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El diagnóstico de la rosácea es clínico. Bastará con una entrevista médica y una exploración de las lesiones faciales para que el dermatólogo llegue al diagnóstico correcto. Durante la entrevista se preguntará por la duración de las lesiones, si son permanentes o surgen en brotes, si presentan cambios desde que aparecen hasta que curan y si al sanar la piel ésta presenta su aspecto normal. También se indagará sobre si hay situaciones que produzcan empeoramiento notable de la piel (ejercicio, exposición solar, comer ciertos alimentos, beber alcohol, etcétera).

Los síntomas que el paciente cuente al médico también son muy importantes, ya que la sensación de irritación, quemazón o hipersensibilidad de la piel afectada es muy característica de la rosácea.

En la exploración el dermatólogo buscará las características propias de la rosácea (como las telangiectasias y las pústulas) y comprobará que no hay lesiones diferentes que puedan orientar hacia otras enfermedades. Sólo en casos dudosos y con mala respuesta al tratamiento se recurrirá a la biopsia cutánea, para estudiar al microscopio las células de un fragmento milimétrico de piel. Esta prueba no se suele utilizar con frecuencia, ya que es preferible no dejar cicatrices en la cara, aunque no suele ocurrir o si lo hace la señal es mínima.

Otra prueba que suele realizarse en muchos pacientes con rosácea es tomar una muestra de la piel para observar al microscopio y así comprobar si existe infección con el ácaro Demodex, que vive en los poros y folículos pilosos, alimentándose de piel muerta y que en ocasiones se asocia a este trastorno, lo que ayuda a orientar el diagnóstico y el tratamiento.

Creado: 24 de octubre de 2013

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