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Leishmaniasis
La OMS estima que cerca de tres millones de personas padecen leishmaniasis. Conoce las consecuencias y el tratamiento de esta enfermedad infecciosa que puede afectar a la piel y las mucosas, o a la médula, el hígado y el bazo.
Escrito por Dr. Nelson Caballero, Colaborador de la Asociación Fontilles y coordinador médico de la Asociación para el Desarrollo de los pueblos (ADP)

Qué es la leishmaniasis

Actualizado: 9 de enero de 2019

La leishmaniasis es una enfermedad infecciosa provocada por parásitos protozoarios flagelados del género Leishmania, que puede afectar a la piel y a las mucosas, o a tejidos y órganos hematopoyéticos (proceso de formación de las células sanguíneas), como la médula ósea, el hígado y el bazo. Es transmitida a los seres humanos mediante la picadura de insectos dípteros hematófagos (que se alimentan de sangre) infectados, principalmente de los géneros Phlebotomus y Lutzomya.

Existen diversas variantes de leishmaniasis, siendo las tres principales la visceral o kala-azar (es el tipo más grave, mortal casi en la totalidad de los casos), la cutánea (la más habitual, causa úlceras, deja cicatrices visibles y es causa de discapacidad) y la mucocutánea (destruye mucosas de nariz, boca y garganta).

Prevalencia y distribución de la leishmaniasis

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cerca de tres millones de personas alrededor del mundo padecen la enfermedad, 12 millones están infectadas, y 350 millones habitan en zonas de riesgo de contraerla.

Esta enfermedad parasitaria afecta especialmente a las regiones más pobres del planeta, ya que su aparición se asocia a malas condiciones de alimentación y vivienda, los desplazamientos migratorios, la falta de recursos y, en general, a problemas de salud que debiliten el sistema inmune. Algunos expertos la vinculan también con el cambio climático o la deforestación, en lo que a la mano del hombre se refiere.

En el Viejo Mundo es endémica en Asia Menor, Sudeste Asiático, litoral del Mediterráneo, la sabana Subsahariana, y las zonas montañosas de Etiopía, Kenia y Namibia; mientras que en el Nuevo Mundo se observa prácticamente en todos los países americanos tropicales, en particular: México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Venezuela, Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y República Dominicana.

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