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Inma Puig

Psicóloga clínica, mentora de equipos de trabajo, ex psicóloga del F.C Barcelona y autora de ‘La revolución emocional’
Inma Puig, psicóloga y mentora de equipos de trabajo y deportistas de élite, como el F.C. Barcelona, nos propone aprender a gestionar nuestras emociones en el ámbito personal y laboral para mejorar nuestra relación con los demás.
Inma Puig, psicóloga y autora de La revolución emocional
"Para protegemos del daño levantamos una barrera a nuestro alrededor que no nos permite sentir las patadas, los golpes, ni las traiciones, pero tampoco los besos, las caricias o los abrazos"
Escrito por: Natalia Castejón

14/03/2019

¿Sabías que todos necesitamos lo mismo para sentirnos bien, y que conocernos a nosotros mismos es la clave para desarrollar la empatía que nos ayudará a conocer y comprender mejor a los demás? Esto es lo que afirma la psicóloga clínica Inma Puig, experta en análisis del comportamiento y en la creación y desarrollo de dinámicas de equipos de alto rendimiento, como deportistas profesionales –atendió a los jugadores del F.C. Barcelona entre 2003 y 2018, pilotos de Fórmula 1 y Moto GP, tenistas…–, empresas familiares y otros grupos de empleados bajo presión —desde 2014 también asesora a los trabajadores del restaurante mundialmente conocido El Celler de Can Roca–. Puig acaba de publicar su nuevo libro La revolución emocional (Ed. Conecta, 2019), en el que desgrana todos los secretos que necesitamos conocer para conseguir gestionar los sentimientos y emociones propias para aprender a entender mejor las ajenas pues, según explica: “las emociones se están obviando cada vez más, tanto en el terreno laboral, como en las relaciones personales”. Con su nueva obra pretende abrir las puertas a un mundo vivido con pasión porque –explica– “solo recordamos lo que nos emociona, y lo que no se hace con sentimiento se muere por el camino”.


Libro "La revolución emocional" de Inma Puig

Tu libro se titula 'La revolución emocional'. ¿En qué consiste el cambio que propones?

La revolución emocional consiste en cambiar una serie de comportamientos de las personas, especialmente en las maneras de ver lo que nos sucede en el día a día, para que todos disfrutemos de un bienestar a nivel emocional mejor del que tenemos ahora. Hay que tener en cuenta que esta revolución es pacífica y vale la pena hacerla porque todos saldremos ganando. Probablemente sea la única revolución en la que todos son ganadores, porque siempre suele haber un perdedor, pero en este caso existe la garantía de que todos vamos a obtener beneficios.

Y el subtítulo indica que ‘todos necesitamos lo mismo para sentirnos bien’. ¿Qué es?

Necesitamos sentirnos cuidados, queridos, reconocidos, escuchados, y sentir que nos ponen límites. Estas son las necesidades básicas para sentirnos bien. Las personas somos como una planta; todos necesitamos lo mismo y lo que varía es la dosis.

La revolución emocional es pacífica, y vale la pena hacerla porque todos saldremos ganando

Hay personas a las que les gusta mucho que las miren, y hay otras que si las miras mucho se perturban o alteran; hay quien necesita ser escuchado mucho tiempo, y a quien le basta con unos minutos; hay quien necesita reconocimiento en dosis masivas, y quien se siente bien con que le digas que te ha gustado mucho algo relacionado con él.

¿Cuál es el primer paso para comenzar la transición hacia esta gran revolución emocional?

El primer paso es saber que en la base todos somos iguales y las diferencias están en lo que no es importante, como qué idioma hablo, si soy más alto o más bajo, o qué talla llevo. Es decir, a todos nos gusta que nos quieran, que nos miren, que nos reconozcan, que nos pongan límites y que nos escuchen, y a todos nos disgusta que no nos miren, que no nos quieran, que no nos escuchen, que no nos reconozcan o que no nos pongan límites, y esto es en lo que somos iguales.

Necesitamos sentirnos cuidados, queridos, reconocidos, escuchados, y sentir que nos ponen límites; todos necesitamos lo mismo y lo que varía es la dosis

Por tanto, si sabemos qué es lo que nos gusta a nosotros, también tendremos la certeza de qué es lo que le gusta a los otros, y de esta manera podemos comenzar este cambio, pensando no solo en nuestras emociones y sentimientos, ni solo en los de los demás, sino que hay que pensar en nosotros mismos y en los demás de manera conjunta.

La importancia de no reprimir los sentimientos y emociones

Hablas de emociones y sentimientos, pero no son lo mismo. ¿Cuáles son sus diferencias? ¿Se pueden controlar alguno de ellos?

La emoción es una respuesta inmediata a una vivencia que experimentamos y se manifiesta físicamente, por ejemplo, si te dan un susto pegas un grito, si tienes vergüenza te pones colorado, si estás en un apuro sudas... Esta es la manifestación de la emoción.

Las emociones no se pueden controlar porque son absolutamente espontáneas, pero los sentimientos sí podemos entenderlos y gestionarlos

El sentimiento por su parte, es la racionalización de la emoción, es convertirla en un comportamiento. Es decir, si me dan una alegría, pues estoy contento; si me cuentan algo doloroso, estoy triste. Las emociones no se pueden controlar porque son absolutamente espontáneas, pero los sentimientos sí podemos entenderlos y gestionarlos.

¿Y por qué nos cuesta tanto mostrar nuestros sentimientos a los demás?

Porque precisamente desde hace tiempo parece que nos empujan a evitarlos; es curioso, porque pasa lo mismo tanto con los sentimientos que nos duelen, como con los que nos gustan. Es un clásico que ante alguien que está muy triste, que cuenta una desgracia y se pone a llorar, la reacción de todo el mundo sea decirle “no llores”; sin embargo, si alguien tiene ganas de llorar lo más saludable es que lo haga, al igual que ocurre si uno tiene ganas de reír.

Si alguien tiene ganas de llorar lo más saludable es que lo haga, al igual que ocurre si uno tiene ganas de reír

Además, esto se suele hacer porque cuando alguien nos cuenta algo triste conecta con tus partes tristes y tus penas, y tú también te emocionas y te darían ganas de llorar, pero en vez de llorar juntos, uno le dice al otro “no llores, lo que has de hacer es distraerte, salir, divertirte”, y de esta manera se está reprimiendo una necesidad –que llore–, y solo se consigue una falsa alegría, porque cuando uno está triste no se puede divertir, y cuando uno está alegre no se puede entristecer; hay que respetar las emociones que sentimos, convertirlas en sentimientos, disfrutarlas, vivirlas y sentirlas.

Parece que hoy en día todo el mundo debe estar feliz y contento, y hemos convertido la felicidad en una especie de panacea. Y la felicidad no es nada más que pequeños momentos que sabemos distinguir y nos dan alegría y bienestar porque hemos vivido momentos que nos han provocado tristeza y dolor.

Concepto de emociones

La felicidad permanente es la bobería; una persona que siempre está contenta y feliz es porque no se entera de las cosas. En la vida hay momentos tristes, dolorosos, angustiosos…, y momentos alegres, tiernos… Pero la vida es un conjunto de todos ellos, y aunque cuando se producen los que nos hacen sentir mejor decimos que estamos felices, no podemos decir que estamos siempre felices.

Entonces, ¿crees que falta empatía para comprender las emociones y sentimientos de los que nos rodean?

Sí, porque no somos capaces de ponernos en el lugar del otro. No tenemos prácticamente interés por conocer al otro y tampoco tenemos el hábito de conocernos a nosotros. Si nos conociésemos más a nosotros mismos conoceríamos también mejor a los demás. Como decía antes, si sabemos lo que nos gusta y nos pone tristes, también sabremos qué es lo que le gusta o le pone triste al resto, y de esta manera es mucho más fácil empatizar.

La felicidad permanente es la bobería; una persona que siempre está contenta y feliz es porque no se entera de las cosas

Yo creo que no empatizamos, porque no empatizamos ni con nosotros mismos, y es un problema de la educación. El ser humano tiene tendencia a hacer lo que le han hecho, y si no te han escuchado es difícil que sepas escuchar, si no te han querido es difícil que sepas querer, etcétera. La revolución emocional de la que hablo en el libro consiste en decidir qué parte de mis vivencias aleatorias –las que te transmite tu familia– quiero que continúen formando parte de mi vida, y qué parte de las elecciones personales voy a tener que trabajar para incorporarlas a lo que me parece bien de mi vida aleatoria; de esta manera podremos formar nuestra propia vida.

Pero para poder empatizar el otro debe darte la oportunidad de hacerlo, y en las páginas de tu libro dices que las personas “son como paraguas, que si no se abren a los demás no sirven para nada”. ¿Por qué asociamos abrirnos a los demás con la confianza, y por qué nos da miedo hacerlo?

Existe el temor de que si uno se abre le pueden hacer daño, y nuestra experiencia es que alguna vez de pequeñitos hemos confiado en algún amigo del parvulario que nos ha acabado traicionando, o de adolescentes hemos tenido un amigo que resulta que no lo era tanto. Esto hace que nos sintamos muy dolidos y nos prometamos a nosotros mismos que eso no nos va a volver a pasar, y para cumplirlo tendemos a no confiar, o a no abrirnos a los demás, con el fin de protegernos.

Un consejo clave es fijarse en la anatomía: tenemos dos oídos y una boca y esto quiere decir que hay que escuchar el doble de lo que se habla para entender a los demás

El problema es que de tanto querer protegernos del daño, levantamos una barrera o una coraza a nuestro alrededor que no nos permite sentir las patadas, ni los golpes, ni las traiciones, pero tampoco sentir los besos, las caricias o los abrazos.

También haces un símil con los libros y las personas, diciendo que a ambos hay que saber 'leerlos'. ¿Cómo podemos comenzar esa 'lectura'?

A las personas primero hay que entenderlas, al igual que sucede con un libro, que antes de leerlo tienes que entender el idioma en el que está escrito, porque un libro maravilloso escrito en ruso, si no sabes ruso te va a parecer algo horrible y te va a dar la sensación de que estás perdiendo el tiempo. En cambio, si tú sabes leer en el idioma que está escrito, aunque solo sea una frase del libro, te puede cambiar la vida.

Si eres una persona con egoísmo constructivo, cuanto mejor estés tú, mejor van a estar los de tu alrededor

Para entender a las personas hay dos caminos: uno que es rápido y difícil, y otro que es largo pero fácil, al alcance de cualquiera. El rápido y difícil es ponerse en el lugar del otro, y para ello hay que estar entrenado, pero yo creo que un consejo clave es fijarse en la anatomía: tenemos dos oídos y una boca, y esto quiere decir que hay que escuchar el doble de lo que se habla para entender a los demás; esto es básico, porque solo podemos ver lo que somos capaces de entender.

A pesar de que, como dices, somos reticentes a mostrar nuestras emociones, también afirmas que somos más emocionales que racionales. ¿Por qué?

Absolutamente, lo que pasa es que lo reprimimos y lo transformamos en racionalidad para dar una explicación que sea convincente para todo el mundo, porque todo el mundo entiende lo racional. A veces, tu emoción no es la misma que la del otro, y no hay nada más doloroso que abrirse desde el punto de vista emocional y que el otro te mire como si no estuviese entendiendo nada. Para evitarlo, convertimos todo en racional para que se pueda comprender.

“El ser humano es egoísta por naturaleza”

¿Y qué es la contabilidad emocional?

Las empresas tienen la contabilidad A y pueden tener la contabilidad B, y los seres humanos tenemos la contabilidad E, de emocional. Esta contabilidad emocional es la que te planteas con los demás. Por ejemplo, piensas en un amigo y dices, le he invitado tres veces a café, le he acompañado cuatro veces a su casa y le he llamado cinco veces. Después valoras al contrario: él me ha invitado a un café, me ha acompañado dos veces y me ha llamado una vez, y entonces piensas: ¡estoy en números rojos!

Aprendemos antes a decir no que a decir sí, aunque sea más difícil, porque para la supervivencia es más importante saber decir que no

Esto ocurre porque has dado más de lo que has recibido y desde el momento en que te des cuenta tu relación con esa persona va a cambiar, porque cuando damos más de lo que recibimos nos sentimos mal.

Pero, ¿no se supone que se debe hacer lo que se siente o lo que apetece hacer sin esperar recibir nada a cambio?

Esto es lo que nos dicen que hay que hacer, pero en realidad no lo hace nadie, porque todos tenemos intrínsecamente una contabilidad emocional. El ser humano es egoísta por naturaleza, lo que quiere es ser correspondido por lo menos, pero cuando no lo somos vamos dejando a un lado a esa persona que no nos corresponde porque nos sentimos mal.

Evitaríamos mucho dolor y muchas 'muertes' emocionales si fuéramos suficientemente asépticos y esterilizados antes de pronunciar ciertas palabras o comportarnos de determinada forma

Está mal visto ser egoístas porque vivimos en una cultura que está basada en una religión judeocristiana que insiste en que lo primero es siempre el otro, que hay que compartir, que hay que dar…; esto desde el punto de vista moral o religioso. Pero no es ahí donde yo entro, sino que hablo del ámbito puramente humano, y para la supervivencia el egoísmo es básico; solo sobrevive el egoísta.

Si hay comida para dos y somos cuatro, van a sobrevivir los dos que se coman la comida, no los que la dan a los demás. Lo que pasa es que el egoísmo en nuestra sociedad tiene muy mala prensa, todavía no sé por qué, quizá por esto que comentaba de la religión, pero si tú eres una persona con egoísmo constructivo, cuanto mejor estés tú, mejor van a estar los de tu alrededor.

Concepto de soledad

Y por eso a mí el término egoísta no me parece que sea denigrante ni que tenga que dejarse de hacer; es un egoísmo que rema a favor de una obra y favorece a todo el mundo, pero siempre hay alguien que te dice que él tiene valores que le han enseñado, con los que le han educado, y que no comparte esta opinión, y cuando doy conferencias siempre hay alguien entre el público que señala que no lo acepta, que no lo puede entender.

Yo siempre pongo el mismo ejemplo, casi todas las personas han tomado alguna vez un avión, y cuando el auxiliar de vuelo informa sobre qué hacer en caso de emergencia, hay un momento en el que explica que en caso de despresurización de la cabina bajará una mascarilla, que debes ponerte tú primero, y después a los demás si es necesario, pero siempre primero tú. Es un caso muy claro de que primero hay que pensar en uno mismo para luego pensar en ayudar a los demás.

Esto de alguna manera está ligado con el no saber decir no…

El miedo a decir que no es un miedo totalmente infundado. A medida que nos vamos haciendo mayores nos vamos dando cuenta de que cada vez que dices que no, el otro se molesta, se ofende, se pone triste, o te manifiesta que te quiere un poco menos. Ya de pequeños mostramos claramente con que tranquilidad decimos que no, aprendemos antes a decir no que a decir sí.

El ser humano lo que más teme es a la soledad, porque es un animal social, y en un rebaño el que queda separado del grupo es vulnerable

Esto llama la atención porque desde el punto de vista del aprendizaje evolutivo las fases son de lo fácil a lo difícil, y en cambio descubrimos que vocalmente es más fácil decir sí a decir que no, pero cuando somos pequeños aprendemos a decir que no antes, aunque sea más difícil. Y creo que debe haber un motivo muy poderoso para que nos saltemos este aprendizaje evolutivo, y la explicación que encuentro es que es más importante para la supervivencia saber decir que no a saber decir que sí.

Asepsia emocional y miedo a la soledad

Además, es importante cómo se abordan los problemas o circunstancias ajenas ¿no? Tú hablas de practicar la asepsia emocional…

Sí, la asepsia emocional es algo que todos debemos tener en cuenta porque con la mejor de las voluntades a veces hacemos mucho daño, aunque nos amparemos en que lo hemos dicho con buena fe o para ayudar. A mí cuando me preguntan en situaciones caóticas o problemáticas qué se debe hacer, yo respondo que no sé y que ahora lo más importante no es saber qué hay que hacer, sino qué no hay que hacer. Es similar a cuando hay un accidentado de moto, y puede que no sepamos qué hacer en esos casos, pero sí sabemos que no hay que moverlo ni quitarle el casco, y en todas las situaciones de la vida es lo mismo.

Tenemos la necesidad inmediata de decir: “esta persona está triste, lo que voy a hacer es…”. Yo digo que no, que primero hay que pensar lo que no hay que hacer, cómo no atosigarlo, no amargar, no decir…, porque si no incurrimos en lo que llamamos iatrogenia emocional. La palabra iatrogenia es muy peculiar, y se utiliza en medicina para definir una situación en la que estás haciendo algo para ayudar a un paciente que en realidad le está perjudicando.

Todos en nuestra profesión tenemos algún momento iatrogénico, algo que también sucede en nuestras relaciones de pareja, cuando pensamos que estamos ayudando y en verdad estás hundiendo en la miseria al otro. Por ello debemos ser cautelosos, y al igual que se hace en medicina desde que se descubrió que lavándose las manos y esterilizando los utensilios se evitan muchos contagios y muertes, a nivel emocional evitaríamos mucho dolor y muchas muertes emocionales si fuéramos suficientemente asépticos y esterilizados antes de pronunciar ciertas palabras o comportarnos de determinada forma.

Está en auge la figura de la persona independiente en todos los aspectos. ¿Realmente tenemos la necesidad de sentirnos cuidados?

Desde que nacemos tenemos la necesidad de ser cuidados porque el ser humano es un mamífero vertebrado que nace prematuro, y si a nuestro lado no hay nadie que nos dé de comer, que nos proteja del frío y del calor, morimos. Por ello, nacemos con una dependencia absoluta, transitamos por la vida con una dependencia relativa porque siempre necesitamos a alguien, y cuando envejecemos y en la ancianidad volvemos a la dependencia absoluta.

Es decir, que esta independencia que todo el mundo quiere tener es nada más que un deseo de liberarse de la certeza de que dependemos del otro, porque cuando dependes de alguien y está ahí para ayudarte es muy gratificante, pero cuando necesitas de alguien y no está es angustioso. Y para evitar esa posible angustia de necesitar a alguien y que no esté, decimos que no lo necesitamos.

Hay que evitar confundir cuidar con otras cosas, como por ejemplo sobreproteger o mimar. Mimar es no permitir el crecimiento natural, y sobreproteger significa proteger cuando no es necesario. Donald Winnicott, un terapeuta inglés, tuvo una reacción genial cuando le preguntaron cómo definiría él a unos padres perfectos, y contestó que exactamente no lo sabía porque había visto padres que le producía horror ver cómo trataban a sus hijos, y sin embargo a sus hijos les había ido bien en la vida, y había visto padres ejemplares de manual de libro que desde la teoría cuidaban a sus hijos de manera perfecta, pero luego sus descendientes siguieron un mal camino en la vida, y que por su experiencia no se atrevía a decir lo que era un padre perfecto. Aunque sí que se atrevió a exponer lo que era un padre suficientemente bueno: “es un padre o una madre que cuando ha de estar, está, y cuando no ha de estar, no está”.

El ser humano lo que más teme es a la soledad, porque es un animal social, de rebaño. Asociamos la soledad con el peligro, ya que en un rebaño el que queda separado del grupo es vulnerable. Esta vivencia de peligro es la que nos da miedo, porque cuando estás con alguien sabes que de un momento a otro acudirá, te ayudará, compartirá, te acompañará, etcétera, y esto nos da mucha tranquilidad.

Pero esto también tiene una doble cara, y es que depender de otro te genera la angustia de que si te falla te vas a sentir muy mal, y por eso hay gente que dice yo prefiero estar solo, no quiero estar con nadie. Y en realidad lo que nos está diciendo esta persona es que ha tenido malas experiencias, y muy dolorosas, y no quiere repetirlas, pero no es verdad que quiera estar solo, prefiere estar cuidado y en compañía de alguien, naturalmente.

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