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Dra. Lourdes Fañanás

Doctora en Biología y licenciada en Medicina, e investigadora en el CIBERSAM experta en trastornos mentales
La Dra. Fañanás, reputada experta en salud mental, afirma que no solo los genes influyen en el desarrollo de un trastorno mental, y explica que factores ambientales como el maltrato en la infancia pueden contribuir a su aparición.
Entrevista a la Dra. Fañanás
“El cerebro de un niño de tres años víctima de maltrato o negligencia extrema tiene un volumen un 30% menor que el de un niño de la misma edad que crece en un buen ambiente”
Escrito por: Adrián Cordellat

22/11/2019

En el desarrollo de los trastornos mentales están implicados factores tanto genéticos como ambientales, afirma la investigadora del CIBERSAM (Ciber Español de Salud Mental) y catedrática de Antropología Biológica en la Universidad de Barcelona Lourdes Fañanás Saura, una de las mayores expertas españolas en el complejo engranaje de diálogos e interacciones que desencadenan problemas de salud mental como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o la depresión mayor. Recientemente, Fañanás fue la encargada de inaugurar el 22º Congreso Nacional de Psiquiatría celebrado en Bilbao con una conferencia que, bajo el título 'Infancia, biografía y Enfermedad Mental', indagó en el impacto de los genes y del ambiente en la salud mental. Explica la experta que hasta un 30% de todos los diagnósticos de trastorno mental en personas adultas se explicarían o se relacionarían con experiencias de maltrato infantil, una cifra que se dispara hasta casi el 50% cuando el diagnóstico de trastorno mental se hace durante la infancia. Estos datos contribuyen a erradicar un mito: que la enfermedad mental ocurre al dictado de unas mutaciones genéticas, por una relación causa-efecto directa entre gen y enfermedad. Y es que, como añade Fañanás, todas las enfermedades complejas “son multicausales” y todos, sin excepción, estamos expuestos a la posibilidad de sufrir un trastorno mental.

A través del grupo de investigación del CIBERSAM que usted lidera ha estudiado los factores de riesgo genético en la enfermedad mental. ¿Ha avanzado mucho el conocimiento en este ámbito en los últimos años?

Muchísimo. La idea de que en la base de la vulnerabilidad para el trastorno mental hay factores genéticos se conoce desde hace mucho tiempo, pero dar a esos factores genéticos una entidad, un valor concreto, ubicarlos, nombrar a esos genes, conocer su función…, es algo en lo que se ha avanzado mucho en las dos últimas décadas. Desde que se describe la secuencia del genoma humano se ha trabajado enormemente en este campo.

En base a ese avance en la materia, ¿podríamos decir que las enfermedades mentales están condicionadas por la genética?

No quiero que la gente se haga una idea falsa de que la enfermedad mental ocurre al dictado de unas mutaciones genéticas, con una relación directa entre gen y enfermedad. Eso no es así. Es el primer mito que hay que eliminar. Todas las enfermedades complejas, como la diabetes tipo 2, las enfermedades autoinmunes o las enfermedades cardiovasculares, son multicausales.

Hay que eliminar el mito de que la enfermedad mental ocurre al dictado de mutaciones genéticas, con una relación directa entre gen y enfermedad

Dentro de esos factores, los genéticos juegan un papel, por supuesto, pero muchos de estos factores genéticos de vulnerabilidad solo se ponen de manifiesto cuando el sujeto se expone a una serie de factores ambientales que ponen a prueba sus sistemas biológicos; sistemas que, en gran medida, están determinados en su función y en su estructura por los genes.

Suele decir que el diálogo entre los genes y el ambiente es constante.

Sí, este diálogo se establece ya antes del nacimiento, durante la etapa intrauterina, y luego continua durante toda la vida. Los genes son estructuras vivas, que se expresan, y es en ese diálogo constante donde hay que entender los factores genéticos en el contexto de la enfermedad mental, y en otras enfermedades genéticamente complejas.

Muchos factores genéticos de vulnerabilidad a la enfermedad mental solo se manifiestan cuando el sujeto se expone a ciertos factores ambientales

Por ejemplo, en el caso de la diabetes tipo 2, lo primero que se hace cuando una persona tiene antecedentes familiares es controlar su peso, su dieta, evitar que entre en contacto con alimentos que puedan poner a prueba su sistema… Si esto se consigue, es muy probable que esa persona, aun teniendo los genes de vulnerabilidad, no llegue a desarrollar una diabetes tipo 2. Es decir, el ambiente y el estilo de vida han sido determinantes para mantener la salud de esa persona. Y en los trastornos mentales en la mayoría de los casos sucede lo mismo.

El factor ambiental, clave en la enfermedad mental

Así que a la cuestión de si se nace con la enfermedad mental, o si esta se desarrolla a lo largo de la vida, la respuesta sería la segunda, ¿no?

Exacto. Y además todos podemos desarrollar una enfermedad mental a lo largo de la vida dependiendo de muchas circunstancias. Nadie está definitivamente protegido o libre del riesgo de desarrollar un trastorno mental. Me atrevería a decir que muy probablemente una de cada tres personas van a tener algún tipo de diagnóstico de trastorno mental a lo largo de su vida.

Nadie está definitivamente protegido o libre del riesgo de desarrollar un trastorno mental

Este dato epidemiológico nos indica que el cerebro es un órgano sensible y vulnerable que en determinados momentos pierde su plasticidad y su capacidad de ajuste para adaptarse a la vida. En unos casos esa pérdida se explica sobre todo por factores genéticos, pero en un gran número de personas los factores ambientales, como puede ser la exposición a ciertas drogas o tóxicos, o ciertos acontecimientos vitales, son un desencadenante claro del trastorno.

Concretamente usted señaló durante su ponencia en el XXII Congreso Nacional de Psiquiatría la influencia que las vivencias de la infancia tienen en el desarrollo de enfermedades mentales en la edad adulta. Una infancia dura, traumática, con violencia física o verbal, ¿predispone a la enfermedad mental al margen de los factores genéticos?

Sí. La violencia sufrida durante la infancia aumenta significativamente el riesgo de desarrollar trastornos mentales. Lo cual no quiere decir que todas las personas que han estado expuestas a la violencia en su infancia más temprana vayan a desarrollar un trastorno mental. En ese sentido es muy importante la naturaleza del maltrato pero, sobre todo, la ventana ontogénica, es decir, el momento del desarrollo cerebral en el que el sujeto se expone a estos eventos de maltrato; porque las consecuencias pueden ser muy distintas si uno se expone a ellos en su infancia más temprana, o lo hace en su niñez, en la adolescencia, o en la edad adulta. Un bebé abandonado, criado en un orfanato tras una negligencia extrema, probablemente sufra unas consecuencias distintas a las de un niño que con ocho o 10 años, tras un buen desarrollo durante su infancia, se expone al acoso escolar o al abuso sexual de un familiar.

¿En qué se diferencian las consecuencias?

Un sujeto de 20 años, con el cerebro ya desarrollado y un buen desarrollo emocional durante la infancia que se expone a un maltrato, a acoso en el trabajo, o a un evento traumático, tiene recursos cognitivos, psicológicos y biológicos para responder a ese estrés, superarlo, y adaptarse a él. Pero cuando un cerebro inmaduro se expone a este tipo de eventos no está preparado para ello; todo lo contrario. El cerebro de un niño está esperando un ambiente bueno porque evolutiva y genéticamente estamos diseñados para tener buenos padres. Pero cuando un niño no solo no recibe esto, sino que es víctima de maltrato físico, el cerebro responde paralizando su desarrollo.

El cerebro es un órgano sensible y vulnerable que en determinados momentos pierde su capacidad de ajuste para adaptarse a la vida

El cerebro de un niño de tres años víctima de maltrato o negligencia extrema tiene un volumen un 30% menor que el de un niño de la misma edad que crece en un buen ambiente. El maltrato provoca una paralización del desarrollo cerebral y tiene otras consecuencias a nivel cognitivo, emocional, en la regulación del miedo, cambios en las estructuras cerebrales… Son mecanismos muy complejos.

En ese sentido, la forma en que la madre viva el embarazo –me refiero a si lo hace con mucho estrés psicosocial–, ¿puede provocar también modificaciones epigenéticas con consecuencias en la estructura y la función cerebral del bebé, que deriven años después en una mayor predisposición a la enfermedad mental?

Sí, sí. Sabemos que durante el tercer trimestre del embarazo el feto ya tiene activo su eje hipotálamo hipofisario adrenal. En la medida en que la barrera de la placenta es atravesada por niveles muy altos de cortisol tóxico, este llega a la circulación sanguínea del feto y va a ser capaz de ejercer un cierto nivel de toxicidad en las neuronas del niño, y también puede modificar la función de algunas áreas promotoras de genes que regulan el estrés, como el gen del receptor de glucocorticoide, que aparece epigenéticamente modificado, más metilado. Esto significa que es posible que el niño, cuando nazca y se enfrente a situaciones de estrés, pueda tener más dificultades para regular el eje y presente una menor plasticidad cerebral, por lo que será menos dinámico y ágil.

La violencia sufrida durante la infancia aumenta significativamente el riesgo de desarrollar trastornos mentales

Los padres, promotores de la salud mental de sus hijos

¿Qué factores de estrés temprano que pueden afectar al desarrollo del cerebro del niño diría que son los más habituales durante la infancia y la adolescencia?

Los más importantes por su frecuencia tienen que ver con la desatención del niño, con la falta de cuidado, de acompañamiento. Los niños necesitan sus espacios, pero también necesitan las figuras paterna o materna poniendo unos límites, con una presencia tranquilizadora, que les da seguridad y les permite desarrollarse. Lo más importante es la presencia de los padres, que estén con los niños, que compartan una rutina cotidiana con ellos.

Alrededor de un 30% de los diagnósticos de trastorno mental en adultos se explicarían o se relacionarían con experiencias de maltrato infantil

Los niños aprenden por imitación y no verbalizan, se tranquilizan simplemente si ven la presencia de la figura de los padres cerca. Eso les ofrece una tranquilidad que les permite desarrollarse en las otras facetas de la vida, como el estudio, el juego…

¿Se conoce el porcentaje de pacientes con trastornos mentales que presentan algún tipo de acontecimiento vital traumático o periodos de maltrato en su infancia?

Hay trabajos epidemiológicos recientes que dan algunas cifras orientativas. En ese sentido, hasta un 30% aproximadamente de todos los diagnósticos de trastorno mental que se hacen en personas ya adultas se explicarían o se relacionarían con experiencias de maltrato infantil. Cuando el diagnóstico de trastorno mental se hace en un niño, este porcentaje de diagnósticos explicados por el maltrato sube hasta el 47%.

Precisamente en los casos de maltrato físico y psíquico se suele afirmar que los niños entran en una espiral que les lastra en su vida adulta.

No es que los niños entren en una espiral. Cuando un niño es maltratado y desatendido se le está negando la oportunidad de que se desarrolle e incorpore a nivel cognitivo todo lo que debería aprender para su edad (el lenguaje, el tipo de razonamiento complejo…), de forma que va a crecer, pero sin los requisitos previos para enfrentarse a una vida de adulto. Y muchas veces esto va acompañado de sintomatología psiquiátrica, como ansiedad, problemas de sueño, angustia…

El maltrato grave y crónico es una 'bomba de racimo' que afecta a muchas áreas cerebrales y tiene consecuencias sobre la salud global de la persona

Estos niños, llegada la adolescencia y la adultez, tienen mayores probabilidades de entrar en contacto con las drogas, de tener conflictos violentos, de tener conductas de riesgo sexual, de entrar en contacto con el sistema judicial… Al final te encuentras con el adulto de 24 años en la cárcel, sin ninguna posibilidad de rehacer su vida. Esta es la trascendencia del maltrato grave y crónico, que es una bomba de racimo que afecta a muchas áreas cerebrales y tiene consecuencias sobre la salud global de la persona.

Ser padre es una responsabilidad enorme, como demuestra el hecho de que la forma en que criemos a nuestros hijos pueda influir en el modo en que se enfrentarán a los retos de la vida adulta y en su predisposición a la enfermedad mental. ¿Qué consejos darías en ese sentido a las madres y padres para crear un ambiente sano en la crianza/educación de sus hijos?

El consejo más importante es estar presentes, convivir con ellos y que el clima de convivencia sea un clima en el que los niños se sientan respetados, queridos, pero también educados, es decir, con límites y un contexto de normas generales y de disciplina que luego les van a servir a ellos para su vida.

Los niños no verbalizan las cosas, normalmente lo que hacen es modificar sus conductas

Un niño tiene que sentirse respetado y querido por sus padres, es lo fundamental. Y para eso no es necesario decírselo, sino mostrarlo durante la convivencia, ejercer ese respeto entonces, saber escucharles. Esto último es muy importante porque los niños no verbalizan las cosas, normalmente lo que hacen es modificar sus conductas. Y un padre o una madre para identificar estos cambios tiene que convivir con el niño, compartir tiempo con él. En la rutina cotidiana los padres tienen que ser unos observadores naturales de sus hijos, tienen que saber leerlos entre líneas, entenderlos aunque no hablen.

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