Diana Oliver

Periodista especializada en maternidad e infancia, autora de ‘Maternidades precarias’
La conciliación laboral no es suficiente cuando se trata de cuidar a un bebé, afirma Diana Oliver, autora de 'Maternidades precarias', que sugiere cómo debe cambiar la sociedad para mejorar la vida de las madres trabajadoras.
Diana Oliver
“El deseo de ser madre compite con otros deseos, ya no es ese destino que era para nuestras madres y abuelas, pero creo que fundamentalmente hay una razón económica y laboral que muchas veces lo impide”
Escrito por: Eva Salabert

06/05/2022

Maternidades precarias (Arpa Editores) es el nuevo libro de Diana Oliver y, en palabras de su autora, “es como el reflejo de la precariedad laboral y económica en la que estamos inmersos”, porque si en España no se tienen todos los hijos que se desearían es porque “tenemos unos empleos muy precarios, unas condiciones de vida que nos dan para nosotros y poco más, y tampoco hay políticas públicas que soporten la maternidad y den soporte a las familias”. La maternidad se ha convertido en un privilegio lleno de incertidumbres, como explica Diana, periodista especializada en maternidad (es), infancia y educación, y madre de dos niños, que desde su propia experiencia cuenta las dificultades a las que se enfrentan las mujeres que, como ella, han hecho realidad su deseo de ser mamás mientras continuaban trabajando para subsistir. La autora nos habla de los retos a los que se enfrentan ahora las madres y por qué es necesaria una transformación social que ponga en el centro a los cuidados porque, afirma, la conciliación laboral no es suficiente y “cuanto más cuidados estén las madres, los bebés, y las familias, mejor será para la sociedad”.

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El prólogo de ‘Maternidades precarias’ empieza con un montón de preguntas: ¿dónde nace el deseo de ser madre? ¿Somos realmente libres para decidir cuándo, cómo o con quién tenemos hijos? ¿Qué necesitamos para poder vivir una experiencia de la maternidad más grata? ¿Quién cuida a las madres?… ¿Te respondes a ti misma en las páginas del libro?

Entrevista a Diana Oliver, autora de ‘Maternidades precarias’

Trato de responderme a algunas cosas, pero son difíciles de responder, e invitan siempre a seguir preguntándose. El libro, aunque puede dar algunas ideas y pautas que creo que nos ayudarían a saber hacia dónde ir, sobre todo invita a seguir hablando del tema, reflexionando, y haciéndonos más preguntas que invitan a hacerse otras nuevas. No tengo la clave de lo que hay que hacer con la maternidad en este país, sino que en el libro recojo las dificultades y los retos que afrontamos las madres, e invito a repensar sobre todo esto.

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Hablas del deseo, la necesidad o la motivación para ser madres, que además a veces aparece y desaparece como el Guadiana. ¿Crees en el instinto materno, con independencia de que se hayan tenido hijos o no?

Es una pregunta muy complicada porque creo que en el deseo al final hay una construcción social y cultural, pero en mi caso personal fue una cuestión súper irracional, porque ese deseo iba y venía hasta que llegó un punto en el que el deseo se hizo muy fuerte y sí quería, y sí lo tenía muy claro. No sé si a veces puede haber una pulsión interior, que es algo que recoge muy bien Ibone Olza en el libro Psicología del embarazo, algo biológico, algo innato, que te nace llegado un momento; o no, y tiene más que ver con la construcción social y cultural.

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No acabo de tener una respuesta a esto, ni siquiera en el libro, y tampoco está muy estudiado. Hay autoras que han hablado del deseo materno, pero no es algo sobre lo que se investigue. Decía Adrienne Rich en Nacemos de mujer que sabemos más de los mares y de la vida en la Tierra de lo que podemos saber de la maternidad, que es una cosa que nos atraviesa desde el principio de los tiempos.

Creo que hay algo en nuestro interior que puede aflorar, una pulsión interna, y esto da para escribir un ensayo y es un objetivo de investigación muy interesante porque, ¿qué te lleva a querer ser madre en un momento dado? Yo tengo amigas, por ejemplo, que decían que desde pequeñas sabían que querían ser madres y tenían un deseo que han mantenido fuerte durante todo este tiempo, y han sido madres cuando han podido. Pero también hay una parte cultural y social que va definiendo un poco el hecho de querer o no querer.

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También hablas de lo que parece la ‘maternidad obligada’ y dices que “todavía hay algo de subversivo en el hecho de no querer tener hijos como elección consciente”. ¿Por qué crees que se espera que estas personas expliquen sus razones, se las mira como bichos raros, o directamente se piensa que no es que no hayan querido tenerlos, sino que no han podido?

Creo que la maternidad siempre se cuestiona, tanto si tienes hijos, como si no los tienes. Además, si no los tienes, llega una determinada edad –entre los 30 y los 40 años– que siempre se espera que haya una explicación. Nos cuesta asumir que una mujer pueda decidir libremente no tenerlos. Por eso una de las preguntas que lanzo al principio del libro es “¿somos realmente libres para decidir si tenemos hijos?”. Porque existen convencionalismos sociales, eso que se espera de nosotras, que todavía está muy presente.

Madre con su bebé

Por suerte, creo que cada vez se habla y se visibiliza más, hay muchas mujeres narrándolo en medios de comunicación, lo cuentan en la literatura, hay muchos libros e incluso poemarios de mujeres, o escritoras como Marta Sanz, o actrices como Maribel Verdú, que hacen cada vez más visible que no tener hijos pueda ser una elección.

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En el caso de Marta Sanz narra muy bien en uno de sus libros que ella desde pequeña tenía muy claro que no quería tener hijos, que se quedó con las narraciones de los partos que escuchaba a su alrededor, y que le causaban tanto malestar que le pareció horrible y a partir de ahí fue creando un pensamiento muy elaborado en torno a por qué no quería tener hijos. Lo analizó muy concienzudamente y tomó una decisión al respecto. Tenemos que asumir desde la normalidad que está igual de bien querer tenerlos, que decidir lo contrario. Eso está ayudando a que la maternidad no sea un destino obligado para todas las mujeres.

Por qué no tenemos todos los hijos que deseamos

España –dices– es uno de los países europeos en el que la diferencia entre los hijos que se tienen y los que se desearían tener es mayor, ¿tú cómo crees que se podría solucionar este problema?

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Yo creo que detrás de poder tener hijos o no hay una cuestión multifactorial. Por un lado, es cierto que lo retrasamos porque pensamos que siempre vamos a estar a tiempo. En el libro también cuento que ese deseo de ser madre compite con otros deseos, otras circunstancias y otras formas de vida. Ya no es ese destino que era para nuestras madres y nuestras abuelas, sino que ahora lo pensamos más, o podemos tener una conciencia mayor y decidir en cierto modo si tenemos hijos, o no. Pero creo que fundamentalmente, y el INE lo refleja muy bien, hay una razón económica y laboral, que es la que impide muchas veces que decidas tener un hijo.

En el deseo de ser madre creo que hay algo en nuestro interior que puede aflorar, una pulsión interna, pero también hay una parte cultural y social que va definiendo el hecho de querer o no querer

Es como el reflejo de la precariedad laboral y económica en la que estamos inmersos. No se tienen hijos, pero es que tenemos unos empleos muy precarios, tenemos unas condiciones de vida que nos dan para nosotros y poco más, y tampoco hay políticas públicas que soporten la maternidad y den soporte a las familias. Aparte de la baja de 16 semanas no hay mucho más, y un hijo es para toda la vida. Es normal que la gente no pueda tener hijos, o que finalmente decida no tenerlos, porque es muy difícil en un país en el que la precariedad es la norma y en el que no existen políticas efectivas que den soporte a las familias.

¿Cuál sería para ti el escenario ideal para ser madre –edad, circunstancias, pareja, trabajo, ayudas sociales, acompañamiento en la crianza…–, o el que te hubiera gustado tener en su momento?

En mi caso, por ejemplo, fue una cuestión laboral. Muchas veces me pregunto si debería haber sido madre, o no, por mis propias circunstancias, porque no se daban esas circunstancias ideales para tener hijos, y al final si nuestra situación era precaria, nos precarizamos aún más, y hemos seguido sobreviviendo todo este tiempo, pero siempre estamos ahí en el alambre sin saber en qué momento vamos a caer.

Para mí lo esencial a la hora de tener hijos y creo que marca mucho cómo lo vas a vivir es qué red tengas alrededor, si tienes realmente una red de apoyo, si existen políticas que te den soporte, tanto si tienes trabajo, como si no. Porque si realmente quieres apoyar los cuidados, hay que apostar por ellos y ponerlos en el centro. Las necesidades de las madres y de las criaturas deberían ser un derecho porque las necesidades de los niños, sobre todo el primer año, son muy distintas a las que se dan luego más adelante.

Tenemos que asumir desde la normalidad que está igual de bien querer tener hijos, que decidir lo contrario, que la maternidad no sea un destino obligado para todas las mujeres

Socialmente decimos que la maternidad es muy importante, pero luego no es verdad. Para mí hubiera sido fundamental tener esa red, el apoyo social y el apoyo institucional a nivel de políticas y de ayuda, porque a las 16 semanas me hubiera tenido que incorporar y sentía que no era el momento de dejar a mi hija 10 horas en una guardería para irme a trabajar por 1.000 euros al mes; no tenía sentido.

En algunas grandes empresas han optado por ofrecer a sus empleados guarderías integradas en sus propias instalaciones para que puedan tenerlos cerca mientras trabajan, y que así las madres tampoco se desvinculen del entorno laboral…

Este tipo de proyectos ya se hicieron en los años 80 en Estados Unidos; Arlie Hochschild, que es una socióloga estadounidense que estudió la doble jornada, me explicaba como las familias de los años 80 cuidaban, se repartían las tareas, trabajaban fuera del hogar, y ella me contaba que sí que conoció iniciativas de fábricas en las que tenían guarderías que estaban allí mismo en el centro de trabajo para que las familias pudieran ver a los niños y volver al trabajo.

Es normal que la gente no pueda tener hijos porque es muy difícil en un país en el que la precariedad es la norma y en el que no existen políticas efectivas que den soporte a las familias

Eso puede ser una idea, pero creo que no puede ser la única, sino que estaría muy bien alargar ese tiempo en el que un bebé está en su casa con sus padres. El primer año para mí es básico. Y no todas trabajamos en una de esas grandes empresas que son las que creo que ahora pueden ofrecer ese tipo de servicios. Pienso en mujeres que limpian en casas, o en oficinas, o que son camareras en un bar…

Hay tantísimas formas de vida y de trabajo, y muchos más precarios de lo que pensamos. Yo pienso, por ejemplo, en mi madre, que se iba a las cinco o las seis de la mañana a trabajar y volvía a las ocho de la tarde después de limpiar casas por todo Madrid, y si hubiéramos sido pequeños en ese momento –porque mi hermano y yo ya éramos más mayores entonces– hubiera preferido quedarse con nosotros a irse a limpiar casas por ahí para ganar dos duros.

Hablo de las madres porque nosotras pasamos por un embarazo, un parto y un puerperio, y eso hay que valorarlo y tenerlo en cuenta. Al principio un bebé nace esperando a su madre, eso es una realidad biológica. Y creo que habría que proteger eso porque cuanto más cuidados estén las madres, los bebés, y las familias, mejor será para la sociedad.

Cuanto más cuidados estén las madres, los bebés, y las familias, mejor será para la sociedad

Hemos centrado todos los discursos en el tema de la conciliación y para mí la esencia, lo más importante, es que los mal vivires de la maternidad y todas estas dificultades son el síntoma del desequilibrio que existe entre la manera en la que vivimos y nuestras necesidades más humanas. El libro es el resumen de ello y pretende invitar a que analicemos cómo estamos viviendo y cómo está afectando esto a nuestra maternidad, o incluso a nuestra no maternidad cuando no podemos tenerlos y lo deseamos, pero el sistema no nos lo permite.

La falta de recursos económicos y una mala conciliación laboral influyen en que las personas que desean tener hijos lo pospongan pero, ¿no deberíamos también dar prioridad a la maternidad o paternidad sin esperar a la pareja ideal o al momento perfecto que es posible que no aparezcan nunca?

Adrián (mi marido) y yo lo hemos comentado muchas veces, que a lo mejor tenemos una serie de necesidades y de expectativas que nuestros padres no tenían. Asumían muy bien su clase social, su lugar, y nosotros igual hemos sido alimentados por ciertas expectativas, que ves que no solo no se cumplen, sino que estás peor, pero creo que mucha gente de nuestra generación –nacidos en los 70 y los 80– estamos cobrando menos incluso de lo que cobraban nuestros padres.

Si analizas realmente cuál es el sueldo medio en España, creo que hay una gran mayoría de gente que sigue siendo mileurista. Y en comparación con hace 20 años ahora cobramos muy poco para lo caro que está todo. Y si eres autónoma muchísimo peor, porque yo había meses que solo cubría los gastos y encima pierdes todos los derechos. Por eso creo que cada vez hemos ido a peor laboralmente.

Hemos centrado todos los discursos en la conciliación y para mí lo más importante es que los mal vivires de la maternidad son el síntoma del desequilibrio que existe entre la manera en la que vivimos y nuestras necesidades más humanas

La madre necesita una recuperación tras el parto, y parece que podemos con todo, pero a mí no haberme podido recuperar bien me ha dejado secuelas. Tener que ponerme a cerrar una revista a las cinco de la mañana cuatro días después de dar a luz y dormir solo dos horas… Tu cuerpo necesita recuperarse porque ha pasado por un embarazo, por nueve meses de cambios, y por un parto y un posparto, que es un momento muy vulnerable, y no te encuentras sostenida, y eso es muy grave.

Es verdad que ahora lo pensamos más, y tenemos cosas y expectativas que no teníamos antes, pero tampoco lo tenemos fácil, creo que cada vez sufrimos una pérdida mayor de derechos y de salario, todo es cada vez más caro, parece que tenemos más necesidades impuestas, y sobre todo nos está consumiendo el precio de la vivienda.

Las madres necesitan que las cuiden

Un capítulo del libro se titula ‘Quién cuida a las madres’, porque si ellas no están bien, tampoco lo estarán sus hijos. ¿Qué es lo que necesitan las madres, qué es lo que hubieras necesitado tú en los primeros meses de vida de tus hijos y también a lo largo de su infancia?

Creo que sobre todo falta que se valore lo que es la maternidad, lo que es cuidar, lo que es tener un hijo, lo que suponen los cuidados y estar sola durante esos primeros tiempos. Al principio a mí me consumió la soledad, estar sola con un bebé durante todo el día hasta que llegaba Adrián por la noche. Nos ayudaría mucho recuperar esas redes que tenían las generaciones anteriores; yo necesitaba compartir mi experiencia con otras personas que estuvieran en la misma situación que yo, o con la familia, o con amigas: compartir el día a día, pasear, que alguien viniera con un táper y me preguntara ‘¿cómo estás? ¿Cómo sigues?’.

Analizar a las madres, pensar cuáles son sus necesidades y convertir esas necesidades en derechos protegidos. Creo que hace falta un cambio mucho más estructural en el cómo vivimos cada día, lo absurdo que es desaparecer de casa desde la mañana hasta la noche para trabajar, que vamos todos corriendo agobiados. Al final el trabajo domina nuestras vidas.

Creo que facilitaría mucho la vida de todas las personas tener horarios más amables, mejores sueldos, prestaciones universales que fueran más allá de lo laboral, permisos que protegieran esos procesos (embarazo, parto, posparto…), y hacer un seguimiento de la madre, porque tienes una revisión del niño sano cada x meses y todo el mundo viene a casa de visita a ver al bebé, pero ¿quién viene a ayudarte realmente? ¿Quién te pregunta a ti si estás bien, o no?

Tener hijos y seguir en la rueda produciendo como si no hubiera pasado nada es una barbaridad, hay que visibilizar qué está pasando, cómo estamos teniendo hijos, o por qué no los estamos teniendo

A veces dices que estás bien porque acabas de ser madre y se supone que es un acontecimiento espectacular y que tú tienes que estar muy contenta, pero es posible que lo hayas pasado mal, o que hayas tenido un parto traumático, o que de repente te encuentres sobrepasada y no sepas qué hacer. Vivimos sin referentes; no tenemos niños alrededor, o muy pocos, y nos ayudamos muy poco por la forma tan individualista en la que vivimos y nos relacionamos. Y por eso este auge de la literatura de autoayuda para la crianza, porque estamos perdidas ante la falta de referentes en nuestro entorno.

Por eso, tener hijos y seguir en la rueda produciendo como si no hubiera pasado nada es una barbaridad, y aunque no tenemos las dificultades que tuvieron nuestras madres y abuelas, porque cada generación ha tenido sus problemas, nosotras tampoco lo tenemos tan fácil y creo que hay que visibilizar qué está pasando, cómo estamos teniendo hijos, o por qué no los estamos teniendo. Y para mí la clave, y de ahí el título del libro, es que hay una precariedad a todos los niveles: económica, laboral y relacional, en cómo nos relacionamos entre nosotros, lo poco que nos ayudamos, y la falta de sostén.

La incorporación de la mujer al mercado laboral, que es un derecho y un avance, ha ido en detrimento de la maternidad.

Hemos querido ese tenerlo todo que nos han vendido desde los años 70 y las mujeres de clase media salieron en masa a trabajar; eso fue un avance, el problema es que se quedó colgada la cuestión de los cuidados; si las dos personas del hogar salían, ¿quién se quedaba cuidando? No puede ser que todo sea mercantilizar los cuidados, externalizarlos y que una persona que tiene una situación aún más precaria que la tuya se quede cuidando de tus hijos, ni que los niños tengan que estar institucionalizados desde las pocas semanas de vida. Tiene que producirse un cambio mucho más radical y estructural que vaya más allá, y que la sociedad se convierta en cuidadora y se cambie esta forma de vida.

Hay una precariedad a todos los niveles: económica, laboral y relacional, en cómo nos relacionamos entre nosotros, lo poco que nos ayudamos, y la falta de sostén

No podemos tenerlo todo. O estás cuidando, o estás trabajando, y estos discursos de conciliación no son suficientes. Implica un cambio estructural y mucho más profundo de nuestra forma de vida, porque no es posible centrarlo todo en lo laboral. Tendríamos que convertirnos en una sociedad cuidadora que de verdad ponga en el centro eso y que no todo se rija por lo productivo y lo laboral, porque al final el capitalismo y lo económico es lo que marca nuestro ritmo.

Una filósofa que cito en el libro, Nancy Fraser, dice que el trabajo productivo y los cuidados han estado siempre muy divididos y eso ha sido la base de la dominación y lo que ha hecho que las mujeres estuviéramos en desigualdad de condiciones. Esta división jerárquica de género entre producción y reproducción es una fuente de diferencias irreconciliables. Separar y enfrentar lo productivo y lo reproductivo genera frustración y un gasto de energía enorme, porque intentas acoplarte al ritmo laboral, productivo y económico. Es un sistema que genera culpa y mucho malestar, y cuidar es un trabajo en sí mismo, que lleva sus tiempos, esfuerzo y energía, y que debe ser valorado y protegido. Y no es posible hacer dos trabajos a la vez.

El retraso de la edad a la que se es madre hace que cada vez se recurra más a las técnicas de reproducción asistida, pero hay otra forma de tener un hijo especialmente polémica, ¿qué opinas tú de la gestación por sustitución o ‘vientres de alquiler’?

Yo soy totalmente contraria a los vientres de alquiler porque creo que es una forma de hacer negocio con nuestros cuerpos, de seguir manteniendo una dominación, un control y una mercantilización de nuestros cuerpos y capacidades reproductivas, como una parte más del sistema capitalista en el que todo se puede vender. Todos los cuidados son susceptibles de mercantilizar: los cuidados de un enfermo, los de una persona mayor, los de un bebé, los de quien te limpia la casa…, y esto es un síntoma más y el más grave de la mercantilización, que es la de los propios seres humanos.

Los vientres de alquiler son una compra-venta de seres humanos, e igual que tenemos que ser críticos con la prostitución, debemos serlo con esto, porque al final estás utilizando a la mujer como si fuera una vasija, algo con lo que poder comerciar. Mantienen una situación de dominación, ya que quien va a hacer uso de este recurso es una persona que está por encima de la que está recurriendo a esa forma de ganar dinero, que es quedarse embarazada y tener un hijo para otra persona.

No puede ser que todo sea mercantilizar los cuidados. Tiene que producirse un cambio más radical y estructural y que la sociedad se convierta en cuidadora y se cambie esta forma de vida

Creo que hay un lobby muy fuerte, un sector que nos está vendiendo que muchas mujeres lo hacen como un acto de generosidad altruista, mientras sigue habiendo un intercambio económico. Un embarazo y un parto siempre te van a marcar de alguna manera. No es algo aséptico; tú no puedes gestar como si fueses una vasija, sino que se produce una transformación muy profunda en tu cuerpo, por lo que es una decisión muy compleja.

Además, creo que se vulneran los derechos de ese bebé a estar con su madre porque cuando nace está biológicamente programado para continuar con la persona con la que ha pasado nueve meses; esa etapa de exterogestación, que son los nueve meses posteriores al parto en los que un bebé necesita ir adaptándose, descubriendo el mundo…, y lo hace con la persona en cuyo vientre se ha gestado. Necesita ese acompañamiento mientras se va volviendo cada vez más independiente de forma natural. A diferencia de otras especies, los humanos nacemos totalmente dependientes.

Pandemia: cómo ha influido en las familias

Cambiando de tema, ¿cómo ha influido la pandemia, el confinamiento, el teletrabajo…, en la crianza de los niños? ¿Hasta qué punto se han visto afectadas las familias, y su ritmo de vida? ¿Les ha aportado alguna experiencia positiva?

Creo que el primer confinamiento en el que estuvimos en casa tantas semanas nos sirvió para ver lo que estaba pasando: que los niños no se cuidaban solos y que cuidar de los hijos era una labor enorme. Parecía que todos habíamos puesto el foco en las necesidades más humanas y reales que teníamos, que podíamos tener jornadas de trabajo más flexibles, no tener que estar siempre haciendo algo, que el ritmo podía haber bajado en muchos casos…, pero con el tiempo se ha visto que nada de esto se ha mantenido y hemos recuperado la antigua normalidad como si nada hubiera pasado.

Cuidar es un trabajo en sí mismo, que lleva sus tiempos, esfuerzo y energía, y que debe ser valorado y protegido

Los adultos no nos adaptamos a los niños, a las horas de escuela y al tiempo que puedan necesitar, sino que los arrastramos a ellos a la vorágine de horarios imposibles. Y se vio claramente cuando Salvador Illa dijo que le parecía una irresponsabilidad que hubiera familias que a los niños que hubieran tenido fiebre los llevaran al colegio con una apiretal en medio de una pandemia, pero esto es un reflejo de las dificultades que tienen las familias porque esta gente no piensa que los niños se ponen malos, que tienen tres meses de vacaciones en verano, días sin cole, vacaciones de Semana Santa, de Navidad, es un ritmo absolutamente contrario y en las antípodas del ritmo que llevamos los adultos, y es imposible de seguir.

La pandemia nos hizo parar un poco, repensar todo esto, y poner el foco en lo que necesitamos de verdad, pero esto no se ha traducido en ningún cambio, seguimos como estábamos al principio y nadie piensa qué puedes hacer con un niño pequeño cuando de repente se pone malo y tú tienes que seguir trabajando. No hay un soporte, ni unos permisos que puedan proteger eso, sino que el sistema va alimentando la culpa de las madres.

Respecto al teletrabajo, citas al periodista especializado en teletrabajo y transformación digital y generacional de las empresas, David Blay, que dice que “Esforzarse no significa trabajar más horas. Además, el trabajo lo puedes hacer igual de bien estés donde estés con una buena planificación, como se ha demostrado durante la pandemia por coronavirus”. ¿Crees que las empresas aprenderán de esta experiencia y aprovecharan las ventajas que tiene el teletrabajo para empleadores y empleados?

Creo que la mayoría de la gente ha vuelto a los horarios rígidos de antes porque seguimos siendo un estado muy presencialista y tenemos que estar ahí en la oficina calentando la silla con unos horarios imposibles y yo creo que muy pocas empresas han optado por esta flexibilidad y han implementado el teletrabajo. Y no sé si estamos preparados para eso a nivel empresarial; creo que falta mucho por hacer y por cambiar la conciencia del trabajo como tener que estar en un horario determinado y de forma presencial en el caso de trabajos que se pueden hacer –como se ha visto claramente– en la distancia.

Las grandes ciudades se nos han comido y son las generadoras de una soledad atroz, de una forma de vida basada en el consumo desde que naces hasta que te mueres

Pero hay otra cuestión y es que no siempre se puede teletrabajar y hay que tenerlo en cuenta, sobre todo en los sectores más precarizados, porque una persona que trabaja en un bar o en una tienda, que se dedica a limpiar, o que es sanitario, no puede hacerlo en remoto. Por eso decía que es necesario un cambio mucho más radical que exige otra flexibilidad y otra concepción del mundo laboral, porque creo que el teletrabajo tampoco lo solucionaría todo.

Pero si todos los que pudieran teletrabajar lo hicieran, muchos podrían vivir en lo que se conoce como la ‘España vaciada’ y de esta manera allí se establecerían servicios y profesionales de los que ahora carecen, desde acceso a internet, transporte público y comercios, a profesores, médicos…

Seguro, y recuperar un poco esa red, esa tribu, esa forma de vivir en una sociedad más cuidadora. Al final, los grandes núcleos de población, ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia…, acumulan la mayor parte del trabajo, tienen la vivienda más cara, y las distancias y los atascos son mayores. La cuestión es que es un cambio tan enorme que no se está apostando por él.

Desde luego sería un avance a nivel medioambiental, porque también los niños van en coche a todas partes y eso afecta a su salud física, a su salud mental y a su autonomía, ya que cada vez tienen menos autonomía para poder desplazarse solos: no hay niños en las calles, no les dejamos ir a ningún sitio por esa percepción del miedo. Todo influye, todo está relacionado de alguna manera.

Las grandes ciudades se nos han comido y son las generadoras de una soledad atroz, de una forma de vida basada en el consumo desde que naces hasta que te mueres, en la que siempre tienes que estar produciendo, en la que vas corriendo a todos los sitios, en la que no puedes parar; es una forma de vida súper estresante y ganaríamos muchísimo más si recuperásemos ese vivir más calmado y pausado, en contacto con la naturaleza y evitando agolparnos tanta gente en los mismos sitios.

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