Marta García Pérez

Psicóloga especializada en Psicología de la alimentación y autora de ‘Comer sin prejuicios’
Los estándares de belleza que transmiten las redes sociales han hecho de la comida la enemiga a combatir para alcanzarlos. Marta García Pérez, psicóloga y autora de 'Comer sin prejuicios', explica cómo convertirla en una aliada.
Marta García Pérez
“La comida siempre es una aliada. El problema aparece cuando hay un abuso de la comida para experimentar emociones agradables o regular emociones desagradables, cuando la utilizamos como una estrategia de afrontamiento”
Escrito por: Adrián Cordellat

04/03/2022

La alimentación se ha convertido en un aspecto conflictivo para muchas personas. Las exigencias sociales, los estándares de belleza, la irreal perfección que transmiten muchas redes sociales, la búsqueda de ese perfeccionismo… Todo, según Marta García Pérez (@alimentatuesencia), psicóloga y psicoterapeuta especializada en Psicología de la alimentación y la obesidad, conspira en el mismo sentido, convirtiendo a la comida en el enemigo a batir, en la causa de nuestra infelicidad y de nuestros fracasos y, a la vez, en la herramienta a la que recurrir para evitar enfrentarnos a las emociones negativas que nos genera. “La comida siempre es una aliada”, responde al respecto la experta, que acaba de publicar Comer sin prejuicios: los 11 pilares para convertir la comida en tu mejor aliada (Lunwerg), un extenso, sencillo y completo manual que es una invitación al autoconocimiento y a redefinir muchas de las dimensiones de nuestra vida (desde la emocional, hasta la corporal, pasando por la relacional o la cognitiva). “Si las bases de la relación con uno mismo no están bien establecidas es cuando la comida puede convertirse en una vía de escapatoria o de regulación emocional”, sostiene.

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‘Comer sin prejuicios’ es un alegato en favor de la comida como aliada. ¿Tendemos a ver la comida como justo lo contrario, como una enemiga?

Marta García Pérez, autora de 'Comer sin prejuicios'

En rasgos generales sí que estamos en un momento en el que vemos a la comida como una forma de control: de nuestras emociones, de nuestro cuerpo, etcétera. Y cuando utilizamos la comida como forma de control, aunque las primeras intenciones sean buenas, ésta puede acabar convirtiéndose en una enemiga.

¿A qué crees que se debe el hecho de que socialmente atribuyamos a la comida ese papel de “enemiga”?

Estamos sometidos y sometidas a unos cánones de belleza supuestamente normativos que debemos seguir para, supuestamente también, sentirnos saludables, fuertes, exitosos… Al final lo que quiere cualquier ser humano es pertenecer, así que la comida cumple esa función para permitirnos “pertenecer”, alcanzar esos estándares que se considera que implican éxito o atractivo, como ser delgada en el caso de las mujeres, o estar musculado en el caso de los hombres.

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Dices en el libro que echar la culpa a la comida (de nuestro peso, de nuestro físico) es muy simplista. ¿Qué otros síntomas se pueden estar escondiendo tras esa culpabilización de la comida?

Cuando nos sentimos culpables por comer unos alimentos u otros eso también nos habla mucho de nuestra historia, de nuestra relación con nosotros mismos, de la herencia familiar, de cómo incluso otras personas de mi entorno se relacionaban con sus emociones, de aquellas expectativas que tenían sobre mí o que yo tenía sobre mí misma…

Cuando utilizamos la comida como forma de control, aunque las primeras intenciones sean buenas, ésta puede acabar convirtiéndose en una enemiga

Si las bases de la relación con uno mismo no están bien establecidas, es cuando la comida puede convertirse en una vía de escapatoria o de regulación. Y si luego culpo a la comida, entro en un círculo vicioso del que no hay escapatoria, repleto de esos mensajes típicos de “el lunes volveré a comer mejor” o “ya probaré con otra dieta”. Y eso no hace más que alimentar esos círculos viciosos en los que realmente el problema no es la dieta, sino la necesidad de explorar qué relación tenemos con nosotros mismos y con nuestro entorno desde unas dimensiones emocional, relacional, corporal y cognitiva.

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Cómo influyen las emociones en nuestra relación con la comida

En el libro abordas varias dimensiones de nuestra vida (emocional, relacional, corporal y cognitiva) que interfieren en nuestra relación con la comida. Por lo que respecta a la dimensión emocional, ¿dirías que tendemos a evitar las emociones desagradables?

Sí, sí. Nuestro cerebro es muy primitivo y busca en todo momento evitar las emociones desagradables y conectar con aquello que le produce bienestar y placer. Así que, por inercia, esa es nuestra tendencia natural. ¿Pero qué ocurre? Que cuanto más intentamos evitar las emociones desagradables, más estrategias de evitación vamos a tener que desarrollar (abuso de las redes sociales, compras compulsivas, comida…) y más perdidos nos vamos a encontrar.

Estamos sometidos a unos cánones de belleza supuestamente normativos que debemos seguir para, supuestamente también, sentirnos saludables, fuertes, exitosos…

Las emociones son una brújula que nos dice qué necesitamos. Saciarnos con necesidades más superficiales es la forma más fácil de evitar reconectar con esas emociones que nos hablan de nuestras necesidades y nuestros anhelos más profundos.

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Por lo que comentas, esa evitación de las emociones desagradables nos puede llevar a comer más y peor.

Claro. Como decía, cuanto más evito, más conductas de distracción voy a necesitar. En ese sentido, los alimentos con mayor palatabilidad, aquellos con más grasas y azúcares, son justamente los que nos producen una mayor desconexión, porque el placer que nos supone tomarlos nos permite evadirnos de las emociones desagradables.

Hay que aceptar que no todos somos excepcionales en algo. Lo normal es ser mediocre y eso está bien. No sé por qué tenemos siempre esa necesidad de destacar

Y, ojo, que la comida en un momento dado puede ser una estrategia adaptativa de regulación muy válida, pero cuando se abusa se convierte en una estrategia de regulación emocional absolutamente disfuncional.

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Hay un epígrafe muy ilustrativo del primer capítulo, basado en una historia personal, muy significativo al respecto: “la culpa no es del hambre emocional”, se titula.

Es que estamos llegando a niveles de querer diferenciar el hambre emocional del hambre real y eso es volver a caer en la simplicidad. Toda hambre es real. El hambre emocional también es un hambre real, lícita e incluso necesaria para la vida. Piensa que desde que somos pequeños, cuando un bebé llora porque tiene hambre y es atendido por sus padres, no solo recibe un alimento, sino que también está nutriendo muchas emociones (seguridad, calma, bienestar, cariño…). Por lo tanto, separar la comida de la emoción y creer que únicamente debemos alimentarnos cuando tenemos hambre fisiológica es un error.

Cuanto más intentamos evitar las emociones desagradables, más estrategias de evitación tendremos que desarrollar (abuso de las redes sociales, compras compulsivas, comida…) y más perdidos nos vamos a encontrar

A veces comer nos va a generar emociones, pero a veces también vamos a comer sin hambre, buscando experimentar ciertas emociones. E, incluso, a veces vamos a comer como forma de regular ciertas emociones que en determinado momento no queremos o no podemos afrontar. Así que la comida siempre es una aliada. El problema aparece cuando hay un abuso de la comida tanto para experimentar emociones agradables, como para regular emociones desagradables, cuando la utilizamos recurrentemente como una estrategia de afrontamiento en vez de utilizar otras.

Mujer comiendo alimentos saludables

¿Qué consejos darías para abrazar esas emociones desagradables y no caer en estas conductas de evitación?

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Yo creo que en primer lugar hay una parte muy psicoeducativa que tenemos que visibilizar entre la sociedad: que todas las emociones son válidas, que no hay emociones correctas e incorrectas, que la vulnerabilidad es algo común e incluso necesario, etcétera. Hablar y compartir también es fundamental porque nos damos cuenta de que todos estamos en lo mismo, de que todos hemos atravesado crisis o las vamos a atravesar.

La comida puede ser una estrategia adaptativa de regulación muy válida, pero cuando se abusa se convierte en una estrategia de regulación de las emociones absolutamente disfuncional

Luego estaría bien revisar la historia familiar, ver cómo en mi casa se han vivido las emociones, qué creo que van a pensar de mí en mi entorno si me muestro vulnerable. En definitiva, yo diría que lo primero es trabajar el propio juicio hacia las emociones, luego ver qué relación tengo con ellas y finalmente ir abriéndome a compartirlas.

Ah, y otra cosa importante es la higiene emocional: preguntarnos cada día antes de acostarnos cómo estamos, cómo nos sentimos, qué necesitamos. Un trabajo de mucha autoescucha para darnos cuenta de que el camino no es el control de la comida, sino mirar hacia dentro de nosotros mismos.

Autoexigencia, el mal de nuestro tiempo

Dedicas un capítulo entero a la autoexigencia. ¿Podríamos decir que esa autoexigencia es uno de los males de nuestro tiempo?

Sí, sin duda. Y aquí creo que las redes sociales juegan un papel muy importante, ya que estamos muy expuestos. Nuestro cerebro siempre tiende a compararse con estándares más altos, porque por naturaleza siempre queremos mejorar. Y eso no tiene por qué ser malo, todo lo contrario: puede ser un motor de cambio y de movimiento. Pero si todo el tiempo nos estamos comparando con estándares altos que se salen de la norma eso acaba teniendo un impacto directo en nuestra autoestima. Hay que aceptar que no todos somos excepcionales en algo. Lo normal es ser mediocre y eso está bien.

Toda hambre es real. El hambre emocional también es un hambre real, lícita, e incluso necesaria para la vida

No sé qué nos pasa con la mediocridad y por qué tenemos siempre esa necesidad de destacar. Creo que tiene mucho que ver la sociedad en la que vivimos y la sensación generalizada de insuficiencia: parece que da igual lo que hagas, que siempre va a ser poco.

¿Cómo se relaciona esa autoexigencia con la comida?

Una persona autoexigente al final va a llevar esa autoexigencia a la forma de alimentarse, así que como persona exigente va a querer comer de la forma más saludable posible, porque siempre tiene que buscar la excelencia. Así que, si come algún alimento menos sano, va a aparecer automáticamente el automachaque, esa voz interior más crítica. Y lo mismo pasa con el cuerpo: la autoexigencia nos va a llevar a desear un cuerpo x y, por lo tanto, vamos a hacer lo posible para alcanzarlo, de forma que cuando, por ejemplo, comamos algo que pensemos que nos va a alejar de ese propósito, también va a aparecer esa voz interior crítica.

El camino no es el control de la comida, sino mirar hacia dentro de nosotros mismos

El mayor problema de la autoexigencia es que al final acaba fastidiando a la autoestima, a esa relación que cada uno tiene consigo mismo.

Presupongo que esa autoexigencia a nivel físico debe ser la razón de no pocas visitas a consultas de dietistas-nutricionistas y también del inicio de muchas dietas. ¿Se puede llegar a vivir en armonía con nuestro cuerpo?

Sí, pero es un trabajo de autoconstrucción. Es necesario reconstruir por nosotros mismos el significado de la palabra belleza, la idea de un cuerpo bello. Tenemos que ser científicos de nuestra propia realidad, salir de los estándares para conectar con nuestra verdad actual. Se puede, pero es un trabajo difícil para personas con cuerpos que teóricamente no cumplen con los estándares, porque vivimos en una sociedad que no invita a ello.

Todas las emociones son válidas, no hay emociones correctas e incorrectas, y la vulnerabilidad es algo común, e incluso necesario

¿Qué consejos darías para que esa autoexigencia no convierta a la comida en la mala de la película?

En primer lugar, reconocer la autoexigencia, que se demuestra mucho a través de síntomas de insatisfacción, de la necesidad de estar permanentemente alcanzando objetivos nuevos. En segundo, reconstruir la idea de éxito, dar forma a un concepto de éxito según nuestra percepción. Y, por último, es muy importante el diálogo interno, conocer cómo es nuestra relación con nosotros mismos, practicar la autocompasión y recordarnos que somos humanos y no robots, que muchas veces no vamos a poder y que no pasa nada.

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