Irisina, la hormona del ejercicio, puede frenar síntomas del párkinson

La irisina, una hormona que se libera al hacer ejercicio físico, reduce los niveles de una proteína asociada al párkinson, alivia sus síntomas motores, y se podría usar en el tratamiento de esta y otras patologías neurodegenerativas.
Escrito por: Eva Salabert

14/09/2022

Hormona del ejercicio mejora párkinson

Hacer ejercicio físico tiene tantos beneficios y es tan necesario para un envejecimiento activo y saludable que los médicos lo prescriben como una terapia más para prevenir y aliviar los síntomas de numerosas enfermedades. Una nueva investigación ha demostrado ahora que la irisina, una hormona que liberan en la sangre los músculos esqueléticos y otros tejidos mientras se practica ejercicio aeróbico o ejercicio de resistencia, disminuye los niveles de una proteína asociada a la enfermedad de Parkinson –la alfa-sinucleína tóxica– y frena los síntomas del párkinson en ratones.

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Si este hallazgo se corrobora en nuevos estudios y ensayos clínicos podría servir como base para utilizar la irisina como una molécula terapéutica contra el párkinson y otras enfermedades neurodegenerativas. La investigación ha sido realizada por científicos de Johns Hopkins Medicine y el Dana Farber Cancer Institute en Boston (EE.UU.) en ratones que habían sido modificados para tener síntomas similares a los que provoca el párkinson y sus resultados se han publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Usar la irisina para tratar enfermedades neurodegenerativas

Hace tiempo que se sabe que el ejercicio de resistencia alivia los síntomas del párkinson y en 2012 el Dr. Bruce Spiegelman, de Dana Farber, publicó un artículo sobre la irisina en Nature y otras revistas científicas en el que señalaba que una proteína llamada péptido de irisina se libera en la sangre y aumenta con el ejercicio de resistencia. En los últimos 10 años varios laboratorios han descubierto que hacer ejercicio aumenta los niveles de irisina en la sangre, lo que ha despertado interés por estudiar la relación entre esta hormona y patologías neurodegenerativas como el alzhéimer o el párkinson.

Los ratones a los que se administró irisina no tenían déficits de movimiento muscular, pero los que recibieron un placebo mostraron déficits en la fuerza de agarre y en su capacidad para descender de un poste

Spiegelman y el Dr. Ted Dawson, profesor de neurología y director del Instituto Johns Hopkins de Ingeniería Celular, decidieron investigar el vínculo entre esta hormona del ejercicio y la enfermedad de Parkinson e iniciaron su trabajo con un modelo de laboratorio empleado por Dawson en el que se alteran células cerebrales de ratones para propagar fibras pequeñas y delgadas de alfa sinucleína, una proteína que se encarga de regular los estados de ánimo y los movimientos relacionados con el neurotransmisor cerebral dopamina.

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Cuando las proteínas alfa sinucleína se agrupan, esos grupos eliminan a las células cerebrales que producen dopamina, que es una sustancia clave para el control de los movimientos y cuya disminución provoca la aparición de la enfermedad de Parkinson. Según ha explicado Dawson, los grupos fibrosos de alfa sinucleína son muy parecidos a los que se encuentran en los cerebros de los pacientes de párkinson.

Los investigadores comprobaron que la irisina prevenía la acumulación de grupos de alfa sinucleína y la muerte de las células cerebrales asociada a esta en los ratones. Entonces les inyectaron alfa sinucleína en el cuerpo estriado, una zona del cerebro donde se extienden las neuronas productoras de dopamina para generar un modelo animal de párkinson, y al cabo de dos semanas les inyectaron un vector viral, que incrementó los niveles de irisina en la sangre y que puede atravesar la barrera hematoencefálica.

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Los ratones con párkinson mostraron una pérdida significativa de las células nerviosas que producen dopamina, pero el tratamiento con irisina disminuyó su pérdida. En concreto, los ratones a los que se administró irisina mostraron una pérdida del 25% de estas células en comparación con una pérdida del 60% en los ratones que recibieron placebo. Seis meses después del tratamiento los ratones que recibieron irisina no tenían déficits de movimiento muscular, mientras que los que recibieron un placebo mostraron déficits en la fuerza de agarre y en su capacidad para descender de un poste.

Los investigadores también realizaron estudios de las células cerebrales en los ratones que recibieron irisina y que demostraron que la hormona del ejercicio también acelera el transporte y la degradación de la alfa sinucleína a través de sacos llenos de líquido llamados lisosomas en las células cerebrales.

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“Si la utilidad de la irisina se cumple, podríamos imaginar que se desarrolle en una terapia génica o de proteínas recombinantes”, dice Dawson, en referencia al ámbito del desarrollo de medicamentos destinados al uso de la genética celular para el tratamiento de enfermedades. “Dado que la irisina es una hormona peptídica producida naturalmente y parece haber evolucionado para cruzar la barrera hematoencefálica, creemos que vale la pena continuar evaluando la irisina como una terapia potencial para el Párkinson y otras formas de neurodegeneración”, añade Spiegelman.

De hecho, ambos científicos han solicitado patentes sobre el empleo de irisina en la enfermedad de Parkinson, y Spiegelman ha creado la empresa de biotecnología Aevum Therapeutics Inc., con sede en Boston, para convertir la irisina en tratamientos para enfermedades neurodegenerativas.

Actualizado: 14 de septiembre de 2022

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