El diagnóstico de la arteriosclerosis en sí es muy complicado. Por lo general, este problema no suele dar la cara hasta que no se produce una enfermedad cardiovascular, y puede ser como enfermedad cardíaca (angina o infarto), enfermedad cerebrovascular (AIT o ictus), claudicación intermitente o isquemia arterial aguda en el caso de las piernas, o como aneurismas de la arteria aorta. Por ello, el conocimiento de los factores de riesgo de la arteriosclerosis (por ejemplo si tiene antecedentes o si se trata de un fumador con el colesterol elevado y sobrepeso) permite incrementar la sospecha de enfermedad cuando se producen los síntomas.

En cuanto a los problemas circulatorios de los miembros inferiores, el diagnóstico suele basarse en una buena historia clínica. Ante la presencia de dolor con el ejercicio, que se alivia con el reposo y que reaparece al retomarse la actividad, es fácil sospechar que el problema de base es la arteriosclerosis.

Una forma sencilla de confirmarlo es medir la presión arterial en un brazo, así como en el tobillo de ese mismo lado (Índice tobillo-brazo, cuyo valor normal es 1); cuando existe una diferencia entre ambos valores, de forma que la presión en el tobillo es menor que la del brazo, esto suele significar que las arterias a nivel de la pierna se encuentran estrechadas por la arteriosclerosis.

Entre las pruebas diagnósticas que pueden realizarse para obtener un diagnóstico de la arteriosclerosis más certero destacan la ecografía, el eco-doppler o la angiografía. En el caso de los aneurismas de la aorta, el TAC o la resonancia permiten su diagnóstico y su seguimiento. Con estas pruebas se puede determinar a qué nivel se encuentra la oclusión arterial, y valorar la necesidad o no de tratamiento quirúrgico o intervencionista.

Creado: 13 de abril de 2011

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