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Entrevistas de Mente y emociones
Ignacio Morgado

Ignacio Morgado

Catedrático de Psicobiología, director del Instituto de Neurociencias de la UAB, y autor de 'Emociones corrosivas'
"El odio, la envidia, y el resto de las emociones corrosivas, cuando son intensas y permanentes, provocan un daño inmenso en la salud psicológica y emocional, pero también a nivel físico; son como una carcoma interna que poco a poco va dañando cada vez más y más tu propio organismo"

La envidia, el odio, la vanidad, la codicia y el sentimiento de culpa, son solo algunas de las emociones corrosivas que, cual virus, se introducen en nuestra mente, y afectan a nuestra salud emocional y psicológica, pero que también pueden llegar a provocar problemas físicos. Ignacio Morgado, catedrático de Psicobiología, director del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), y autor de 'Emociones corrosivas' (Editorial Ariel, 2017), nos explica cómo se desarrollan estas emociones tan negativas que, al igual que los sentimientos, no elegimos experimentar, pero que debemos aprender a afrontar y a controlar y, sobre todo, a evitar que determinen nuestra manera de vivir y de comportarnos con los demás porque, como dice este experto, "conociendo el daño que ese tipo de emociones pueden hacernos, ya estamos predispuestos a evitarlas, ya tenemos una primera información muy importante para no caer en ellas". Y añade que una educación basada en la cooperación y la superación, y no vivir pendientes de lo que piensen los demás de nosotros, son algunas de las claves para librarse de esta carcoma emocional.

Emociones corrosivas

¿Qué características de nuestra personalidad, o de nuestro entorno, nos pueden hacer más propensos a experimentar emociones corrosivas?

Todos podemos experimentar ese tipo de emociones, lo que ocurre es que cada uno de nosotros las experimentamos con mayor o menor fuerza en función de un factor que sí podemos heredar, y que es la reactividad emocional. No nacemos con emociones ya impresas en nuestro cerebro, en nuestra mente, pero sí heredamos una cierta capacidad para que cuando nos frustran, o nos sentimos amenazados, o nos encontramos en una situación especial, poder reaccionar con más o menos fuerza, con más o menos intensidad. Eso ya se ve en los niños pequeños de dos o tres años, que ante una misma frustración algunos ya se enfadan mucho, lo manifiestan mucho, y otros se enfadan menos, o más suavemente; y eso significa que ya nacemos con una cierta propensión a reaccionar emocionalmente.

No nacemos con emociones ya impresas en nuestra mente, pero sí heredamos una cierta capacidad para que cuando nos frustran, o nos sentimos amenazados, poder reaccionar con más o menos intensidad

Las personas que tienen este tipo de propensión es lógico que cuando después culturalmente son influenciadas para desarrollar envidias, odios, codicias, etcétera, también lo manifiesten con más fuerza. Pero ningún individuo nace siendo envidioso, ninguno nace siendo codicioso, ni odiando, ni teniendo sentimientos de vergüenza. No, todo esto lo produce más bien la cultura, la educación que recibimos, en interacción con ciertas predisposiciones genéticas, que heredamos y que hacen que manifestemos las emociones con más o menos fuerza.

¿Hay diferencias significativas en la forma de experimentar estas emociones corrosivas dependiendo del tipo de sociedad y cultura?

Claro que las hay, porque las diferentes sociedades tienen estímulos diferentes para provocar todo ese tipo de sentimientos. Lo que sí puedo decir es que tanto en las sociedades orientales como en las occidentales, en cualquier tipo de sociedad donde haya una persona, donde haya un homo sapiens sapiens, que somos nosotros, va a haber emociones corrosivas; es decir, va a haber envidias, codicias –de un tipo o de otro–, sentimientos de culpabilidad y de vergüenza, odios, vanidades… Lo que cambia de una sociedad a otra son los estímulos, las ideas, los pensamientos, las creencias, las incitaciones, que hacen que la gente acabe experimentando emociones corrosivas; eso cambia, eso es diferente, porque lo que puede producir odio a un cristiano no se lo produce a un musulmán, y viceversa; y lo que puede ser un estímulo para la codicia en el mundo oriental puede no serlo en el occidental, y al revés.

Es decir, los estímulos que producen las emociones corrosivas son diferentes en las diferentes sociedades, pero el cerebro es muy parecido, el modo básico de funcionar del cerebro en las diferentes sociedades es similar. Y aunque la propia cultura de cada sociedad sea diferente, hay muchas cosas básicas y fundamentales que son iguales en todos los cerebros del mundo. Y, diría más, no solamente el cerebro de un oriental y un occidental tienen mucho más en común que diferente, sino que también el cerebro del hombre de 2017 tiene mucho más en común que diferente con el cerebro de Aristóteles, porque la evolución del cerebro no se produce en una escala temporal de miles de años, sino en una escala temporal de millones de años.

Explicas que con técnicas de resonancia magnética se ha observado que ciertas áreas del cerebro se activan cuando sentimos envidia, o si nos alegramos más por el mal ajeno que por nuestro propio éxito. Si esto se produce de forma espontánea, ¿es posible reducir la intensidad de esas emociones?

Sí, pero es importante entender lo que quiero decir cuando hablo de eso en el libro. No es que yo sienta envidia y entonces se active mi cerebro; es al revés, cuando mi cerebro está activado de determinada manera, yo siento envidia. Es decir, la razón por la que yo tengo cualquier tipo de pensamiento, de sentimiento, de actividad mental, es que mi cerebro se encuentra en un determinado estado; una envidia no es algo etéreo, no es una nube que está por ahí, sino que es el resultado de un trabajo de mi cerebro. Entonces, esa reactividad emocional de la que hablaba antes es clave para que el cerebro esté más o menos activado. En cualquier caso, cuando las personas reciben una educación adecuada, ese tipo de actividad cerebral se produce con menos intensidad y, por tanto, sentiremos menos envidia, menos frustraciones de determinado tipo, menos odio, menos vanidad, etcétera. Es en este tipo de emociones de las que yo hablo en el libro –emociones corrosivas– en las que la educación, la cultura, es algo fundamental.

Las personas nacemos con predisposiciones, que constituyen el tipo de terreno sobre el que después va a caer una semilla que proporcionan la educación y la cultura, y cuando esa semilla cae en un terreno propicio para que se cultive con intensidad, fructifica. Cuando esa semilla que producen la educación, la cultura, la información, el ambiente, los amigos, los profesores, los padres, la alimentación –todo el entorno que nos rodea y que puede influir en nosotros– cae en un terreno que tiene más propensión a manifestarse emocionalmente, el resultado es más intenso. Cuando nos referimos al comportamiento humano siempre estamos hablando de una interacción entre la educación y la cultura y las predisposiciones biológicas que tenemos gracias a los genes que hemos recibido de nuestros progenitores.

Cómo evitar las emociones corrosivas y controlar sus consecuencias

Las emociones corrosivas, como afirmas, son perjudiciales sobre todo para nosotros mismos, y limitan nuestro bienestar. ¿Es posible enseñar a los niños a prevenirlas?

Absolutamente. De entrada, como no nacemos con ellas no es cuestión de controlarlas, es cuestión de proporcionarles una educación que no les haga adquirirlas; es decir, tenemos que evitarlas, y para eso es importante enseñar a los niños ya desde muy pequeños, en la escuela, en el instituto –en todo el mundo educativo y también en su entorno social general–, cómo funcionan las emociones, cómo pueden imponérsenos en función del tipo de vida que llevamos, en función de la información que recibimos, etcétera, y cómo podemos controlarlas. Y, sobre todo, cómo influyen en nuestra vida, cómo ese tipo de emociones nos dañan e influyen en nuestra salud física y mental. Conociendo el daño que ese tipo de emociones pueden hacernos, ya estamos predispuestos a evitarlas, ya tenemos una primera información que es muy importante para no caer en ellas.

En el caso de los adultos, que ya han recibido una determinada educación, ¿se puede hacer algo para revertir esas emociones corrosivas y sus consecuencias?

Sí, se puede variar la educación del adulto. Obviamente es más sensible a cualquier información educativa el cerebro del adolescente o del niño, que el del adulto, donde ya están impregnadas muchas informaciones, ideas, sentimientos, que cuesta mucho debilitar, pero el cerebro es plástico, y eso quiere decir que puede cambiar durante toda la vida. Y cuando cambia el cerebro, cambia la mente, y cuando cambia la mente, cambian los contenidos de la mente, que son nuestras emociones, nuestros sentimientos, nuestras motivaciones, nuestra manera de ver las cosas. Es decir, que hasta el final de nuestros días podemos experimentar cambios en nuestro cerebro. De hecho, el cerebro está cambiando continuamente, porque gracias a esos cambios aprendemos, adquirimos experiencia, variamos nuestro comportamiento…

No podemos evitar experimentar emociones corrosivas, pero sí podemos evitar responder a ellas con más agresión, con más agresividad, con más maldad todavía de la que nos han producido a nosotros

Respecto a la pregunta que me haces lo que puedo decir es que aunque ciertamente es más difícil modificar el cerebro de un adulto –que ya tiene una serie de prejuicios, de querencias, de ideologías, de sentimientos, de razonamiento– que el de un adolescente cuyo cerebro está menos impregnado todavía de ese tipo de informaciones, un adulto también puede cambiar; es más difícil, pero esa esperanza no la podemos perder porque además, si la perdemos, vamos a tener que asumir que las emociones corrosivas no van a abandonarnos nunca, y no creo que eso sea así.

Y me gustaría añadir que, como todas las emociones y todos los sentimientos, estas que llamo corrosivas también se imponen. Es decir, los sentimientos no son algo que tú decidas tener o no tener, porque no puedes decir 'quiero envidiar' o 'no quiero envidiar', 'quiero estar triste', o 'no quiero estar triste'; eso no funciona así. Sin embargo, sí puedes decidir si quieres pensar en la envidia, o no. El razonamiento sí está en nuestras manos, en nuestra voluntad, pero los sentimientos no; se nos imponen. Por lo tanto, cuando tú odias a alguien porque te ha hecho un daño, o porque lo consideras una persona malvada, eso no lo puedes controlar, y no puedes decir 'lo odio, pero como el odio es malo yo quiero dejar de odiar'. No puedes dejar de odiar a alguien que tú consideras que es un malvado, pero hay una cosa que puedes hacer, y es no hacerle daño a ese alguien, no hablar mal de él, no dejar que tu odio te lleve a buscar el enfrentamiento con esa persona y a empeorar las cosas. El sentimiento no lo puedes evitar, pero la forma en la que reaccionas ante tus sentimientos sí la puedes controlar, y aunque no puedas evitar envidiar a un compañero que trabaja mejor que tú, o que ha recibido un premio, sí puedes evitar hablar mal de ese compañero, denigrarlo por detrás a su espalda, tratar de hacerle algún daño si tienes la oportunidad, mentir sobre él… Ese comportamiento derivado de nuestras emociones corrosivas sí que lo podemos controlar, y eso nos engrandece, porque es realmente nuestra responsabilidad y de lo que deberíamos sentirnos culpables. No eres culpable de sentir odio por una persona que te ha matado a un familiar o a un ser querido, porque no puedes evitar que te embargue ese sentimiento, pero sí te tienes que sentir culpable de haber hecho tú lo mismo, de haber reaccionado con violencia, porque eso sí que estaba en buena medida en tus manos.

Emociones
Todos sentimos emociones buenas y malas continuamente, la diferencia está en cómo respondemos a ellas.

No podemos evitar experimentar emociones corrosivas, pero sí podemos evitar responder a ellas con más agresión, con más agresividad, con más maldad todavía de la que nos han producido a nosotros esas emociones. Aunque es cierto que si esto fuera fácil de llevar a cabo el mundo sería un lugar mucho mejor de lo que es.

Dices que la culpabilidad y la vergüenza tienen mucho que ver con cómo nos sentimos percibidos y evaluados por los demás. ¿Qué ocurre entonces en el caso de aquellas personas que sienten indiferencia hacia la opinión ajena?

Eso tiene ventajas e inconvenientes, porque precisamente una de las formas de evitar emociones, como por ejemplo la envidia, o la vanidad, es no estar muy pendientes de la opinión de los demás. Cuando estamos demasiado pendientes de las opiniones ajenas, lo pasamos mal, es como si hubiéramos puesto nuestro bienestar personal en manos de otros; ya no está en tus propias manos, sino que depende de lo que piensen otros de ti, de lo que otros crean que tú eres, o no eres. O sea que en principio, de entrada, el que haya personas que son poco sensibles a la opinión de los demás tiene un valor positivo, pero por supuesto también tiene un valor negativo, porque las personas que se preocupan poco de los sentimientos ajenos, es decir, que tienen poca empatía, van a ser poco capaces de fomentar la solidaridad, la cooperación, la ayuda entre las personas, en un mundo donde nos necesitamos mucho unos a otros.

Cuando estamos demasiado pendientes de las opiniones ajenas, lo pasamos mal, es como si hubiéramos puesto nuestro bienestar personal en manos de otros

El hecho de que haya individuos a los que les importa poco lo que piensan los demás es también una cuestión cultural, pero además tenemos que tener en cuenta que ese tipo de sentimientos o indiferencia hacia la opinión ajena es muy relativa, porque a ti a lo mejor te puede importar muy poco lo que piensen otros en cuestión, por ejemplo, de deporte, pero sí te interesa lo que piensen en cuestiones de economía, porque en ese caso sí podrían llegar a afectarte sus opiniones. Y puede que no te importe lo que piensa tu jefe sobre el fútbol, pero seguramente sí te importa lo que opina sobre tu trabajo, porque de eso puede depender el que te sigan manteniendo en tu puesto, o el que te suban el sueldo. Por supuesto que hay personas más educadas en el depender de los demás que otras, y eso es importante, y en ese sentido la pregunta que me haces creo que es relevante, porque para evitar las emociones corrosivas uno de los principales consejos es no vivir permanentemente pendiente de lo que piensen los demás de ti.

El veneno del odio

Dicen que del amor al odio hay un paso. ¿Es cierto que es más fácil odiar a personas que son o han sido importantes en nuestras vidas?

Algo de eso puede haber, pero uno puede llegar a odiar mucho a una persona que no ha sido importante en su vida, pero que en un momento determinado te produce un daño, y ese odio puede ser superior incluso al que podrías experimentar por alguien que ha tenido algo que ver en tu vida. Lo que ocurre es que es más fácil que se desencadene el odio contra alguien que ha tenido algo que ver en tu vida porque ese odio suele venir acompañado de un sentimiento de venganza; te sientes traicionado por alguien que ha dependido de ti, y que ya no depende, o al revés, y también es cierto que el amor y el odio tiene cosas en común, aunque sean sentimientos muy diferentes.

Las personas cuando aman tienen tendencia a tener desactivada la parte frontal del cerebro, que es la del pensamiento propiamente dicho, y sin embargo cuando odian es al revés, tienen muy activada la parte frontal del cerebro, porque están continuamente pensando en el objeto de su odio, y en cómo hacer daño a la persona odiada, en cómo mantenerla alejada, en cómo piensa o siente, y eso produce un daño tremendo a la salud de uno mismo.

El odio podría parecer legítimo en determinadas circunstancias, como cuando se dirige hacia una persona o colectivo que ha causado un gran daño –un pederasta, una figura histórica como Hitler– pero, ¿no es eso igualmente corrosivo o destructivo para el que lo siente?

Pues sí, siempre lo es, incluso aunque tengamos razones para odiar; hay un famoso dicho que dice que el odio es como tomarse uno mismo un veneno y esperar que muera el odiado. Esto no va a ocurrir así; el odiado no se va a morir porque tú lo odies, y el que se va a morir eres tú por odiar. Por tanto, el odio es como introducir un virus, un agente infeccioso en el cuerpo, que después cuesta mucho sacar, y que te va a producir mucho daño. En cuanto a si tú después puedes o no vengarte o hacerle daño a quien te ha causado el mal que te lleva al odio, eso puede que ocurra, o puede que no ocurra. El odio, como la envidia, o como cualquier otra emoción corrosiva, cuando es permanente –porque si se trata de algo puntual, temporal, resulta mucho menos grave– se convierte en un modus vivendi, en una característica de la personalidad, y del modo de vivir de la persona que lo siente. Cuando tú eres una persona envidiosa tiendes a envidiar a todo el mundo, a envidiarlo por razones económicas, por razones estéticas, por razones culturales, por razones deportivas…, y ese modo de vivir en permanente comparación con los demás, y sin dejar de prestar atención a lo que los demás hacen o tienen, y de contrastarlo con lo tuyo, con lo que tienes tú, es la peor de las formas que una persona puede elegir para vivir, y por eso estas emociones son corrosivas, porque es como introducir agentes infecciosos en el organismo, que te van a producir un malestar continuo, te van a impedir vivir bien, y van a acabar por funcionar exactamente igual que el estrés, que no es más que una emoción intensa y sostenida que acaba por dañar tu corazón, tu sistema circulatorio, tu sistema inmunológico, haciendo más vulnerable tu cuerpo a contraer posibles infecciones, y también dañando el cerebro, haciendo que mueran neuronas cuando tus emociones son muy intensas, cuando estás estresado, etcétera.

Experimentar emociones corrosivas es como introducir agentes infecciosos en el organismo, que te van a producir un malestar continuo, te van a impedir vivir bien, y van a acabar por funcionar exactamente igual que el estrés

El odio y el resto de emociones corrosivas, cuando son intensas y, sobre todo, permanentes –e insisto en la palabra permanente, emociones que perduran, que no se van en seguida, que duran días y días en tu mente–, provocan un daño inmenso en la salud psicológica y emocional, pero también a nivel físico. Son, como digo en el libro, como una carcoma interna que poco a poco va dañando cada vez más y más tu propio organismo.

Dices que la fuente más moderna de odio son las redes sociales, en las que el anonimato favorece la divulgación de insultos y amenazas. No es posible controlar el contenido de los mensajes, así que ¿cómo educar a los niños para evitar que lleguen a ser víctimas o verdugos en casos de ciberbullying?

Pues dices muy bien, porque no hay que ser ninguna de las dos cosas; ni hay que ser víctima, ni hay que ser verdugo. Las dos cosas son tremendamente negativas y perjudiciales. Y ¿cómo podemos educar para evitarlo? Los maestros tienen que ser hábiles para no promover la satisfacción frente a situaciones de odio, de envidia, etcétera. Y para ello hay que enseñar a los niños a que en lugar de competir con los demás, querer ser más que los demás, y querer estar por encima de los demás, compitan consigo mismos, y aprendan a superarse a sí mismos, e incluso a saber encontrar en los otros el apoyo, la cooperación, y la ayuda, que necesiten para lograr sus propios objetivos. Y practicar ejercicios de cooperación y de ayuda en el ámbito educativo, en vez de hacer ejercicios de rivalidad y de competencia. Creo francamente que aunque la competencia ha sido un motor de progreso en el mundo, hoy día las cosas están cambiando, y la ciencia está demostrando que cooperar, ayudarnos unos a otros, puede ser un motor de progreso superior al de competir y hacernos daño de forma permanente con esa actitud de si tú eres más o menos que el otro. Es decir, educar a los niños en la autocompetencia, más que en la rivalidad o en la competencia con otros niños, y hacer que encuentren satisfacciones en su propia manera de sentir, de pensar y de hacer, en las cosas que tienen.

Hay que practicar ejercicios de cooperación y de ayuda en el ámbito educativo, en vez de hacer ejercicios de rivalidad y de competencia, y enseñar a los niños a que en lugar de competir con los demás y querer ser más que los demás, compitan consigo mismos y aprendan a superarse a sí mismos

Educar el orgullo, la satisfacción; el orgullo de sentirse contento con lo que uno tiene sin necesidad de que los demás tengan que estar alabándote todo el día. Basta con que tú te sientas contento de ti mismo, auto satisfecho, que tú sientas que luchas, que intentas superarte, que intentas hacer las cosas cada vez mejor, que percibes tu propio éxito, tu propia mejoría; es decir, ese camino de la auto-competencia, de la autosatisfacción, del orgullo…, creo que es un camino mucho mejor que el de la rivalidad y la competencia, que siempre lleva a la envidia, al odio, a la codicia, a querer ser más que nadie, a dañar al otro para que no tenga más que tú, etcétera. Y creo que esas son las ideas generales que después en cada ámbito educativo, en cada edad, en cada nivel de educación, se pueden traducir en formas concretas de trabajo cultural y educativo.

Aunque en principio se la considera un defecto, la vanidad también tiene defensores. ¿Qué puede aportarnos de bueno ser vanidosos?

De la vanidad se ha dicho lo mismo que de la codicia, que es como un motor de progreso, y no podeos negar que el hecho de que tú sientas que los demás te alaben también puede ser un estímulo para que te superes a ti mismo, ya que compruebas que cuando haces las cosas cada vez mejor, los demás también te lo reconocen más. Lo que diferencia la vanidad del orgullo es eso que decía antes; el orgullo es que tú estás contento contigo mismo, no necesitas que los demás te alaben ni te lo reconozcan, pero cuando ya necesitas que continuamente los demás te lo estén reconociendo, te estén diciendo qué guapo eres, qué bueno eres, qué bien lo haces, cuánto sabes…, eso ya es vanidad. Y el problema es que aunque eso puede ser también un estímulo para que tú luches más, aprendas más, y conozcas y trabajes más y mejor, siempre está el peligro de que la vanidad acabe convirtiéndose en egolatría, en que te sientas el rey del mundo, una persona que necesita ser continuamente el objetivo de atención, ser el blanco de todas las miradas, que solamente estén pendientes de ti, que solo lo que tú dices es bueno… Y la egolatría puede incluso evolucionar hacia algo peor todavía, que es la soberbia, que es cuando quieres imponer tu egolatría, incluso con algunos matices de agresividad, buscando el acatamiento de las personas de tu entorno, buscando ese reconocimiento de una forma ya brusca, y hasta teniendo comportamientos como el de humillar a los demás en público para sentirte tú más importante.

Es decir, entre la vanidad, la egolatría y la soberbia, hay un territorio en el que habría que distinguir hasta dónde puede uno llegar sin hacerse daño a sí mismo, ni hacérselo a los demás, y siendo incluso posible que entres en un terreno peligroso en el que puedes acabar quedándote solo, porque al ególatra y al soberbio al final todo el mundo le da de lado, se queda solo y nadie le quiere, ni le ayuda y ni le apoya.

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'Fuente: 'Ministerio de Salud de Chile''

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