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Griselda Herrero Martín

Dietista-nutricionista y autora de ‘Alimentación saludable para niños geniales’
La alimentación influye directamente en el desarrollo físico e intelectual de los niños. La nutricinista Griselda Herrero nos da las claves para fomentar los hábitos saludables que les permitirán tener una relación 'genial' con la comida.
Griselda Herrero Martín
“Una alimentación saludable, junto con una serie de hábitos, mejora y potencia el desarrollo cerebral y, por tanto, el rendimiento académico del niño”
Escrito por: Diana Oliver

31/05/2018

La alimentación de los hijos es una de las grandes preocupaciones de los padres, sobre todo durante la primera infancia. Para arrojar algo de luz y derribar mitos en torno a la alimentación infantil acaba de publicarse Alimentación saludable para niños geniales (AMAT editorial, 2018), un libro ameno y esclarecedor escrito por Griselda Herrero Martín, Doctora en Bioquímica y dietista-nutricionista, además de fundadora del centro integral Norte Salud, especializado en psiconutrición. La autora nos demuestra que es posible instaurar hábitos saludables en la familia, y lo hace de una forma clara y sencilla, ofreciendo múltiples ideas y recursos al alcance de todos. Recomienda empezar por nosotros mismos como el mejor ejemplo que van a tener nuestros hijos y hacerlo de manera gradual porque, como dice esta experta en nutrición, “los cambios hay que incorporarlos poco a poco para que nos podamos adaptar y se acaben convirtiendo realmente en un nuevo hábito”.


Alimentación saludable

Lo cuentas en el libro pero, ¿qué se entiende por alimentación saludable?

Podría definir este concepto de forma sencilla diciendo que alimentación saludable significa consumir alimentos (que no productos) principalmente y en su mayoría de origen vegetal, aunque también puede haber alimentos de origen animal como huevos, pescados, lácteos o carnes. Por supuesto, podemos matizar todo lo que queramos con aspectos como que una buena dieta debe ir acompañada de una serie de hábitos saludables, de los cuales también hablo en el libro.

¿Hasta qué punto es importante llevar una alimentación saludable desde la infancia?

La infancia es la época de la vida donde se aprende, tanto a hablar o a andar, como a comer, a relacionarse (con la comida), a establecer umbrales de sabores, a elegir, a identificar sensaciones de saciedad… Todo eso es modificable e influenciable, y los niños son mucho más vulnerables, por lo que es nuestra responsabilidad como padres y educadores ofrecerles la mejor alimentación para fomentar hábitos saludables en quienes serán potencialmente adultos sanos.

¿Influye esta etapa en cómo comeremos el resto de nuestra vida?

Sin ninguna duda. Si un niño aprende a comer de postre un lácteo muy dulce, y no ha visto en su vida la verdura en las comidas o la fruta, de forma habitual, difícilmente tendrá interés por comerlas, y mucho menos le gustarán (a priori), pues son sabores que nada tienen que ver con la palatabilidad de los productos dulces o grasos (o ambos).

Adviertes de que ya desde el embarazo debemos plantearnos nuestra alimentación porque influye en el bebé…

El bebé tiene una vinculación directa con la madre, desde el punto de vista alimentario, a través del cordón umbilical, por donde le llegan los nutrientes que la madre ingiere. Pero no sólo recibe nutrientes, también sabores a través del líquido amniótico. Es decir, que si la madre come brócoli, posiblemente el bebé se sienta familiarizado con este sabor, mientras que si la madre consume de forma habitual chocolate, para el bebé será más familiar el sabor dulce.

La infancia es la época de la vida donde se aprende, tanto a comer como a relacionarse con la comida, a elegir, a identificar sensaciones de saciedad…

Por otro lado, las emociones de la madre también son percibidas por el bebé, de manera que se pueden establecer asociaciones desde temprana edad. Por ejemplo, si cuando la madre se estresa, practica la respiración diafragmática, el bebé asocia que para relajarse ha de respirar; pero si come galletas, el cerebro del bebé asocia que para tranquilizarse necesita comer algo dulce.

La alimentación y el desarrollo neuronal infantil

¿La alimentación infantil influye en el rendimiento escolar?

No hay alimentos que por sí mismos y de forma individual ejerzan un efecto mágico sobre el rendimiento escolar, pero la dieta sí influye. Una alimentación saludable, junto con una serie de hábitos, mejora y potencia el desarrollo cerebral y, por tanto, el rendimiento académico del niño.

Por otro lado, abusar de productos procesados que desplazan el consumo de alimentos que realmente nos aportan nutrientes necesarios para el desarrollo neuronal, implica que nuestro cerebro funcione peor, y consecuentemente puede afectar a funciones como la memoria o el aprendizaje.

¿Los suplementos alimenticios son útiles o recomendables en este caso?

De forma genérica, no recomendaría ningún suplemento nutricional para mejorar el rendimiento intelectual. La mayor parte de los suplementos que venden contienen nutrientes que podemos obtener de los alimentos. Sólo en casos justificados donde haya un déficit, y que este no se pueda cubrir con una dieta adecuada, habría que estudiar la posibilidad de suplementar. Y, por supuesto, esto debe indicarlo un profesional sanitario formado como un dietista-nutricionista. Mejor invirtamos el dinero en comer bien, antes que malgastarlo en pastillas innecesarias.

¿Y el estrés? ¿También influye de manera negativa en las funciones cognitivas?

Por supuesto. Cuando estamos estresados nuestro cerebro debe centrar toda su atención en superar ese estímulo estresante y mantenerse vivo (las funciones menores disminuyen), por lo que la capacidad de atención es menor, y se dificultan la memoria y el aprendizaje. Sobre todo cuando la situación de estrés se mantiene en el tiempo de forma sostenida. Por ejemplo, los niños que viven en familias donde hay mucha desorganización, desestructuración familiar, o bien tienen problemas que generan dificultades (y no dejan de ser estresantes) tienen peores resultados académicos que aquellos cuyas familias están bien estructuradas y donde disfrutan de una estabilidad emocional.

Abusar de productos procesados que desplazan el consumo de alimentos que aportan nutrientes, puede afectar a la memoria o el aprendizaje

¿Por dónde crees que podemos empezar para mejorar la dieta familiar?

Por analizar qué podemos mejorar. Yo empezaría analizando nuestras despensas y tratando de introducir pequeños cambios. Como siempre digo, los cambios hay que hacerlos poco a poco para que nos podamos adaptar y se acaben convirtiendo realmente en un nuevo hábito. Como digo en el libro: si quieres, puedes.

Modificar los hábitos de toda la familia

No sé si esto también exige un trabajo por parte del resto de los miembros de la familia, porque sin dar ejemplo supongo que el resto no tiene sentido…

El ejemplo es la mejor educación que podemos dar a nuestros hijos; no podemos pretender que el niño coma fruta si nunca nos ve tomar una manzana de postre o para merendar. Y tampoco hay que “venderle la moto”. Es decir, no es necesario decirle “mira qué plátano más rico se está comiendo papá, deberías comerte uno”. Con que vea la fruta, la tenga a su alcance, y observe que sus padres la comen con frecuencia (y les gusta), es suficiente.

Invirtamos el dinero en comer bien, antes que malgastarlo en pastillas innecesarias

Dices que hay que tener especial cuidado con la manida expresión “comer de todo”. ¿Es peligrosa esa generalización?

Muy peligrosa. “Comer de todo” implica, por ejemplo, poder incluir en nuestro carro de la compra todo lo que hay en el supermercado, aunque sea en “su justa medida o con moderación”, otra de las frases que se utilizan para justificar el consumo de productos malsanos. Y el 80 % de lo que encontramos en un supermercado es totalmente prescindible para nuestra salud. Es más, muchos de esos productos son incluso perjudiciales.

El ejemplo es la mejor educación que podemos dar a nuestros hijos, y no podemos pretender que coman fruta si nunca nos ven tomar una manzana de postre

Es evidente que si lo hacemos una vez al año no nos va a pasar nada (me refiero a una vez al año de entre todos los productos), pero la dosis y la frecuencia de consumo de productos ultraprocesados o alcohol, por ejemplo, están directamente asociadas a un mayor riesgo de desarrollar múltiples enfermedades crónicas no transmisibles como diabetes, hipertensión, dislipemias, cáncer, etcétera.

Niña cocinando con su madre
Los padres somos el mejor ejemplo para fomentar hábitos nutricionales saludables.

Uno de los capítulos se titula “No hay alimentos buenos o malos, sino actitudes adecuadas”. Existe aún una gran cantidad de mitos en torno a los alimentos. ¿Se puede convencer a la población de que no tienen una base científica?

El problema de los mitos en alimentación es que siempre surgen nuevos. Después de años desmitificando que el huevo no aumenta el colesterol, parece que el mensaje va calando, pero aparecen otros mitos. Lo más importante es saber buscar información en sitios de referencia, con profesionales adecuados que respalden la información con la ciencia y no con otros intereses. Estoy de acuerdo en que no es fácil cambiar cosas que llevan mucho tiempo arraigadas, pero cuando uno quiere algo de verdad, busca la forma de hacerlo para conseguirlo.

El 80 % de lo que encontramos en un supermercado es totalmente prescindible para nuestra salud

¿Qué es lo que más nos cuesta modificar de nuestros hábitos?

Precisamente el hecho de modificarlos. Como comentaba, los hábitos comienzan a adquirirse en la barriga de nuestras madres. Imagina una persona que lleva 30 años haciendo las cosas de una forma y ahora tiene que aprender a hacerlas de otra muy diferente. Eso requiere un trabajo interno importante, de concienciación, de aprendizaje y de autoconocimiento que, lejos de ser fácil, es muy complejo y requiere un gran esfuerzo. Quizá entonces lo más complicado es empezar por entender que no es sencillo ni rápido.

No es fácil salir de un entorno obesogénico. ¿Cómo luchamos contra el entorno más directo?

Poniendo granitos de arena. No podemos luchar contra la industria, contra la publicidad, o contra la vecina, pero sí puedo hacer que mi vida y la de mi familia sea más saludable; crear pequeños entornos saludables. Preparar un cumpleaños al aire libre, salir en familia a practicar actividad física, llevar fruta al colegio, pedir verduras cuando sales a comer o a cenar con amigos…; a veces pensamos que estos pequeños gestos no surten ningún efecto, pero es un error. Tienen un gran efecto en nosotros y ¡sorpresa! Existe también el efecto contagio. Al final, en muchas ocasiones las personas del entorno se acaban uniendo (y si no lo hacen, peor para ellas). Lo importante es estar convencido de lo que uno quiere para sí mismo y para su familia.

Comer en familia al menos una vez al día, ¿previene trastornos alimentarios?

Bueno, no es tan simple como eso. No basta con comer en familia, sino hacerlo de una forma determinada. Por ejemplo, sin televisión ni móviles, sin que la comida sea el tema principal, creando un ambiente distendido en el que toda la familia esté implicada… Es decir, fomentando una buena relación familiar y con la comida, sin que ésta se convierta en el centro de todo, ni se asocie a un momento desagradable.

El mito del niño que no come

Dices que “no importa si (el niño) come más o menos hoy siempre que esté feliz, contento, juegue y esté sano; lo que realmente importa es que esté rodeado de alimentos saludables, de forma que lo que elija sea bueno para él”. ¿Nos agobia eso de “mi niño no come nada”? ¿Por qué experimentamos esa presión?

Esa frase lapidaria viene de una preocupación porque los niños no crezcan. Pero tenemos que preguntarnos ¿cuánto necesita comer cada niño? No lo sabemos. Ni cuánto, ni cuándo. Habrá días en que necesite más cantidades, y otros días menos. Y sólo el niño lo sabe. Eso sí, no vale que cuando tenga hambre le demos productos en lugar de alimentos, porque entonces no se está nutriendo. Por eso siempre digo que dejemos elegir a los niños las cantidades de alimentos que quieran comer, y que no nos debe preocupar que coman poco si están felices y contentos, saltan y se divierten. Es señal de salud.

Los hábitos comienzan a adquirirse en la barriga de nuestras madres

Eso de los niños malcomedores da muchos quebraderos de cabeza. Nos alarma más un niño que coma poco que uno que coma mucho, cuando hay un porcentaje mucho mayor de niños que comen mal (mucho, o poco) que de niños que comen bien aunque coman poco. Lo importante es la calidad, no la cantidad, siempre que se rodeen de alimentos saludables.

Los niños son los únicos que saben lo que necesitan comer, pero no sé si a veces les forzamos sin darnos cuenta con actitudes como “un poquito más”, o con chantajes indirectos de cualquier tipo…

Claro que les forzamos. Ese miedo a que no estén bien nutridos, a que no se alimenten bien, eso de “al menos que coma algo, aunque sea una galleta”. Volvemos a lo de antes. No les dejamos elegir, ni regular su hambre-saciedad. Si no quieren más, no hay que forzarlos. Queremos que coman las cantidades que nosotros pensamos que necesitan, no la que ellos realmente necesitan.

Es importante no obligar ni forzar ni chantajear al niño para que coma (sea el alimento que sea) y dejar que controle él mismo y aprenda a regularse. Se equivocará, claro, pero así es como aprende el ser humano. ¿Y qué es lo peor que puede ocurrir? ¿Que quiera comer algo más un rato después? No veo cuál es el problema si lo que come es saludable.

Dejemos elegir a los niños las cantidades de alimentos que quieran comer; si están felices y contentos, saltan y se divierten, es señal de salud

Además de no obligar nunca a los niños a comer, ¿qué más cosas debemos evitar en la mesa y qué es lo más importante?

Debemos evitar sobre todo que haya cosas que no son alimentos, evitar estar hablando constantemente de comida (de si come, de si no come, de cómo se comporta con relación a la comida, de comparaciones con otros niños o hermanos…), evitar tener la televisión encendida o cualquier otra pantalla que no nos permita centrarnos en comer, evitar comer rápido y sin saborear, o engullendo los bocados, evitar no ser conscientes de qué y cómo comemos. En definitiva, debemos prestar atención, pensar cómo de hambrientos estamos, y decidir cuánto queremos comer.

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