Los síntomas de COVID prolongado en casos leves remiten en un año

La gran mayoría de las personas que pasan un COVID-19 leve no sufren enfermedades graves a largo plazo, y en el caso de tener COVID persistente los síntomas suelen desaparecer un año después de superar la infección.
Escrito por: Eva Salabert

13/01/2023

Mujer joven con síntomas de COVID prolongado

Seguir experimentando síntomas del COVID-19 u otros problemas de salud –especialmente fatiga, dificultad para respirar, pérdida del olfato o del gusto y dificultad para concentrarse– más de cuatro semanas después de superar la enfermedad es lo que se conoce como COVID persistente o prolongado, y puede ocurrirle a cualquier persona –incluso aunque sus síntomas iniciales no hayan sido graves–, interfiriendo en sus actividades cotidianas y empeorando su calidad de vida.

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La aparición de nuevas variantes y subvariantes que, como kraken, se consideran muy contagiosas, constituye una preocupación añadida porque cuantas más personas se infecten o se reinfecten con el coronavirus SAR-CoV-2, es previsible que también aumenten los casos de COVID persistente. Sin embargo, los resultados de un nuevo estudio suponen una esperanza porque señalan que la mayoría de los síntomas o afecciones que se desarrollan tras una infección leve por coronavirus se mantienen durante unos meses, pero remiten al cabo de un año.

La investigación ha sido realizada en Israel y se ha publicado en The British Medical Journal y según sus hallazgos la gran mayoría de los pacientes que pasan un COVID leve no sufren enfermedades graves o crónicas a largo plazo. Además, también muestran que las personas que habían recibido la vacuna tenían menos riesgo de tener dificultades respiratorias que las personas no vacunadas.

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“Nuestro estudio sugiere que los pacientes con COVID-19 leve corren el riesgo de sufrir una pequeña cantidad de resultados de salud y la mayoría de ellos se resuelven dentro de un año desde el diagnóstico”, han afirmado los investigadores, que añade: “Es importante destacar que el riesgo de disnea persistente se redujo en los pacientes vacunados con una infección avanzada, en comparación con las personas no vacunadas, mientras que los riesgos de todos los demás resultados fueron comparables”.

Más riesgo de debilidad y dificultades respiratorias tras el COVID

Los investigadores compararon la salud de las personas no infectadas con la de aquellas que se habían recuperado de un COVID-19 leve durante un año después de la infección. Emplearon registros electrónicos de una gran organización de atención médica pública en Israel, en la que se realizó la prueba de COVID-19 a casi dos millones de miembros entre el 1 de marzo de 2020 y el 1 de octubre de 2021.

Las personas vacunadas que se infectaron tenían menos riesgo de dificultades respiratorias que los pacientes infectados no vacunados, y un riesgo similar de otras afecciones

Se analizaron más de 70 condiciones prolongadas de COVID en un grupo de infectados y miembros no infectados, cuya edad promedio era de 25 años y el 51% eran mujeres. Compararon las afecciones en personas no vacunadas, con y sin infección por COVID-19, durante los períodos de tiempo temprano (30-180 días) y tardío (180-360 días) después de la infección. Se tuvieron en cuenta factores como su edad y sexo, las variantes del coronavirus, el consumo de alcohol, el tabaquismo, el nivel socioeconómico y diferentes patologías crónicas previas. Durante los mismos periodos de tiempo también se comparó las afecciones en personas vacunadas y no vacunadas con COVID-19.

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La infección por COVID-19 se asoció significativamente con un mayor riesgo de varias afecciones, como pérdida del olfato y el gusto, pérdida de la capacidad de concentración y memoria, dificultades para respirar, debilidad, palpitaciones, amigdalitis estreptocócica y mareos en los períodos de tiempo temprano y tardío, mientras que la pérdida de cabello, dolor en el pecho, tos, dolores y molestias musculares y trastornos respiratorios resueltos en el período tardío.

Por ejemplo, en comparación con las personas no infectadas, el COVID-19 leve se asoció con un riesgo 4,5 veces mayor de pérdida del olfato y el gusto (alrededor de 20 personas más por cada 10.000) en el período inicial y un riesgo casi tres veces mayor (11 por 10.000 personas) en el período tardío. La carga global de afecciones después de la infección durante el período de estudio de 12 meses fue mayor para la debilidad (136 personas más por cada 10.000) y las dificultades respiratorias (107 por cada 10.000).

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Cuando los problemas de salud se evaluaron por edad, las dificultades respiratorias fueron las más habituales y se encontraron en cinco de los seis grupos de edad, pero manteniéndose persistentes durante el primer año tras la infección en los grupos de edad de 19-40, 41-60 y los mayores de 60 años. La debilidad apareció en cuatro de los seis grupos de edad y permaneció persistente en la fase tardía solo en los grupos de edad 19-40 y 41-60.

Hubo diferencias menores en los pacientes masculinos y femeninos, y los niños tuvieron menos resultados que los adultos durante la fase temprana de COVID-19, que en su mayoría se resolvió en el período tardío. Los hallazgos fueron parecidos en las variantes de COVID-19 de tipo salvaje, alfa y delta. Se comprobó que las personas vacunadas que se infectaron tenían menos riesgo de dificultades respiratorias que los pacientes infectados no vacunados, y un riesgo similar de otras afecciones.

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Entre las limitaciones del estudio que han reconocido sus autores destaca la medición incompleta dentro de los registros médicos, por lo que es posible que los datos no reflejen completamente los diagnósticos y los resultados proporcionados. Y tampoco pueden descartar la posibilidad de que los pacientes con COVID-19 acudan al médico con más frecuencia, y por ello exista un mayor número de informes y una mayor detección de posibles resultados relacionados con COVID en estos pacientes.

Actualizado: 16 de enero de 2023

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