Dr. Pau Soldevila

Doctor en Psicología, especialista en Neuropsicología, profesor de la Universidad de Valencia y coordinador del CREAP
El Dr. Pau Soldevila, especialista en Neuropsicología, desgrana los factores de riesgo que pueden desencadenar un problema psiquiátrico o un trastorno mental grave (esquizofrenia, depresión, suicidio…) y cómo abordarlo.
Dr. Pau Soldevila
“Todos podemos sufrir una adversidad que, si se añade a nuestra carga genética o a un entorno altamente estresante, o al consumo de alguna sustancia, puede contribuir a que se desencadene un trastorno mental”
Escrito por: Eva Salabert

01/09/2022

Los trastornos mentales son la octava causa de muerte en España, un dato preocupante si tenemos en cuenta que todos somos candidatos para desarrollar una de estas enfermedades. De hecho, “uno de cada cinco europeos va a tener algún tipo de trastorno mental a lo largo de la vida”, afirma Pau Soldevila, Doctor en Psicología, especialista en Neuropsicología y Psicología clínica, profesor de la Universidad de Valencia (UV) y coordinador del área de gestión de conocimiento del Creap (Centro de Referencia Estatal de Atención Psicosocial), que nos habla sobre los factores de riesgo que aumentan las probabilidades de sufrir un problema psiquiátrico o psicológico, desde alteraciones del sueño a depresión, ansiedad o esquizofrenia. El Dr. Soldevila nos explica también los criterios que definen a un trastorno mental grave (TMG), cómo se abordan, qué se debe hacer para prevenir el suicidio –que según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) aumentó un 7,4% en el año 2020 respecto a años anteriores– y cómo evitar la estigmatización que todavía padecen los afectados.

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¿Cuáles son las enfermedades psiquiátricas que se consideran un Trastorno Mental Grave (TMG)?

Me parece importante hacer una aclaración y es que todos podemos tener un problema de salud mental en cualquier momento. La línea roja que hay entre la normalidad –o supuesta normalidad– y alguna alteración mental es tremendamente fina, por no decir invisible. De hecho, los últimos datos de estudios poblacionales indican que uno de cada cinco europeos va a tener algún tipo de trastorno mental a lo largo de la vida, lo cual no significa que vaya a ser un trastorno mental grave.

El término trastorno mental grave se refiere a alteraciones psiquiátricas de duración prolongada que conllevan un grado variable de discapacidad y, sobre todo, disfunción social. Por lo tanto, y para responder a la pregunta, obviamente las enfermedades psiquiátricas que se consideran un trastorno mental grave son aquellas que están recogidas en los manuales de criterios diagnósticos, como es la clasificación internacional de enfermedades, que es conocida como CIE11, que fue desarrollada por la OMS.

La línea roja que hay entre la normalidad y alguna alteración mental es tremendamente fina, uno de cada cinco europeos va a tener algún tipo de trastorno mental a lo largo de la vida

Entre esas categorías que recoge este manual de criterio diagnóstico está la esquizofrenia, el trastorno bipolar, trastornos delirantes persistentes, esquizoafectivos, trastornos psicóticos no orgánicos, es decir, que pueden obedecer al consumo de tóxicos, y trastornos depresivos graves recurrentes.

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¿Una persona, entonces, puede nacer sana –o aparentemente sana– y desarrollar un trastorno mental grave posteriormente?

Ese es el modelo que está ampliamente contrastado a nivel científico, que es el modelo biopsicosocial, es decir, no todo es biología, no todo es psique, ni es todo social. Obviamente, hay una carga genética que sí se puede fenotipar y la persona tiene una mayor probabilidad o un mayor riesgo de desarrollar una enfermedad mental.

En estudios ampliamente contrastados se ha visto que en gemelos monocigóticos –genéticamente iguales– que se han separado de su entorno familiar la probabilidad de desarrollar una enfermedad mental era igual que si convivieran con los mismos padres, lo que significa que la genética sigue teniendo una influencia importante, e incluso fuera del entorno se puede manifestar, pero la parte psicológica y social del entorno también constituyen un componente de riesgo.

El término trastorno mental grave se refiere a alteraciones psiquiátricas de duración prolongada que conllevan un grado variable de discapacidad y, sobre todo, disfunción social

Al final es una interacción entre estos tres componentes. Por eso somos tan vulnerables y todos somos candidatos, porque a lo largo de la vida podemos sufrir una adversidad que, si se añade a nuestra carga genética o a un entorno altamente estresante, o al consumo de algún tipo de sustancia, puede contribuir a que se desencadene un trastorno mental. Son factores de riesgo.

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Insight o consciencia de enfermedad, un concepto clave en salud mental

¿En qué consiste el ‘insight’ o consciencia de la enfermedad y por qué constituye un factor clave para que los pacientes puedan rehabilitarse?

Esta pregunta es súper importante que se haga, básicamente porque el término insight no es conocido; la traducción al español sería como consciencia de enfermedad o percepción de enfermedad. Este tipo de insight es muy importante a la hora de comprender la propia enfermedad. Pero va mucho más allá de eso, es decir, es aquella comprensión de la persona que está afectada a nivel de su propia actividad personal, ocupacional y social. Por lo tanto, el insight sería la capacidad que tiene una persona para reconocer que tiene una enfermedad y que le está afectando en su funcionamiento personal, laboral y social.

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¿Y por qué es un factor clave? El insight o conciencia de enfermedad es un fenómeno que a nivel clínico incluye varias dimensiones: reconocer la propia enfermedad, que esa enfermedad se puede manifestar tanto por sintomatología positiva, como pueden ser las alucinaciones auditivas, o por síntomas negativos, como puede ser el aislamiento, así como mostrar si la persona reconoce este tipo de sintomatología o este tipo de necesidad de ayuda. De esta forma, la persona es más proclive o está más abierta a recibir este tratamiento farmacológico, o incluso una atención psicológica especializada.

El ‘insight’ sería la capacidad que tiene una persona para reconocer que tiene una enfermedad y que le está afectando en su funcionamiento personal, laboral y social

La evolución de la enfermedad va a depender muchísimo de si tiene una buena conciencia de enfermedad, ya que una ausencia de insight provoca una mala adherencia al tratamiento y suele haber abandono de la medicación, lo que posiblemente conlleve una recaída, que puede tener como consecuencia un ingreso hospitalario. También provoca un bajo funcionamiento cognitivo y social, porque si por ejemplo la persona tiene una sintomatología negativa y no reconoce que necesita ayuda, se aislará, dejará de socializar y de hablar con sus familiares, de hacer actividades físicas y otras como estudiar, salir…, y eso va a generar una alta tasa de recaídas y mayor cantidad de hospitalizaciones involuntarias.

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En 2021 hicimos un estudio muy interesante, que se ha publicado en la revista Psiquiatría y Salud Mental, y con resonancia magnética funcional pudimos observar que los pacientes con ausencia de insight mostraron una disminución en el volumen de materia gris cortical de los lóbulos frontales, temporales, precúneo y en la ínsula, sobre todo derecha. El estudio fue un metaanálisis, y lo que mostró fue una correlación positiva entre el volumen de materia gris y la conciencia de enfermedad. Esta disminución de materia gris sobre todo se dio con una significación importante en la ínsula, es decir, lo que indicaba esa correlación positiva es que cuanto más reducida es la materia gris en la ínsula derecha, menor es el insight que tiene esa persona.

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Además, esa falta de insight, conciencia o percepción de enfermedad, también se ha visto asociada con un mayor riesgo de suicidio, y no hay que olvidar que una persona con un trastorno mental grave tiene entre 2 y 2,5 más de probabilidades de morir a edad temprana que el conjunto de la población, debido principalmente a esta ausencia del insight, y también por otras enfermedades, como las cardiovasculares, metabólicas, e infecciosas.

Y supongo que también porque tendrán más conductas de riesgo…

Exacto. La persona está más desinhibida, deja la medicación, tiene un entorno más conflictivo, menos insano para el paciente y para la patología que tiene, y lógicamente todo eso va afectando a la persona y aumentan los factores de riesgo, por lo que al final suele tener una afectación en su calidad de vida y, por consiguiente, en el número de años de vida.

Usted es coordinador del área de gestión de conocimiento del Creap (Centro de Referencia Estatal de Atención Psicosocial). Además del tratamiento médico, ¿cuáles son las intervenciones que realizan para mejorar la calidad de vida de los afectados?

En el Creap partimos del modelo que la ciencia lleva décadas confirmando, el modelo biopsicosocial que he mencionado antes y que considera que hay interacciones biológicas, físicas y sociales que hacen que una determinada persona en un momento dado de su vida pueda tener un trastorno mental, desde un trastorno del sueño, ansiedad o depresión, a un trastorno mental grave. En ese sentido, las intervenciones que realizamos en el Creap tienen siempre la finalidad de promover el máximo desarrollo de la autonomía personal y la mejor rehabilitación social posible de las personas con trastorno mental grave.

Para lograrlo ofrecemos una atención especializada y desarrollada por un equipo multiprofesional, ya que el trastorno mental grave es un problema complejo y necesita un abordaje complejo y por parte de diferentes profesionales en salud mental, y abarca desde la psicología, enfermería, educación social, terapia ocupacional, trabajo social e integración social.

Una persona con un trastorno mental grave tiene entre 2 y 2,5 más de probabilidades de morir a edad temprana que el conjunto de la población

Las intervenciones que se suelen hacer desde estas especialidades para mejorar la calidad de vida se centran en el apoyo familiar, realización de intervenciones comunitarias, actividades físicas y lúdicas, control de tratamientos por parte de enfermería, talleres creativos, atención psicológica individual, grupal y familiar, así como impulsar y programar la inserción laboral; es decir, no solamente nos centramos en la parte médica, biológica y orgánica, sino que también abordamos los aspectos psicológicos –la psique– y sociales.

Cómo evitar la estigmatización de las personas con un trastorno mental

¿Cómo se puede evitar la estigmatización que todavía sufren las personas con este tipo de enfermedades mentales y mejorar su inclusión social y laboral?

El estigma es algo que sucede cuando alguien te ve de manera negativa por alguna característica distintiva, o por un rasgo personal que se considera diferente al resto, es decir, es un estereotipo negativo. Hemos hecho otro estudio al respecto en estudiantes de medicina, que se ha publicado este mes de agosto en la revista Frontiers, porque lamentablemente ese tipo de creencias y de actitudes negativas hacia las personas que tienen algún problema o trastorno mental son bastante frecuentes.

A los alumnos de la facultad de Psicología les suelo poner una actividad que consiste en que escriban la palabra esquizofrenia en Google y hagan una búsqueda de imágenes, y lo que aparece es una persona moviendo la cabeza, un fondo oscuro…, imágenes muy desagradables. Sin embargo, la misma palabra en inglés obtiene resultados totalmente diferentes: cambian los colores y las imágenes. Con ese pequeño ejercicio se puede ver que incluso entre países Google entiende una misma palabra de forma diferente. Y eso es por la información y el contenido que está registrado en la red.

El trastorno mental grave necesita atención de diferentes profesionales en salud mental, desde la psicología, enfermería, educación social, terapia ocupacional, trabajo social e integración social

Ese estigma, esa connotación negativa que la sociedad atribuye a una persona por el mero hecho de tener un diagnóstico afecta tanto que llega a desarrollar auto-estigma. A mis alumnos les digo: imaginad que tenéis un concepto negativo de una persona con esquizofrenia, como pensar que tiene alucinaciones, que está sola, que no tiene pareja, que ha perdido el empleo… Pero la vida te da sorpresas, e igual dentro de un tiempo uno de vosotros sufre un brote psicótico y entonces se cree a pies juntillas ese concepto que tenía hace años sobre una persona con esquizofrenia.

Para responder a la pregunta de cómo se puede evitar el estigma, en primer lugar hay que obtener información fiable, porque muchas veces tenemos ideas preconcebidas que no son correctas, y que muchas veces están distorsionadas por los medios de comunicación, por las películas, por libros…

En el caso del paciente es fundamental no aislarse, no sentir vergüenza, y no identificarse con esa enfermedad porque una persona no es esquizofrénica, una persona tiene diagnóstico de esquizofrenia; una persona no es bipolar, tiene trastorno bipolar. No utilizar el verbo ser porque eso hace mucho daño. El lenguaje tiene mucho poder y esa creencia permanece en nuestro pensamiento.

También es fundamental buscar ayuda especializada, ya que hoy en día existen numerosos tratamientos muy eficaces que pueden ayudar a que esa persona esté mejor y trabaje otros aspectos, como la autoestima. A nivel social se da mucha información, se organizan talleres, y los medios sois muy importantes para divulgar una información contrastada y basada en artículos científicos y en la consulta a expertos profesionales. Hay que hablar sin reparos contra el estigma.

¿Qué consejos le daría a los familiares y a las personas que convivan con un paciente que sufra un trastorno mental grave?

Uno de los consejos que les daría es que se informasen sobre la enfermedad; eso es súper importante. También que eviten sobrecargarse en los cuidados del familiar, porque muchas veces se tiende a sobreproteger a la persona y eso en algunas ocasiones está bien, pero, siempre y cuando sea posible, hay que intentar hacer a la persona responsable de sus actividades.

Es importante ofrecerle más calidad que cantidad de tiempo, que el tiempo compartido sea, como dicen los americanos, el quality time, el tiempo de calidad. Y dejarlo estresarse, escuchar lo que siente, sus experiencias, sin estar centrado en darle soluciones fáciles ni rápidas, simplemente escuchar a la persona, ya que al sentirse escuchada ya la estás ayudando porque le estás dando el mensaje de que para ti es importante.

Una persona con un diagnóstico de trastorno mental grave puede brillar en muchísimos campos

Tampoco se deben contradecir las creencias o el discurso que puede hacer la persona y que podrían tener un tinte delirante. No hay que contradecirla, ni confrontarla. No discutir con él o ella, sino escuchar lo que dice. No forzar nada y establecer una comunicación de manera positiva, dándole el tiempo que sea necesario para calmarse si se encuentra agitado.

También es fundamental centrarse en los puntos fuertes de esa persona. No nos tenemos que centrar en esa debilidad o esa problemática que tiene, sino fijarnos en sus fortalezas y lo brillante que es en muchos aspectos: a lo mejor en la parte creativa, o en la parte lectora y su conocimiento cultural, sus intereses a nivel de filmoteca…, porque una persona con un diagnóstico de trastorno mental grave puede brillar en muchísimos campos.

Mi consejo para la persona con un TGE es que involucre a su familia en su tratamiento, que nunca se aísle, que renuncie al estigma y, sobre todo, que busque apoyo profesional, ya que hay tratamientos ampliamente contrastados y con muy buena eficacia.

Hablar sobre el suicidio para mejorar la prevención

¿Se puede hacer algo también para reducir la tasa de suicidios en estos pacientes?

El suicidio, como bien sabemos, es una urgencia vital que no solo se ubica en el contexto biográfico de una pérdida de la salud o un diagnóstico, sino que también es un debilitamiento de las redes afectivas y sociales. Cuando una persona toma la decisión de quitarse la vida siempre hay o suele haber tres componentes básicos. El primero a nivel emocional: hay un sufrimiento muy intenso; el segundo a nivel conductual: hay una carencia de recursos psicológicos para hacer frente a ese problema o sufrimiento; y el tercero a nivel cognitivo: hay una desesperanza profunda hacia el futuro, es decir, siempre acompaña la percepción de la muerte como única salida.

El suicidio no solo se ubica en el contexto biográfico de una pérdida de la salud o un diagnóstico, sino que también es un debilitamiento de las redes afectivas y sociales

Por lo tanto, el suicido no se tiene que ver como un problema moral; los que se suicidan ni son valientes, ni son cobardes. Las personas que se suicidan o cometen un conato de suicidio son personas desbordadas por ese sufrimiento y que no tienen la más mínima esperanza de encontrar una solución.

Lo primero que hay que hacer es detectar estas señales de alarma y prestarles atención; es decir, a esa tristeza, a cambios de hábitos –como el sueño, alimentación…­–, observar si esa persona verbaliza esa desesperanza o decaimiento. Quizás en algunos hay un mayor consumo de alcohol, de drogas, entrega de posesiones valiosas, o expresen deseos de morir, de no tener ningún objetivo en la vida, o incluso que busquen medios para hacerse daño.

Otro punto sería escuchar las advertencias verbales. En población general la mayoría de las personas que al final se quitan la vida o han pasado por el circuito de salud mental, o casi siempre lo han verbalizado con frase como “no valgo para nada”, “mi vida no tiene sentido”, “no puedo con ello”, “soy una carga para los demás”, “me siento incomprendido”… Y habría que dar importancia a ese tipo de advertencias verbales.

También es necesario ayudar a esta persona a que verbalice sus emociones y escucharla. Esto es importante porque hay que recordar que, al contrario de lo que se piensa, preguntar sobre la existencia de ideas suicidas no incrementa el riesgo de desencadenar este tipo de actos, sino que muchas veces puede ser incluso la única oportunidad de iniciar acciones preventivas porque se está reconociendo el sufrimiento de esa persona y se le puede ofrecer apoyo o alguna alternativa, como animarla a pedir ayuda profesional. Y el último punto sería buscar apoyo de personas cercanas: familia, amigos, etcétera.

En su opinión, para prevenir los suicidios, ¿es más conveniente que se divulgue información sobre este problema, o es mejor no hablar de ello?

Es una pregunta bastante interesante porque, como comentaba, las personas que llegan a una conducta suicida no quieren morir; de hecho, son más las tentativas de suicidio que los suicidios consumados. Lo único que quieren es dejar de sufrir, escapar de ese sufrimiento, y por eso es conveniente hablar de ello. Es un falso mito que hablar de suicidio es una mala idea, o que puede interpretarse como un estímulo que va a incitar a la gente a hacerlo más.

Hay que hablar de ello, ya que el verdadero estigma sobre el suicidio es que las personas propensas a ello no saben con quién hablar porque piensan que van a ser apartadas, que su problema es muy grave o no tiene solución, y precisamente porque no saben con quién hablar es por lo que hay que tratar el tema abiertamente para ofrecerles otras soluciones, o tiempo para reflexionar sobre su decisión, previniendo con ello el sufrimiento.

Al contrario de lo que se piensa, preguntar sobre la existencia de ideas suicidas no incrementa el riesgo de desencadenar este tipo de actos

Es algo que se debería poner sobre la mesa, hablando con profesionales, con expertos, porque cuando no sabes con quién hablar, cómo enfocar el problema, necesitas a gente que te puede escuchar, que te puede dar alternativas. Hay que hablar y no quedarse aislado con esa rumiación, con ese pensamiento que puede ser irracional, y que en un medio o corto plazo puede hacer que se tome una decisión irreparable.

A raíz de la pandemia por coronavirus, el confinamiento y el aislamiento social se dice que se han incrementado mucho los trastornos mentales. ¿Esto es porque la situación lo ha desencadenado, o porque han aflorado problemas que estaban latentes?

La OMS ha ido vaticinando que a raíz del confinamiento y otras consecuencias que ha tenido el coronavirus ha emergido mayor patología mental. El confinamiento ha sido una situación de estrés y de incertidumbre que ha potenciado factores de riesgo que podía tener una persona previamente y ha hecho que florezcan o que emerjan trastornos de ansiedad, depresivos, del sueño…, porque la persona se ha visto desbordada por circunstancias muy estresantes y, si ya estaba ‘cogida con pinzas’, o tenía un problema subyacente, la pandemia por COVID ha actuado como un catalizador que ha hecho aflorar ese trastorno mental.

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