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Entrevistas de Mente y emociones
Rafael Santandreu, psicólogo y autor de ‘Ser feliz en Alaska’

Rafael Santandreu

Psicólogo y autor de ‘Ser feliz en Alaska’
“Uno de los principios de la psicología racional que practico es que no puedes quejarte ni criticar nada, solo puedes aportar soluciones. Nos prohibimos a nosotros mismos la queja porque la queja solo sirve para amargarte la vida y para recurrir a soluciones exageradas”

Rafael Santandreu, psicólogo y autor de ‘Ser feliz en Alaska’.

El prestigioso psicólogo Rafael Santandreu acaba de publicar su nuevo libro, Ser feliz en Alaska (Grijalbo, 2016), en el que ofrece las claves para realizar una transformación desde el interior, que nos permita cambiar nuestros pensamientos a positivo y dejar de criticar y lamentarnos o, en una palabra, de terribilizar, para apreciar todo lo bueno que nos ofrece la vida y convertirnos en personas fuertes capaces de ser felices en cualquier lugar o situación. Santandreu afirma que no es una tarea fácil, y que requiere dedicación y constancia, como aprender un nuevo idioma interno, “que tienes que practicar una y otra vez hasta que empiezas a chapurrearlo”, pero que “si cambias tu pensamiento, tu diálogo interno, cambia tu mundo”, y eso está al alcance de todos nosotros.

Ser feliz en Alaska

Propones un sistema en tres pasos (buscar el bienestar en nuestro interior, saber renunciar a todo, y apreciar lo que nos rodea) para eliminar las neuras y convertirnos en personas fuertes y felices, ¿no deberíamos empezar a criar a los niños siguiendo estas pautas para prevenir así futuras frustraciones y neurosis?

Sí, sobre todo porque la sociedad es cada vez más súper exigente; no nos damos cuenta, pero esta mega exigencia hace que tengas que estar muy bien amueblado mentalmente. Si haces el ejercicio de comparar las auto-exigencias que tenemos actualmente con las de nuestros abuelos, te das cuenta de que para ellos la vida era muchísimo más sencilla. Ahora para ser una persona mínimamente decente, has de estar delgado, tener muchos amigos, tener una casa elegante, ser tú mismo elegante, haber viajado mínimamente (porque si dices que no has salido de tu provincia eres un friki y te miran mal), tener un buen trabajo, ser extrovertido (porque ser muy tímido también está castigado)…. Nuestra niñez –y de eso no hace tanto tiempo– no era tan exigente como la actual, y ahora los niños compiten entre ellos mucho más de lo que lo hacíamos nosotros. Por ejemplo, la palabra perdedor es un término nuevo que utilizan los niños y que para nosotros no existía. Por eso cada vez necesitan más educación, tener un norte claro sobre cuáles son los valores que te permiten vivir tranquilo. Y a pesar de ello, curiosamente, se fomenta más la educación tecnológica, los contenidos tecnológicos o prácticos, pero no los humanísticos. Lo emocional, la educación en valores, filosóficos, religiosos…, eso está desapareciendo de los currículos. Y es un error, porque cada vez es más necesario.  

En las sociedades desarrolladas se satura a los niños de bienes materiales y se intenta cubrir cualquier necesidad antes de que en realidad la tengan. ¿Qué consecuencias puede tener esto en el desarrollo de su personalidad?

Los chavales se vuelven jóvenes y adultos muy débiles a nivel emocional. Eso es lo que estamos encontrándonos. Y es muy conveniente que en las escuelas se impartan asignaturas concretas de educación emocional. Es muy importante, y debería hacerse ya. Y yo les recomiendo a los padres que les vayan proporcionando información que nosotros denominamos ‘lemas racionales’ –la psicología que yo practico se llama psicología cognitiva o racional–, porque de esta manera les irá calando. No inmediatamente, y por eso tiene que ser un trabajo sin pausa por parte de los padres. Por ejemplo, si alguien les dice algo desagradable, se le puede decir ‘mira hijo mío, las críticas no son tan importantes. A todos nos critican un poquito, pero nos quieren igual, no te preocupes’. Si suspende un examen: ‘no pasa nada hijo, con ilusión seguimos trabajando, y lo importante es disfrutar con lo que hacemos, el resultado no tanto’. Y si tienen que esperar: ‘aquí todos nos aguantamos y no pasa nada’. Este tipo de lemas racionales, aunque parezca que no, los van a ir asimilando poco a poco. Los padres primero tienen que conocer un sistema de educación emocional, y ahí están los libros para aprenderlo, pero luego ir administrándolo a sus hijos.

Mucha gente con adicciones las tiene por temor a no hacer nada, y eso les impulsa a llenar su tiempo de inmediato; ante el miedo a ese vacío intermedio se arrojan a practicar actividades sin sentido, desde jugar a las tragaperras al sexo compulsivo, los juegos de ordenador, el póker en línea…

Dedicas un capítulo de tu libro a ‘Aprender a no hacer nada’, ¿qué consecuencias nocivas puede generar la obsesión por llenar todo nuestro tiempo con actividades?

La incapacidad de no hacer nada o el miedo a no hacer nada que tiene mucha gente hoy en día tiene varias consecuencias negativas. Una es que la gente se estresa, tanto si no hace nada, como haciendo muchas cosas. Y es que prefieren estresarse a experimentar el pavor de estar tranquilos. Otro aspecto muy importante es que la gente no es libre para decidir lo que quiere hacer, porque cuando tienes miedo y corres a llenar tu tiempo, a veces lo llenas de actividades sin sentido, y no estás siendo libre para escoger tu destino. Un ejemplo muy claro es que mucha gente con adicciones las tiene por temor a no hacer nada, y eso les impulsa a llenar su tiempo de inmediato; por ejemplo, jugando a las máquinas tragaperras, porque prefieren estar en un bar metiendo monedas en una máquina, que esperar a descubrir lo que les podría gustar; ante el miedo a ese vacío intermedio se arrojan a practicar actividades sin sentido, desde jugar a las tragaperras al sexo compulsivo, los juegos de ordenador, el póker en línea. Todo tipo de chorradas, que en realidad son aburridísimas, o no te aportan nada, pero que prefieren a sentir ese miedo que imaginan ellos y que es totalmente irracional, que es el vacío. Cuando en realidad no hay ningún vacío, sino tranquilidad, y no estamos nunca sin hacer nada, porque pensar e idear cosas ya es hacer algo.

¿Y qué consejo darías a todos aquellos que se preocupan por qué van a hacer cuando se jubilen?

Tienen que darse cuenta de que la inacción, el miedo a la inacción, es un miedo irracional y tienen que combatirlo con argumentos. De hecho, imaginarse a sí mismo retirado en una sala sin hacer nada y muy feliz. Con eso basta. Y hay otros argumentos, como que el ser humano, por naturaleza, nunca ha trabajado mucho. Antropológicamente es la verdad. Nosotros somos como los leones, que cazan una vez a la semana, y el resto del tiempo permanecen tumbados al sol. Es diferente en nuestro caso, pero el ser humano está hecho para trabajar una hora al día, cazar y recolectar lo que necesita de la naturaleza, y el resto del tiempo no hacer nada. Charlar, hacer el amor, visitar a otra gente, pasear, hacer cosas artísticas, por ejemplo un arco de madera pulida…, esto es propio del hombre, pero trabajar no. Y si tú comprendes esto ya no deseas tanto estar ocupado y trabajar, sino que piensas ‘voy a ser un animal como me corresponde; un animal que retoza, que charla, que toma el sol, que contempla…’. Yo conozco un gran empresario catalán –cuyo nombre no voy a decir–, al que le va súper bien, y que tiene la norma de trabajar una hora y media al día. Y dice además que esa es la clave de su éxito. Él va a la oficina una hora y media, y toma decisiones muy buenas.

La muerte no es para tanto

Pero el miedo es inherente a los seres humanos, ¿no es normal, por ejemplo, temer a lo desconocido?

La gente a veces nos inventamos los miedos, que son irracionales. De repente te da miedo algo que si lo analizas verás que es algo que no causa ningún temor, no tiene nada de malo, incluso tiene mucho de bueno. Por ejemplo, el temor a la muerte es absurdo. Yo espero mi muerte con deleite, con alegría, y te voy a explicar por qué. ¿No es cierto que la muerte es un hecho natural? ¿No crees que todos los hechos naturales, prácticamente por definición, son buenos, responden a una dinámica que no es conveniente evitar? Imagínate que ahora no nos muriésemos. Tendríamos un gran problema. Primero, no cabríamos en la Tierra. Y lo natural, aunque nosotros no lo comprendamos, responde a un orden increíble, cósmico, que debe ser así. La muerte es una función básica de la naturaleza, fundamental, importantísima y, como todos los fenómenos de la naturaleza, el biólogo, el científico, la persona ecológica, aprende a apreciarlos en toda su maravilla. Un nacimiento es un hecho milagroso, maravilloso, y una muerte también.

Por eso digo que yo deseo mi propia muerte y la espero con deleite como todos los hechos naturales, como hacer el amor, como pasear por el campo, como ver un quebrantahuesos en la montaña. Yo creo que hay que educarse a uno mismo en la armonía con la naturaleza, porque a ella pertenecemos, y no huir artificialmente de la naturaleza, ni imaginar que podemos cambiarla, mejorarla, porque es imposible, y tampoco sería bueno.

Yo deseo mi propia muerte y la espero con deleite como todos los hechos naturales, como hacer el amor, como pasear por el campo, como ver un quebrantahuesos en la montaña. Yo creo que hay que educarse a uno mismo en la armonía con la naturaleza, porque a ella pertenecemos

Por eso, la muerte es un miedo inventado más, como el miedo a la enfermedad. Tener miedo a la enfermedad es muy irracional también, porque es algo que va a suceder seguro, tarde o temprano. Sorprenderse de que uno enferme es la cosa más irracional del mundo. La salud, más o menos la empezamos a perder a partir de los 25 años; empiezas a llevar gafas, o te duele la espalda…, es lo normal. Vivimos más tiempo sin salud que con salud. Y hay otro argumento para no tener miedo a la enfermedad, y es que hay muchísima gente que tiene una salud muy mala y es muy feliz, por ejemplo, mi admirado modelo de fortaleza, Stephen Hawking, que tiene una salud pésima desde los 20 años y es súper feliz. Por lo tanto, yo también puedo serlo con la enfermedad que pueda tener, que es muy probable que sea menor que la suya.

En el libro pones como ejemplo a algunos de tus pacientes, que tenían depresión, ansiedad, e incluso trastorno límite de la personalidad, y consiguieron curarse con terapia en poco tiempo, ¿has tenido algún caso en el que la terapia haya resultado ineficaz, o el paciente haya recaído posteriormente?

Sí, de hecho, recaer es normal, lo que ocurre es que con la terapia cada vez se recae menos, y las recaídas son menos severas. Y cuando se acaba la terapia la persona sigue desarrollándose y sigue mejorando este ratio. Todos somos neuróticos y es normal tener un bajón irracional, pero lo importante es que cada vez está mucho más espaciado y es más leve. Por otro lado, también hay gente a la que la terapia no le ha funcionado en absoluto, pero en mi experiencia es porque no abren su mente a una nueva mirada de las cosas. Hay un ejemplo que pongo en otro libro, de un padre que vino a verme y estaba muy mal, no dormía, no comía, y la razón era que había descubierto que su hija de 17 años era lesbiana. Y me dijo ‘Rafael, ¿me puedes ayudar? Porque siento hasta rabia, y no puedo sentir esto’. Y le dije ‘por supuesto’, y empezamos a trabajar, pero de la única manera posible, que es viendo que el lesbianismo y la homosexualidad están muy bien y no son ningún problema. Y en la segunda sesión me dijo ‘Rafael, ¿no hay otra manera de hacer la terapia?’. Y yo le dije ‘no, ¿tú qué prefieres tener razón o curarte?, porque las dos cosas no pueden ser’. Y él me dijo que prefería tener razón, y se fue. Y por eso a veces falla la terapia, porque la gente prefiere tener razón a curarse.

Y en el caso de la muerte, es verdad que hay que hacer un ejercicio de apertura mental para ver la muerte de otra manera, pero has de dejar que estos argumentos penetren en ti. Los hipocondríacos tienen un miedo atroz a la muerte. Yo tuve un paciente de 20 años, un chaval que estudiaba en la universidad, y me decía ‘es que si yo me muriese ahora, sería un fracaso’. Y yo le decía, pero qué concepto tan extraño es ese de que si te mueres antes de tiempo es un fracaso personal, ¿a quién le va a importar eso si ya estás muerto? Hay que sacarse de la cabeza esa exigencia de querer hacer todo lo que nos hemos propuesto antes de morir, ¿quién te dice que lo tienes que hacer? Hay que hacer un ejercicio de apertura mental, de cambio de mentalidad.

Cambiar a los 50… y más

Y la terribilitis de la que hablas, la actitud que te lleva a convertir cualquier contratiempo en una adversidad, ¿crees que podría ser genética?

No, no es genética; se trata del ambiente y de tus propias conclusiones; lo que ocurre es que no es raro que en una familia, por ejemplo, de cinco o de diez miembros, haya cuatro que terribilizan, porque en general ahora terribiliza mucha gente en nuestra sociedad. Pero esos cuatro que terribilizan lo hacen porque han llegado a conclusiones similares, también impulsados por la sociedad, porque la sociedad terribiliza mucho. La influencia social es muy importante porque el niño es permeable, la adquiere, y llega a conclusiones terribilizadoras por error, y esto no es raro.

Pero el milagro, lo increíble, es que si tú cambias tu pensamiento, tu diálogo interno, cambia tu mundo, hasta el punto del ejemplo que pongo en mi libro, el de los mártires cristianos que acudían al martirio, a ser asesinados, serenos y alegres. Y esto se debía a una mentalización concreta, es decir, lo que nos decimos es lo que produce unas situaciones u otras hasta extremos asombrosos. Por ejemplo, la rumiación se debe a que tú sigues una lógica negativa, que además te mete en un círculo vicioso. Si tú sigues otro tipo de lógica, es benéfica, y deshace los círculos viciosos, lo que significa que has de aprender a pensar de una manera positiva.

¿Es posible librarse de esa forma de ser o actitud ante la vida a cualquier edad?

Sí, de hecho yo menciono en mi primer libro el caso de María Luisa Merlo, la actriz madrileña, que publicó un libro hace años, que pasó bastante desapercibido pero que yo leí, y que se titula ‘Yo aprendí a ser feliz’, en el que narra que aprendió a ser feliz a los 50 años. Ella afirma que durante la mayor parte de su vida, desde la adolescencia, fue una gran desgraciada, con una gran tendencia a la depresión, a la ansiedad, y que incluso cayó en las drogas como un intento de salir de esta situación. Hasta que, más o menos a los 50 años de edad, hizo una psicoterapia –una amiga la arrastraba a ir a una terapia de grupo cada semana–, y de repente empezó a cambiar, hasta el extremo de que ella admite que solo aprendió a ser feliz a partir de esta edad.  

A veces la experiencia ayuda…

En ella está claro que fue así. Además, la gente mayor estadísticamente es más feliz que la gente más joven; esto puede parecer algo curioso, pero hay estudios que lo corroboran. Y esto se debe a que cambian mucho su mentalidad. Por ejemplo, los complejos; la gente mayor no tiene complejos físicos, porque ya se ha dado cuenta de que todos somos iguales, y que el aspecto físico no es un valor importante. Entonces, ¿por qué no adquirimos eso de adolescentes, que es la época de los complejos? Es cierto que muchas veces la edad te hace ver verdades de la vida, pero se trata de verlos lo antes posible para aprovechar mejor los buenos momentos y ser felices.

Pero en relación a que se puede cambiar siempre, el caso de María Luisa Merlo lo demuestra, aunque ese cambio cuesta, no es algo sencillo; tienes que ponerte a hacer muchos deberes…, es como aprender un idioma o un instrumento musical. Es algo similar a aprender un idioma nuevo interno, que tienes que practicar una y otra vez hasta que empiezas a chapurrearlo.  Mis pacientes llevan a cabo una hora y media mínimo de deberes todos los días –a veces dos horas o dos horas y media diarias–, incluidos sábados y domingos. Imagínate el esfuerzo que eso supone. Algunos casos son mucho más sencillos, por ejemplo una depresión por una separación sentimental, si la persona siempre ha sido alegre y positiva, aunque sufra una crisis sale mucho más rápido de ella y con menos esfuerzo, pero si es un individuo neurótico en general, va a tener que ‘ponerse las pilas’. Hay depresiones por abandono que yo he solucionado en una sola sesión, pero se trataba de personas que eran positivas y habían caído en una dinámica de lamentación brutal puntual.

Menos criticar y más aportar soluciones

¿Qué consejo le darías a nuestros políticos para que intenten entenderse?

Fundamentalmente se lo daría a los políticos, pero también a la gente de a pie. Yo ahora me considero militante de todos los partidos políticos y considero súper importante que dejemos ya de polarizar las verdades. La derecha tiene una gran razón que es que el ser humano cuando tiene un trabajo funcionarial y seguro, se cuelga; por lo menos un grupo importante; y eso es un lastre para el resto de la comunidad. Pero, por otro lado, la izquierda tiene una gran razón, y es que la igualdad de oportunidades es una cosa tan bella e importante que no podemos descuidarla. Si el socialismo deja de ver que no es bueno que la gente tenga demasiada seguridad, y que el hecho de que todo sea completamente seguro y subvencionado es malo, está faltando a una verdad importantísima. Pero si la derecha no ve las verdades de la izquierda, estamos creando algo que tampoco es hermoso. Por lo tanto, cojamos lo importante de todas las partes, y dejemos de criticar a los políticos, que es algo absolutamente absurdo. Yo considero que todos los presidentes que hemos tenido en España, desde Felipe González, hasta Aznar o Rajoy, son personas extraordinarias, cien mil veces más inteligentes y valiosas que yo, y que la mayoría, y que han hecho unos trabajos fantásticos. Te lo voy a demostrar: cualquiera de nosotros en el cargo de presidente del gobierno no aguanta ni una semana; te da un ataque de estrés y te vas a la tumba. Entonces, ¿cómo nos atrevemos a criticar a la persona que asume esa responsabilidad? A nuestra clase política debemos de agradecerle su esfuerzo, aunque fallen. Por ejemplo, la corrupción de la clase política es un reflejo de la corrupción del resto de los ciudadanos. Mía también. Y si queremos poner soluciones a ese tema hemos de preguntarnos ¿de qué manera todos podemos volvernos personas más honestas?, ¿qué soluciones existen para todos? Y no eludir la responsabilidad. La gente se lleva las manos a la cabeza por la corrupción que se ha descubierto, por ejemplo en Valencia, cuando es la misma corrupción que hay en su escalera de vecinos. La clase política es menos corrupta que el conjunto de la población, porque tienen más responsabilidad social que el resto de la población. Y cuando decimos que el nivel de corrupción política es muy alto…, deberíamos tener en cuenta que más alto es entre nosotros. Si queremos hacer algo para cambiarlo tendremos que aportar todos ideas, soluciones…, desde lo positivo. Y hay países donde es mucho peor. Yo que viajo a Latinoamérica continuamente, veo que allí la corrupción está multiplicada por diez, y el país funciona, no cierra.

Cualquiera de nosotros en el cargo de presidente del Gobierno no aguanta ni una semana; te da un ataque de estrés y te vas a la tumba. Entonces, ¿cómo nos atrevemos a criticar a la persona que asume esa responsabilidad?

Uno de los principios de la psicología racional que yo practico es que no puedes quejarte ni criticar nada, solo puedes aportar soluciones. Nosotros nos prohibimos a nosotros mismos la queja porque la queja, en realidad, solo sirve para amargarte y para recurrir a soluciones de bombero retirao, en realidad no funciona. Cuando te quejas estás activando la terribilitis y no viendo las cosas positivas que existen. Te estás amargando a ti mismo, y además las soluciones que se te van a ocurrir son soluciones exageradas.

Pero, ¿cómo podemos evitar enfadarnos, o controlar ese enfado cuando aparece de pronto?

El gran antídoto contra el cabreo, contra el enfado, es la renuncia. Tienes que hacer el esfuerzo de renunciar a todo aquello que pierdes, o crees que pierdes, cuando te enfadas. Por ejemplo, imagínate que estamos en un restaurante, hemos pedido la comida, y no nos la traen, y ha pasado una hora. Pues el antídoto contra ese enfado es la renuncia, pensar ‘si hoy no comiese nada en absoluto, ¿sería el fin del mundo, o incluso me vendría bien para adelgazar? Me tomo dos vasos de agua en el lavabo seguidos y ya está’. Estar dispuesto a renunciar rápido a lo que la vida te hace renunciar, y dándote cuenta además de que nunca lo has necesitado, que no te daba un ápice de felicidad, que es prescindible.

Aunque fomentemos la capacidad de adaptación ante cualquier situación o circunstancias, supongo que seguirá siendo acertado buscar la comodidad y lo que nos alegra la vida, evitar a la gente tóxica…

No existen las personas tóxicas. El problema está en tu debilidad, no en las otras personas. Te pongo un ejemplo: a mí me puedes insultar todo lo que desees, y me parecerá interesante tu desequilibrio, pero a mí no me afecta en absoluto, ¿por qué me tiene que afectar a mí tu trastorno? Tendría que ser yo bastante débil para que me afecte el problema de otra persona que no tiene nada que ver conmigo. No hay nadie tóxico, todos somos maravillosos, lo que sucede es que todos fallamos, todos somos neuróticos, y a veces nos volvemos un poco locuelos y hacemos tonterías, pero esas tonterías a mí no me van a afectar, y me doy cuenta de que son locuras transitorias. Hay un concepto muy importante en psicología cognitiva que es la aceptación incondicional de todo el mundo. Por lo tanto, calificar de tóxico a las personas es ir en contra de la aceptación incondicional, y si tú no aceptas incondicionalmente a todo el mundo, tampoco te aceptarás a ti mismo cuando fallas. Y eso te hace débil, de repente eres vulnerable y débil ante cualquier persona.

Hay un concepto muy importante en psicología cognitiva que es la aceptación incondicional de todo el mundo. Por lo tanto, calificar de tóxicas a las personas es ir en contra de la aceptación incondicional, y si tú no aceptas incondicionalmente a todo el mundo, tampoco te aceptarás a ti mismo cuando fallas

Ahora hay muchos libros de psicología que se llaman así, ‘gente tóxica’, y todos esos libros son nocivos para la mente humana porque te hacen débil y neurótico. Temeroso y prejuicioso. Y esos libros les gustan a los más neuróticos porque piensan ‘¿ves como mi jefe es una persona tóxica, mi mujer, mis hijos, mi padre, mi madre, los políticos, mi vecino…?’.  Al final creerás que todo el mundo es tóxico, incluido tú. Si esperas que tus amigos, y tu pareja y compañeros sean perfectos, estás apañado. Además, sería súper aburrido. Yo tenía un paciente que era muy neurótico, aunque muy buen chaval, que se peleaba con todo el mundo todo el tiempo, y fue cambiando, y dándose cuenta de que su queja en realidad era una invención, que es darle demasiada importancia a ciertas cosas que son chorradas.

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'Fuente: 'Ministerio de Salud de Chile''

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