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Fallo de implantación del embrión: causas y soluciones
La implantación del embrión en el endometrio es un episodio decisivo en la gestación. Si este proceso no se produce correctamente el embarazo se malogra. Descubre las causas de un fallo de implantación y cómo evitarlas.
Escrito por Caridad Ruiz, Periodista especializada en salud y nutrición

Qué es la implantación embrionaria y qué ocurre si falla

Actualizado: 29 de noviembre de 2019

La implantación del embrión en el endometrio es junto con la concepción el momento más importante del embarazo. Si con la unión de un óvulo con un espermatozoide se inició la vida, con la llegada al útero materno de esa diminuta célula, tras un duro viaje por las trompas de Falopio, madre e hijo crean un vínculo que durará 40 semanas. Es el comienzo de ese milagro que es el embarazo. El aún embrión se funde con el organismo materno gracias a la creación de un nuevo órgano, la placenta, que le proporcionará todos los nutrientes que va a necesitar para convertirse en un bebé. Y si por cualquier circunstancia, el embrión no anida en el útero, es decir, hay un fallo de implantación embrionario, la gestación no seguirá adelante, algo que es mucho más frecuente de lo que pensamos: solo superan esta difícil fase un tercio de los embriones.

La implantación embrionaria ocurre en el sexto día después de la concepción, entre el 20º y 24º día a contar desde el primer día de la última regla, en una fase que se llama “ventana de implantación” y que puede durar entre dos y tres días. “Ese proceso de invasión embrionaria que llamamos implantación es decisivo para una buena evolución de la gestación”, afirma la doctora Diana Alecsandru, médico especialista en Inmunología en la Unidad de Fallo Reproductivo en la clínica IVI Madrid.

Cómo es el proceso de implantación del embrión

Desde el momento de la fecundación del óvulo por parte del espermatozoide se crea una nueva célula diferente y única, que día a día crecerá hasta convertirse en un bebé. Desde el instante de la concepción, esa primera célula se multiplica sin descanso hasta formar una estructura con forma esférica de unas 200 células, llamado blastocisto, y viaja a través de las trompas de Falopio hasta llegar al útero. Una vez allí, las células que se encuentran en la capa más externa del blastocisto, llamadas trofoblasto que darán lugar a la placenta, producen unas sustancias que romperán la superficie del endometrio. Esta capa del útero, en ese momento del ciclo y por efecto de los progestágenos, ha aumentado de grosor precisamente para facilitar esta implantación. Poco a poco el blastocisto se va introduciendo en el endometrio para poder absorber los nutrientes y el oxígeno que necesita para seguir creciendo, hasta quedar completamente enterrado, como si se tratara de una canica que ha caído en la arena. A partir de entonces, ese pequeño ser deja de llamarse blastocisto para alcanzar la categoría de embrión.

Si te preguntas si la futura madre nota la implantación, debes saber que en esta fase de la gestación los síntomas del embarazo apenas sí se dejan notar, pero puede que la mamá experimente una pequeña pérdida de sangre, llamada sangrado de implantación, que se da en una de cada cuatro mujeres. Se produce por la rotura de los vasos sanguíneos del endometrio durante la implantación del embrión. Dura alrededor de dos o tres días y es más leve que una menstruación, y de un color más oscuro. Como por fechas coincide con el momento del ciclo menstrual en el que debería bajar el periodo, a menudo la mujer piensa que ese mes ha tenido una regla rara, cuando en realidad ¡está embarazada!

Cambios en la inmunidad materna facilitan la implantación

Para que la implantación del embrión tenga lugar correctamente el sistema inmunológico materno sufre algunos cambios. De otra forma, sería imposible que sucediera. Hay que tener en cuenta que la mitad de los genes del embrión pertenecen a la madre. Con estos genes el organismo materno no tiene ningún conflicto. Pero la otra mitad de los genes son paternos, ajenos completamente a la genética materna. Y aquí es donde pueden surgir los aprietos. “Esta coexistencia tiene que ser permitida por el sistema inmunitario materno durante 40 semanas”, nos comenta la doctora Diana Alecsandru.

Para entenderlo mejor, si en nuestro cuerpo entrara un germen, bacteria, virus, etcétera, con un 50% de los genes diferentes a los nuestros, el sistema inmunitario se podría de inmediato en marcha para neutralizar a ese posible enemigo. De hecho, eso es lo que ocurre con los trasplantes de órganos. Sin embargo, en la gestación no sucede así. El organismo materno acepta y tolera que un ser diferente a ella al menos en un 50% crezca, y, lo más curioso, sin que su sistema inmunitario deje de funcionar, porque también tiene que defenderse de todos los gérmenes que podrían atacarle. A este fenómeno se le llama tolerancia inmunológica.

“En el útero hay células distintas al resto del organismo, que cambian con el ciclo menstrual. Desde la ovulación, y justo cuando comienza la producción de progesterona, tienen el papel de admitir al embrión y por eso hay una serie de adaptaciones del sistema inmunológico materno. Si es un embrión sano, que cuenta con todos sus cromosomas y los genes materno y paternos son compatibles desde el punto de vista inmunogenético, se pone en marcha un mecanismo para que el sistema inmunológico se autoengañe y lo tolere. Manda señales al resto de las células del sistema inmunológico materno para silenciarlas y no dañar el embrión. Se establece una colaboración materno-fetal que es propicia al embarazo y al crecimiento fetal”, nos explica la inmunóloga Diana Alecsandru. Este primer momento es decisivo: de él depende que la gestación discurra sin contratiempos o que por el contrario pueda tener complicaciones.

Consecuencias de la incompatibilidad inmunitaria entre la madre y el padre

Las células que se modifican en el útero son las Nk o natural killers, y tienen en su membrana varios receptores, como los KIR que reconocen las moléculas presentes en la superficie del embrión, llamadas HLA-C. La estructura de estos dos receptores viene determinada por la genética. Recordemos que el embrión cuenta con un 50% de genes paternos y algunos estudios han demostrado que no siempre son compatibles. Es entonces cuando puede surgir el fallo de implantación. “Si el embrión porta unos genes que no son compatibles con los maternos desde el punto de vista inmunológico, las células uterinas no le ayudan porque podría ser peligroso para la madre en el segundo y tercer trimestre, y originar una preeclampsia, crecimiento intrauterino retardado o hipertensión”, señala la experta. Puede ocurrir entonces que el embrión no se llegue a implantar. En este caso, se produce un aborto, a veces en estadios tan precoces que la mujer no llega ni a saber que estuvo embarazada. Pero también es posible que el proceso siga adelante, pero creando “una placenta defectuosa”.

Si la placenta no se ha formado bien al principio, cuando el feto alcanza las 28 semanas de gestación no puede responder a las crecientes necesidades nutricionales del feto

Si esto ocurre, la placenta, tarde o temprano, se convertirá en un órgano tóxico para la madre, o que no proporcione suficiente alimento al feto porque es pequeña o está malformada. “Cuando alcanza las 28 semanas de gestación, la placenta no puede responder a las crecientes necesidades nutricionales del feto y manda señales tóxicas”. Las primeras manifestaciones son una subida de la tensión arterial materna y de las proteínas en la orina, los síntomas de la preeclampsia.

¿Cómo se sabe si el fallo implantacional tiene origen inmunológico? (h3)

Los estudios que se llevan a cabo para tratar de averiguar las causas inmunológicas de los fallos de implantación dependen mucho de la historia clínica de los pacientes, pero en general se realiza un estudio inmunológico en el que se estudian:

  • Las NK endometriales
  • Las alteraciones de anticuerpos inmunoglobulinas séricas
  • Las citoquinas e interleuquinas que intervienen en la activación de los linfocitos.
  • Estudio de compatibilidad materno/embrionaria mediante el genotipo de del KIR materno y el HLA-C paterno.

Tratamiento del fallo implantacional: individualizado para cada pareja

La solución médica a estos problemas inmunológicos que provocan un fallo de implantación embrionario es muy compleja. Existen tratamientos farmacológicos que intervienen en la inmunidad, pero hay que tener presente que la aventura de conseguir un embarazo está protagonizada por tres personajes, la madre, el padre y el futuro bebé. Es posible que coexistan diferentes factores que impidan una buena implantación, que deben ser valorados en su conjunto y de forma personalizada por un especialista en inmunoterapia reproductiva.

Hoy en día, la mayoría de las clínicas de reproducción asistida cuenta con Unidades de fallo implantacional y de inmunología reproductiva, en la que se estudian los mecanismos metabólicos, inmunológicos y endocrinos que intervienen en esta decisiva fase del embarazo y posteriormente buscan el tratamiento personalizado idóneo para cada pareja. A estas unidades se suele derivar las parejas en tratamiento de fertilidad con fallo de implantación recurrente o con abortos causados por una mala implantación o placentación. En concreto, “cuando se han transferido más de cuatro embriones de buena calidad sin conseguir la implantación o se ha producido dos o más abortos en el primer trimestre”, comenta la doctora Diana Alecsandru.

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