, ira e indefensión) que genera, sino también por los problemas derivados del tiempo dedicado a dicha obsesión. En este sentido, muchas veces las personas pierden demasiado tiempo dando una y otra vez vueltas a sus pensamientos, no acaban de tomar decisiones y, mientras tanto, el tren pasa de largo en sus vidas.

En otros casos, cuando la obsesión cobra un matiz demasiado intenso o causa un malestar importante debido a la incapacidad de quitárnoslo de la cabeza, podría deberse a un trastorno obsesivo compulsivo, o a un trastorno de personalidad obsesiva (clásicamente denominado trastorno anancástico de la personalidad).

Aunque no es necesario padecer ningún tipo de psicopatología para que las obsesiones entren en nuestra vida –inicialmente de una forma sana–, ayudándonos a evitar males mayores, cuando son demasiado frecuentes, intensas o duraderas, esta alternativa que nuestra mente nos ofrece de forma espontánea para adaptarnos al entorno puede llegar a desajustarnos emocionalmente de forma importante, y conviene saber cómo salir a tiempo de este laberinto.

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