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Instinto materno: ¿Mito o realidad?

El instinto materno es un mito para algunos y una realidad para las mujeres que lo han experimentado. Lo cierto es que el deseo de alimentar y cuidar a los bebés es esencial para la supervivencia de la especie humana.

Un bebé besa a su madre mientras esta lo sostiene en brazos

Los niveles de prolactina y oxitocina aumentan en la madre cuando está en contacto con su hijo, sobre todo si le amamanta.

El instinto materno ha generado un gran debate y sus detractores insisten en que no existe una predisposición genética que impulse a las mujeres a desear ser madres, o a cuidar y defender a sus hijos en caso de llegar a tenerlos. Esta es, por ejemplo, la postura de la filósofa francesa Elisabeth Badinter –que es madre y abuela– y afirma que el instinto maternal es un mito y la madre perfecta no existe.

El vínculo entre madre e hijo, tan importante para el bebé, no aparece solo durante el embarazo, sino que también puede desarrollarse tras el parto o la adopción, y crecer a medida que lo hace el niño

Como señala Badinter, miles de mujeres renuncian voluntariamente a la maternidad y viven una vida plena, y existen numerosos ejemplos a lo largo de la historia, y en todo tipo de países y culturas, de madres que descuidan, maltratan, e incluso asesinan a sus hijos. Sin embargo, muchas mujeres afirman, desde su experiencia personal, que ellas sí sintieron la necesidad de ser mamás, mientras que otras que no habían planeado un embarazo reconocen que el instinto maternal se despertó en ellas al saber que iban a tener un bebé.

Si nos ceñimos a la definición de instinto como ‘el conjunto de pautas de reacción que contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie’, y establecemos que para que el instinto materno exista deben experimentarlo todas las mujeres, efectivamente sería un mito, pero no es necesario que se trate de una experiencia universal, igual que no hace falta que todos los adolescentes tengan acné para considerarlo real.

Desde el punto de vista biológico, además, se sabe que los niveles de prolactina y oxitocina aumentan en la madre cuando está en contacto con su hijo, sobre todo si le amamanta, así que al amor que desencadena la presencia del adorable bebé, se añade una cuestión física que no se puede controlar. De hecho, la antropóloga estadounidense Sarah Blaffer Hrdy, afirma que los bebés están programados genéticamente para despertar el interés y el amor de los adultos, especialmente el de sus padres, y que interrelacionan con la persona que los alimenta y protege, aunque no se trate de su madre biológica, para poder sobrevivir. 

Instinto de supervivencia e instinto materno

Los seres humanos tenemos un fuerte instinto de supervivencia, tanto individual como colectivo –somos seres sociales, y esta sociabilidad ha favorecido nuestra evolución–, que nos predispone a protegernos a nosotros mismos y a los miembros de nuestra familia frente a cualquier amenaza o peligro, y que resulta una eficiente manera de perpetuar la especie.

A diferencia de los animales, que cuidan de sus crías durante un periodo determinado de tiempo –el imprescindible para que puedan valerse por sí mismas y sobrevivir en condiciones muchas veces adversas–, las personas –padres y madres– aman a sus hijos y mantienen un estrecho vínculo con ellos durante toda la vida. El amor materno –y el paterno– es incondicional e independiente de las cualidades o el comportamiento del hijo, y no se da en otro tipo de relaciones humanas; así, lo podemos calificar como instinto materno, amor innato, o cualquier otro término, pero no hay duda de que favorece la supervivencia de la especie.

El instinto materno podría entonces formar parte del instinto de supervivencia de la raza humana ya que, según los expertos, el vínculo entre madre e hijo, tan necesario para que el pequeño sobreviva, no aparece únicamente durante la gestación, sino que también puede desarrollarse tras el parto o la adopción, y crecer a medida que lo hace el niño. Factores como la lactancia materna o coger en brazos al bebé refuerzan el lazo materno-filial, mientras que problemas emocionales, como la depresión posparto, perjudican gravemente esta relación.

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