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Mente y emociones
Claustrofobia
Los espacios cerrados, sobre todo si son pequeños o no están bien iluminados, generan en las personas con claustrofobia una ansiedad que interfiere en su vida diaria y laboral. Te contamos cómo afrontarlo.
Escrito por Dr. Juan Moisés de la Serna, Doctor en Psicología

Qué es la claustrofobia y causas

La claustrofobia es un trastorno de la ansiedad en el cual, como su nombre indica, se sufre un miedo a estar enclaustrado, es decir, una fobia a entrar o permanecer en un lugar cerrado del que la persona piensa que no va a poder salir, ya sea un ascensor, un autobús, un avión, una habitación cerrada, una sala de espectáculos… Pero este miedo incontrolable no se debe a las características del espacio en sí, porque sea oscuro o pequeño, sino a pensamientos irracionales sobre las consecuencias catastróficas que la persona afectada por esta fobia imagina que puede sufrir en dichos ambientes, como no poder moverse, que se va a asfixiar por falta de aire o que jamás podrá escapar de la sala o el habitáculo que le asusta, todo lo cual deriva en una sintomatología física asociada a altos niveles de ansiedad.

Causas de la claustrofobia

En la mayoría de las ocasiones, la claustrofobia se debe a la vivencia de una experiencia poco agradable en un espacio pequeño u oscuro, lo que hace que cuando vayamos a entrar en este tipo de lugares rememoremos aquellas sensaciones desagradables que experimentamos. Situaciones como haberse quedado encerrado en el ascensor, o en un aseo de un restaurante donde no se abre el pestillo de la puerta pueden ser los desencadenantes de la claustrofobia, independientemente del número de veces que hayamos usado el ascensor o ido a ese restaurante con anterioridad, pero también la vivencia de otras situaciones más graves, como un secuestro o un castigo reiterado en un cuarto oscuro, son suficientes para generar una relación de miedo en nuestra vida a los espacios cerrados.

Sin embargo, hay personas que sufren claustrofobia sin haber vivido en sus carnes este tipo de episodios desasosegantes. En algunos individuos basta con el visionado de una película en donde el protagonista vive un encierro o situación claustrofóbica que nos haya impresionado o generado una gran sensación de inquietud, o incluso que nos hayan contado un caso de este tipo que le pasó a otra persona, para que se cree ese vínculo que deriva más adelante en este trastorno.

Recientes investigaciones han comprobado cómo las personas que sufren claustrofobia muestran alteraciones cognitivas a la hora de calcular y valorar el espacio que tiene delante, percibiéndose todo más pequeño y estrecho de lo que realmente es, lo que explicaría por qué se produce esta vivencia incluso en lugares grandes como pudieran ser un Jumbo o un cine. Esta alteración de la percepción facilita que pueda presentarse la reacción exagerada de esta fobia en casi cualquier espacio que no sea diáfano y abierto.

Cómo interfiere la claustrofobia en la vida diaria

Se estima que la claustrofobia puede afectar, aunque en distintos grados, a una de cada 20-30 personas. El origen de esta fobia puede producirse en cualquier momento de la vida, ya sea en la infancia o en la edad adulta, aunque la edad de inicio promedio suele bordear los 20 años.

A pesar del alto porcentaje de afectados, son pocos los pacientes con claustrofobia que solicitan ayuda profesional al respecto, ya que creen poder controlarlo simplemente evitando los lugares cerrados, es decir no afrontando ni enfrentándose a la situación temida, sin darse cuenta de que poco a poco esta decisión va a producir un efecto de generalización a nuevas situaciones fóbicas, lo que puede llegar a interferir cada vez más en su vida diaria social –al ser incapaz incluso de acudir a cines, discotecas…– e incluso en su desempeño laboral –no poder trabajar en oficinas pequeñas, en determinados trabajos en los que haya que viajar o cuyos espacios sean cerrados u oscuros–.

Imagina que tienes que ir a una entrevista y que cuando vas a subir al autobús sientes que se te dispara el corazón, te falta la respiración, y empiezas a pensar que “si subes no podrás bajar nunca de ahí”; o que te tienes que realizar una prueba médica con técnicas de neuroimagen, como un TAC o una resonancia magnética, en donde se debe permanecer quieto durante unos minutos dentro de una máquina y que nada más verla te entran sudores fríos por todo el cuerpo y te empiezan a temblar las piernas, pensando que “no voy a salir de ahí”. En ambos casos procurarías no coger el autobús o hacerte las pruebas médicas con todas las consecuencias que ello puede entrañar, y todo para evitar un miedo a un futuro catastrófico al que no te quieres enfrentar. 

Actualizado: 10 de Diciembre de 2016

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