Marta Prada

Autora de ‘Educar sin pantallas’, educadora de familias en disciplina positiva y guía Montessori
El uso extendido de las pantallas durante la infancia y adolescencia plantea una reflexión profunda sobre la forma de criar a nuestros hijos. Marta Prada nos da las claves para educar conectados a la vida, y no al entorno digital.
Marta Prada, autora de ‘Educar sin pantallas’
“Con las pantallas, el cerebro es hiperestimulado a nivel visual y auditivo, y en el caso de un niño puede suponer un impacto crucial porque su cerebro está inmaduro”
Escrito por: Diana Oliver

23/09/2021

En la sala de espera del pediatra, en el autobús, en el coche, en restaurantes... Allá donde mires no es extraño encontrar un niño o un adolescente, a veces incluso un bebé, con una pantalla en sus manos. Pese a que la OMS recomienda mantener alejados de las pantallas a los niños hasta al menos los dos años de edad, y a que expertos en salud infantil, desde neuropediatras a pedagogos, recomiendan que esa separación se mantenga hasta los seis años, lo cierto es que los niños están en contacto con ellas desde que apenas cumplen unos pocos meses.

Los dispositivos electrónicos forman parte de nuestro día a día, pero también se han convertido en un recurso de distracción y entretenimiento muy fácil; en un hábito del que parece imposible escapar. Marta Prada, educadora de familias en disciplina positiva, guía Montessori y autora del blog Pequefelicidad, acaba de publicar Educar sin pantallas (Oberon), un libro en el que ofrece información y herramientas para gestionar el uso de pantallas de forma saludable a estas edades. Porque ya no se trata solo de qué espacios y momentos han colonizado las pantallas, sino del tiempo que nos roban de la vida que no estamos dedicando a otras muchas cosas que nos llenan, como nos cuenta en esta entrevista.


Explicas en el libro que el cerebro de un niño expuesto de forma excesiva y continuada a las pantallas se parece a un cerebro expuesto a las drogas.

Marta Prada, autora de ‘Educar sin pantallas’

Las pantallas tienen un potencial adictivo, especialmente todas las que requieren algún tipo de interacción; con solo mover un dedo o pulsar un botón mi cerebro obtiene recompensas: juegos de luces, planos, sonidos…, que generan a nivel cerebral un círculo de recompensa inmediata y liberan dopamina, una píldora de placer, que engancha. Cuando una persona consume cocaína, bebe alcohol, tiene relaciones sexuales, o come chocolate, siente placer y en ese momento se produce una descarga de dopamina, que un tiempo más tarde se desplomará. Nuestro cerebro nos pedirá una nueva descarga y ahí es precisamente donde empieza la adicción a las sustancias químicas, al sexo, al juego o bien al azúcar.

Las pantallas tienen un potencial adictivo, generan a nivel cerebral un círculo de recompensa inmediata y liberan dopamina, una píldora de placer, que engancha

Con las pantallas, el cerebro es hiperestimulado a nivel visual y auditivo (como ocurre, por ejemplo, al entrar en un casino). Esto le ocurre a un cerebro adulto ya maduro, pero también al de un niño; la diferencia es que en el caso de un niño puede suponer un impacto crucial porque su cerebro está inmaduro. Está en pleno proceso de construcción. Por eso no podemos hablar de tiempos estándar. En nuestro cerebro hay muchas funciones esenciales que afectan a las habilidades cognitivas, sociales y emocionales, que siguen desarrollándose a una velocidad vertiginosa hasta los seis años.

¿Cuánto dirías que es excesivo? ¿Se puede hablar de un número de horas máximo de tiempos de pantalla?

Es muy importante que en la infancia, los niños y niñas puedan construir hábitos saludables porque su cerebro es mucho más vulnerable. Crear un hábito en esta etapa en torno a las pantallas, ya sea de dos horas, o de media hora al día, no es saludable. Cuando cada día hay rabietas, llantos y conflictos por consumir pantallas, porque se ha creado ya un hábito, las pantallas se convierten en un problema individual (porque modifican el comportamiento o el nivel de atención, entre otras cuestiones), pero también se convierten en un problema familiar.

En la infancia el cerebro es mucho más vulnerable, y crear un hábito en esta etapa en torno a las pantallas, ya sea de dos horas, o de media hora al día, no es saludable

La OMS recomienda no exponer a los niños a las pantallas hasta al menos los dos años pero, ¿crees que, a nivel pedagógico, esto debería extenderse hasta los seis años? ¿Por qué?

Rotundamente sí. La corteza prefrontal se desarrolla de forma vertiginosa hasta los seis años. Y se sabe que cumple funciones esenciales en los seres humanos: ahí se da la atención, la concentración y el control de los impulsos. Gracias a las funciones que se desarrollan en esta parte del cerebro podemos actuar con empatía o crear pensamientos lógicos, por ejemplo. Todo eso, en esencia, es lo que nos distingue de los animales, que se mueven por impulsos. Un bebé nace con su cerebro totalmente inmaduro, no es capaz de mantener la atención: responde ante la luz, el movimiento y el sonido. Esos estímulos, en contacto con el medio, son los que activan el desarrollo de la corteza prefrontal. Lo que ocurre es que con la tablet o con la televisión el niño no puede clasificar esas experiencias de luz, sonido y movimiento porque no hay participación, no hay experiencia; por tanto, no hay emoción y no hay resultado. Solo se le “arroja” información. Cuanto menos se usa la corteza prefrontal en esta etapa, menos se desarrolla.

Niño jugando con un móvil

De la misma manera, sabemos que las pantallas disminuyen los niveles de mielina en el cerebro. La mielina es la sustancia que se encarga de la conectividad neuronal. Y sus bajos niveles se relacionan directamente con velocidades más bajas de procesamiento cerebral, influyendo, por ejemplo, en el desarrollo del lenguaje o la capacidad de atención.

Es fundamental no educar para que obedezcan, sino para que aprendan a pensar por sí mismos. Y para ello hay que dar voz a los niños y niñas. Han de sentirse parte de un equipo

Solo hay que ver todo lo que un niño evoluciona desde los dos años hasta los seis, tanto en su nivel de expresión, como en su nivel de gestión emocional, desarrollo de empatía, habilidades cognitivas… Es un intenso y delicado proceso de construcción, que obviamente no termina a los dos años.

¿Cómo hacerlo en el caso de niños pequeños que tienen hermanos más mayores que sí tienen contacto con pantallas?

Esta pregunta es una de las más repetidas por las familias, no solo en cuanto a las pantallas, sino también en cuanto a los materiales o a los juguetes que utilizan. Y para mí hay dos palabras claves: simplificar y hacer uso del sentido común.

Un niño que tiene hermanos tiene muchas más opciones de juego e interacción y esto es una ventaja que juega a favor de las familias y que se puede aprovechar para construir en casa juegos y trabajos cooperativos, que sitúen a las pantallas en un plano inferior. Con los mayores, además, podemos elaborar en común un plan de pantallas que sea sano para toda la familia y que siente las bases sobre los tiempos, lugares y contenidos.

Las pantallas se han convertido en una vía de escape para adultos y para niños. Se trata de ir creando consciencia para que no nos roben lo más valioso que tenemos: el tiempo y la atención

Es fundamental no educar para que obedezcan, sino para que aprendan a pensar por sí mismos. Y para ello hay que dar voz a los niños y niñas. Han de sentirse parte de un equipo y buscar entre todos un equilibrio.

Consejos para limitar el uso de pantallas en niños y adolescentes

El tema de las pantallas es visto por muchas familias como un ataque cuando se dice que no son recomendables. ¿Cómo hacer que llegue el mensaje sin que se sienta como un juicio a su crianza?

Cualquier tema relativo a los hijos mueve la sensibilidad de sus padres y sus madres. Es normal. Son las personas que más amamos en la vida y buscamos lo mejor para ellos. Creo que hay que hacer un trabajo con las familias, para hacerles llegar desde el comienzo cómo funciona el desarrollo humano y cuáles son las necesidades de la infancia. Muchos adultos, simplemente, reproducen o evitan los patrones que vivieron en sus propias infancias.

Hay una palabra fundamental: consciencia. No se trata de juzgar a las familias, porque lo cierto es que nos enfrentamos a un escenario educativo complejo –sin opciones que favorezcan la conciliación real y respeten las necesidades de la infancia, con demasiadas cargas y necesidades ficticias–. Las pantallas se han convertido en una vía de escape para adultos y para niños. Se trata de ir creando poco a poco consciencia como sociedad para que tanto pequeños como mayores aprendamos a dar un lugar sano a las pantallas que no nos robe lo más valioso que tenemos: el tiempo y la atención.

Las pantallas benefician muchos aspectos de nuestra vida, y no se trata de negar el progreso que suponen, sino de aprender a hacer un consumo sano

Muchas familias hemos intentado escapar el máximo tiempo de esta exposición, pero no es fácil: los abuelos enseñándoles cosas en el móvil, las escuelas infantiles poniendo dibujos, nuestro propio enganche digital del que probablemente no somos conscientes… No sé si podemos escapar de las pantallas. ¿Qué piensas?

No. Ni podemos, ni debemos pretender escapar de ellas. Las pantallas, como la comida, es algo que está ahí. La comida puede ser algo tóxico para muchas personas cuando abusan de ella o se alimentan con comida chatarra, sin embargo, nadie ha de dejar de comer. Esto es un reto porque las tentaciones están ahí, claro que sí, pero se puede aprender a establecer una relación sana con la comida. Con las pantallas ocurre lo mismo porque benefician muchos aspectos de nuestra vida: nos permiten ver a familiares que viven en otros países, nos llevan a lugares recónditos sin esfuerzo… Y no se trata de volver a la edad de piedra y negar el progreso que suponen, sino de aprender a hacer un consumo sano, que obviamente ha de empezar por nosotros mismos.

Cuando van siendo mayores, ¿pueden sentir el no tener acceso a las pantallas como una prohibición? Me planteo si esto puede generar un mayor deseo y cómo podríamos gestionarlo.

Por supuesto que pueden sentirlo. Sobre todo cuando a lo largo del tiempo se ha creado una relación autoritaria asentada en el miedo o la recompensa como forma de disciplina (yo ordeno y tú obedeces). Entonces, cuando tratas de poner límites, a cualquier nivel, lo viven como una represión más, una orden más, o una prohibición más, y se rebelan… Porque su palabra, sus sentimientos o sus necesidades no se han sentido escuchados durante mucho tiempo. Llegan a la adolescencia con una autoestima frágil y en las pantallas encuentran una forma de pertenecer.

Los españoles pasamos más de 260 minutos al día frente a pantallas. Está tan instaurado en nuestra vida que ni siquiera notamos cómo nos están robando el tiempo

Si el adulto pretende limitarlas de alguna forma será más complicado que no lo vivan como una prohibición. Por eso, es importante construir con nuestros hijos relaciones basadas en el respeto y la confianza. Y si no lo hemos hecho hasta ahora, siempre estamos a tiempo de ponernos manos a la obra con ello.

¿Cómo lo hacemos?

Si tenemos una relación de respeto y confianza podremos sentarnos a hablar con ellos sobre cómo van a usar las pantallas, dónde, para qué las van a usar, cuánto rato, y qué tiempo les quedará para hacer otras actividades que les gusten o que deben hacer. Y, como adultos, podemos acompañarles y motivar un uso sano, no basado en la represión, sino en el acompañamiento.

Dependencia de los niños a las pantallas: cómo evitarla

En el libro das algunas ideas de alternativas a las pantallas según la edad. ¿Puede ser que nos falten ideas y por eso “lo fácil” sea que recurramos a las pantallas?

No creo que nos falten ideas, lo que nos falta es tiempo, energía y consciencia. Todas las personas tienen un cheque en blanco de 24 horas para gastar cada día, pero en ocasiones perdemos el foco y malgastamos ese tiempo porque no hemos aprendido a crear hábitos sanos. Nos distraemos digitalmente y distraemos a nuestros hijos de la misma manera. “No tengo tiempo de hacer deporte”, “No tengo tiempo de jugar”, “No tengo tiempo de…”. Sin embargo, según las estadísticas, los españoles, por ejemplo, pasamos más de 260 minutos al día frente a pantallas. Esto es una barbaridad, pero está tan instaurado en nuestra vida que ni siquiera notamos cómo nos están robando el tiempo: siempre has querido tocar la guitarra, siempre has querido tener más tiempo para apuntarte a clases de baile… Son actividades que te harían sentir más pleno, con más energía, más presente, más feliz. Y cuando te sientes así, las pantallas también quedan relegadas en la vida de tus hijos.

¿Cómo debería ser un uso de pantallas saludable según la edad?

En mi libro hablo largo y tendido de todo esto, según la edad. Hay muchas circunstancias que influyen en lo que podríamos considerar como un uso saludable: no solo el tiempo. También si las pantallas se consumen de forma aislada o de forma acompañada, el tipo de pantallas y contenidos que se consumen, los momentos del día en los que se consumen. Puedes ver media hora de televisión al día, pero si esa media hora es en el rato de la comida, que es uno de los pocos momentos que tienes para charlar, estar presente con tu familia y saborear los alimentos, no estás haciendo un consumo saludable.

Si tenemos una relación de respeto y confianza podremos hablar con nuestros hijos sobre cómo van a usar las pantallas y qué tiempo les quedará para hacer otras actividades

¿Qué se puede hacer para desenganchar a los niños de las pantallas si inicialmente se les ha ofrecido como recurso para entretenimiento?

Habrá que tener en cuenta las circunstancias de cada familia y cada niño, la edad y el nivel de consumo y cómo esté influyendo este consumo en la familia y en el propio niño. Todo esto lo explico detalladamente en mi libro. Hace pocos días conocimos una noticia de la que se hicieron eco muchos medios de comunicación: un adolescente había sido hospitalizado dos meses como consecuencia de la fuerte adicción que tenía al videojuego FORTNITE. Su proceso de desintoxicación había sido muy similar a la de un adicto a las drogas. Obviamente, estamos hablando de un caso extremo, sin embargo, las familias han de saber que si se ha creado una dependencia grave, ya sea al móvil, a las redes sociales, o a los videojuegos, pueden pedir ayuda profesional.

¿Qué recomendaciones le darías a una familia que se esté planteando reducir el consumo de pantallas en casa?

En primer lugar les recomendaría poner el foco en ellos mismos: ¿qué uso estoy haciendo yo de las pantallas? A partir de ahí, reorganizar hábitos, rutinas, ambientes, y empezar a crear un entorno familiar más presente y conectado; pero no conectado al mundo digital, sino conectado a las personas que nos rodean, a las experiencias, a las emociones: conectados a la vida.

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