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La diabetes es un problema mundial que origina unas 200.000 muertes anuales en el mundo, asociadas hasta en un 80% de los casos a causas cardiovasculares. Tanto es así, que el simple hecho de bajar un punto porcentual en el control de la hemoglobina glicosilada (HbA1C) hace disminuir hasta un 15% el riesgo de infarto.

Esta enfermedad es un factor de riesgo independiente para sufrir infarto de miocardio e ictus, y se relaciona estrechamente con la hipertensión arterial, la obesidad y la hipercolesterolemia en el síndrome metabólico. Incluso a la hora de realizar un cateterismo cardiaco a un individuo con diabetes, las lesiones de las arterias coronarias tienden a ser más difusas y complejas, y en ocasiones tiene menos éxito la implantación de stents, o lo hace más difícil debido a esta distribución de las placas de ateroma. También es frecuente la presentación atípica de los síntomas, pudiendo incluso sufrir anginas o infartos con menor dolor o incluso sin él.

A otros niveles, el diabético sufre con mayor frecuencia arteriosclerosis de las arterias de las piernas, y lo manifiesta como claudicación intermitente (necesidad de pararse cada pocos metros por dolor secundario a la falta de riego), y también presentan mayor riesgo de ataques isquémicos cerebrales e ictus.

Por tanto, se debe insistir en un control estricto de la diabetes, así como no olvidar con la misma convicción el control de los demás factores que incrementan el riesgo de padecer estas enfermedades. En este sentido, se ha de perseguir la reducción del peso en el paciente diabético, como también el uso de medicamentos o modificaciones dietéticas que eleven los niveles de HDL y disminuyan los de LDL, y no sobrepasar las cifras de 140/80 mmHg, y por supuesto insistir en el abandono del tabaco.

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