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Embarazo
Exudado vaginal y rectal durante el embarazo
El exudado vaginal y rectal es una prueba que se realiza a todas las embarazadas en el tercer trimestre gestacional, para detectar bacterias en el canal del parto que pudieran afectar a tu bebé en el alumbramiento.
Escrito por Carmen Moreno, Periodista especializada en Salud, Embarazo, Infancia y Tercera Edad

Qué es el exudado vagino-rectal

Durante el embarazo, las pruebas y las revisiones se suceden con bastante frecuencia porque se considera necesario un control exhaustivo tanto de la gestante como del feto. La mayoría de ellas son conocidas por casi todas las mujeres, incluso aunque no hayan estado embarazadas: ecografía, análisis de orina y analítica de sangre, test de O’Sullivan (popularmente llamada prueba del azúcar)… Sin embargo, no son tantas las que saben que tendrán que realizarse un exudado vaginal y rectal ya avanzado el embarazo.

El exudado vagino-rectal es una prueba fácil de hacer, indolora y eficaz, que permite al ginecólogo extraer una muestra de flujo de ambas zonas mediante la introducción de un escobillón, que es un instrumento parecido a un bastoncillo de limpiar los oídos, con el objetivo de descartar posibles infecciones vaginales.

El exudado suele hacerse en el tercer trimestre del embarazo, concretamente entre las semanas 35 y 37, con el objetivo de detectar si existe la posibilidad de contagio al bebé a través del canal del parto por la bacteria estreptococo del grupo B (EGB).

Antes de someterte a la prueba no debes realizarte lavados vaginales ni rectales, y tampoco debes haber tomado antibióticos recientemente; en caso de que haya sido así, comunícaselo a la matrona o al ginecólogo, ya que estos medicamentos pueden influir sobre los resultados del exudado.

El resultado del exudado tiene una validez de alrededor de cinco semanas a partir de la toma de la muestra, por lo que si el parto no se produce en este lapso de tiempo, la prueba deberá repetirse.

Aunque la posibilidad de que tu hijo se vea afectado por esta infección es mínima –se dan entre 0,5 y 1,5 casos por cada 1.000 nacimientos– puede tener consecuencias muy graves para los bebés infectados, incluso a largo plazo, como pérdida de audición o visión, o retraso mental.

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Carmen Moreno

Periodista especializada en Salud, Embarazo, Infancia y Tercera Edad
Carmen Moreno

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