Esta enfermedad a veces pasa desapercibida por la levedad de sus síntomas y, además, puede confundirse con el sarampión, por lo que es importante establecer el diagnóstico correcto de la rubéola. Debido a esta posible confusión, no basta sólo con la exploración clínica para comprobar si se trata de rubéola.

La analítica sanguínea es casi normal; lo único relevante es un número disminuido de leucocitos y plaquetas.

Es muy difícil aislar el virus en el cultivo de muestras de faringe, orina u otras secreciones. Pero debe realizarse cuando se sospecha de rubéola congénita.  La rentabilidad del cultivo del virus es muy baja por lo que prácticamente no se realiza. Se recurre en casos concretos a la técnica de la reacción en cadena de la polimerasa (PCR) para detectar en muestras de faringe, sangre o líquido cefalorraquídeo al virus.

Con frecuencia, el diagnóstico viene dado por la determinación en el laboratorio de anticuerpos en contra de partículas específicas del togavirus. Normalmente se determina la IgM para casos agudos, o seroconversión (aumento de los anticuerpos previos). 

En las embarazadas es importante saber si existe infección; de esta forma se podrá diagnosticar mediante ecografía cualquier malformación que se produzca en el feto. En estos casos puede ser de utilidad el estudio de una biopsia de tejido placentario, que demuestre la presencia de partículas virales, aunque la biopsia debe realizarse siempre por encima de la semana 11 de la gestación para evitar complicaciones. En la actualidad, también se determina la IgG para rubéola en toda mujer gestante, y cuando no presentan inmunidad previa se les recomienda vacunación después del parto para futuros embarazos.

Creado: 18 de septiembre de 2011

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