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Tercera edad
Cuidar la piel a partir de los 60 años
A partir de los 60 años el proceso de envejecimiento deja su huella sobre la piel en forma de arrugas y flacidez, pero si la cuidas a diario se mantendrá sana y con buen aspecto a pesar del paso del tiempo.
Escrito por Inma D. Alonso, Periodista experta en salud y bienestar

Claves para tener la piel sana a partir de los 60 años

Si hay algo en lo que todas las personas coincidimos es en que no nos agradan los signos que el paso del tiempo deja en nuestro organismo, sobre todo en la piel. Desde la antigüedad buscamos sin cesar la fuente de la eterna juventud pero, como bien sabes, a estas alturas aún no hemos dado con el milagroso remedio que evite el proceso de envejecimiento, pero si hay una clave infalible, tengas la edad que tengas, para mitigar la huella de los años en tu cuerpo, es cuidar tu piel a diario, y mimarla para que esté siempre sana.

Nadie puede detener el paso del tiempo y sus efectos sobre la piel, pero sí hay una serie de pautas que te ayudarán a que se encuentre más sana y luzca mucho mejor. La primera es mantener la piel limpia. Para ello te recomendamos que laves bien tu rostro por la mañana y por la noche aunque, en vez del jabón habitual, es recomendable que utilices uno específico para tu tipo de piel, o bien uno enriquecido con productos naturales tales como aceite de coco o cacao.

Como parte de la limpieza de la piel del adulto mayor no podemos olvidar la exfoliación, que es una de las pautas imprescindibles que debes seguir para que tu piel esté sana. Puedes utilizar uno de los muchos exfoliantes que venden en cualquier tienda especializada, o bien elaborar uno casero a base de productos naturales como, por ejemplo, zumo de limón con azúcar, o aceite de oliva mezclado con trocitos de almendras. Para aplicarlo, masajea suavemente tu cuerpo y tu rostro con él durante unos cinco minutos, y después acláralo con abundante agua tibia. Si tu piel es normal, basta con realizar este proceso una vez a la semana; en el caso de pieles sensibles y secas, para no castigarlas, hay que realizarlo una vez cada dos semanas.

El siguiente paso sin duda es la hidratación. Recurre para ello a los numerosos productos cosméticos específicos para tu edad y tipo de piel que existen en el mercado, o bien a las cremas hidratantes habituales. Lo importante es que sigas este hábito a diario –después de haber limpiado o exfoliado la piel– aplicando la crema en el rostro, cuello y resto del cuerpo, y haciendo hincapié en aquellas zonas que notes más secas o que estén enrojecidas. Pero recuerda que la hidratación no se limita a las cremas, y que también es importante hidratar la piel desde el interior, para lo que no tienes por qué limitarte al agua, sino que puedes complementar tu hidratación con zumos de frutas o cremas de verduras, así como con compuestos naturales como la levadura de cerveza o el aceite de onagra.

Además de estos tres pasos hay otras muchas claves que te ayudarán a que tu piel no se seque y esté más tersa, hidratada y suave como, por ejemplo no fumar, reducir las horas de exposición al sol y, por supuesto, cuidar tu alimentación.

La piel y el proceso de envejecimiento

La aparición de arrugas y la flacidez de la piel son, sin lugar a dudas, los signos más evidentes del envejecimiento cutáneo, pero para entender por qué se producen lo primero es conocer la composición de nuestra piel y cómo le afecta la edad.

La piel es un órgano más de nuestro cuerpo –cuya función es defendernos de los diferentes agentes externos que nos atacan de forma negativa– y que es, además, el órgano más grande que tenemos, ya que su superficie es de hasta casi dos metros cuadrados. Cuando hablamos de la piel solemos asociarla con su capa más externa, la epidermis, pero además de ésta existen otras dos más: la dermis y la película hidrolipídica o hipodermis. En la composición de todas ellas, como en el resto de nuestros órganos, están presentes diferentes tipos de células y tejidos.

Cuando somos jóvenes lo habitual es que nuestra piel tenga una apariencia flexible y turgente. Ello se debe en gran medida a que las fibras que la componen tienen una gran capacidad de retener agua, capacidad que van perdiendo con el paso del tiempo. Como consecuencia de ello, la piel pierde hidratación, deja de estar tersa, y los surcos de expresión empiezan a marcarse, convirtiéndose en arrugas. 

Actualizado: 10 de Abril de 2017

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