Sari Arponen

Autora de ¡Es la microbiota, idiota!, Doctora en Ciencias Biomédicas, especialista en Medicina Interna y microbiota
Una microbiota intestinal equilibrada es clave para disfrutar de una buena salud a nivel físico y emocional, y la Dra. Arponen, experta en Medicina Interna, nutrición y microbiota, explica cómo cuidarla para prevenir enfermedades.
Entrevista a Sari Arponen
“Los niños deberían pasar mucho tiempo en la naturaleza y tener contacto con animales domésticos, porque esto ayuda a programar la microbiota de una forma saludable”
Escrito por: Eva Salabert

18/03/2021

La microbiota es el conjunto de microorganismos –bacterias, virus, protozoos, hongos, arqueas…– que habitan en nuestro organismo, y cuyo equilibrio debemos vigilar si queremos disfrutar de una buena salud, tanto a nivel físico como emocional. Sari Arponen, Doctora en Ciencias Biomédicas por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en Medicina Interna y enfermedades infecciosas, experta en nutrición y en microbiota, y colaboradora de Webconsultas, acaba de publicar '¡Es la microbiota, idiota!' (Alienta editorial), un libro con el que quiere llamar la atención sobre la importancia que tiene este conjunto de microorganismos en la prevención y el tratamiento de diversas enfermedades o de sus síntomas. Problemas frecuentes de salud como la hinchazón abdominal, la dermatitis, el sobrepeso, o los dolores de cabeza, entre otros muchos, pueden estar asociados a la disbiosis o desequilibrio de la flora intestinal y la Dra. Arponen ofrece consejos para cuidarse de una forma global, teniendo en cuenta nuestra microbiota.


LIbro: ¡Es la microbiota idiota!

En tú libro '¡Es la microbiota, idiota!' explicas cómo depende nuestra salud de los billones de microorganismos que habitan en nuestro cuerpo. ¿Puede ayudarnos entonces a tener una mejor salud, tanto intestinal, como a nivel general?

Todos tenemos microbiota en todo el cuerpo y en general llevamos un estilo de vida que hace que en nuestra sociedad sea muy fácil tener una microbiota desequilibrada. El libro está escrito con un lenguaje comprensible para cualquier persona que quiera informarse sobre este tema, aunque también sirve de introducción para profesionales sanitarios interesados en él. Mi intención al escribirlo ha sido ayudar a la gente a sentar las bases para tener una microbiota saludable y una buena salud, que aprendan herramientas básicas para cuidarse de una forma global, teniendo en cuenta la microbiota. Proporcionar esas herramientas es algo parecido a cuando decimos aquello de no le des un pez al hambriento, enséñale a pescar.

¿Cómo podemos saber si nuestra microbiota intestinal está equilibrada, o no? ¿Hay pruebas específicas para comprobarlo?

Si tenemos cualquier problema de salud, y sobre todo si es crónico, es muy probable que también tengamos un desequilibrio de la microbiota. Sabemos que en prácticamente todas las situaciones de enfermedad crónica, o incluso en el caso de trastornos o disfunciones que no llegan a ser enfermedad, como la migraña, hay un perfil de alteración de la microbiota, porque constituyen una señal de que probablemente la microbiota esté alterada.

Sabemos que en la fibromialgia hay una disbiosis, una alteración de la microbiota

Se pueden hacer test o análisis específicos de la microbiota, tanto la intestinal, como la de la boca o la vagina, por ejemplo, pero hoy en día son pruebas algo costosas desde un punto de vista económico –entre 200 y 800 euros–, que no están a nuestro alcance en la sanidad pública. Y yo le aconsejo a la gente que no se las hagan por su cuenta, sino que consulten siempre con un profesional actualizado que conozca el tema de la microbiota, y si el experto considera necesario y oportuno que se someta a una de esas pruebas, entonces adelante.

Y con los síntomas que refiera el paciente, u otro tipo de pruebas, ¿el profesional también podría detectar que tiene una alteración de la microbiota?

En realidad podemos actuar sobre la microbiota incluso sin necesidad de saber específicamente qué bacterias son las que están incrementadas o disminuidas, porque por ejemplo un cuadro que ahora es muy prevalente, como es el SIBO (sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado), no se diagnostica por el análisis de la microbiota, sino que se diagnostica fundamentalmente por los síntomas del paciente y con el test del aliento.

En presencia de un SIBO ya sabemos que hay lo que se llama una disbiosis, un desequilibrio de la microbiota del intestino delgado, sin necesidad de hacer un estudio específico de la microbiota, y un profesional acostumbrado a trabajar con la microbiota se podrá adaptar a su paciente e intervenir sobre ese desequilibrio bacteriano.

¿Intervenir sobre la microbiota podría mejorar los síntomas que tienen algunas personas con enfermedades cuyas causas se desconocen, como ocurre por ejemplo con la fibromialgia?

Sí, desde luego, y en la fibromialgia en particular. Hay mucha incomprensión acerca de esta enfermedad, y es curioso que a pesar de que ya se sabe que lo que sucede es un síndrome de sensibilización central, es decir, que el paciente sufre una alteración en el procesamiento de los estímulos en el cerebro, todavía no se trata de forma adecuada, porque sabemos lo que está sucediendo y cómo abordarlo, y también sabemos que en la fibromialgia hay una disbiosis, una alteración de la microbiota.

Tenemos conexiones bidireccionales entre el intestino y el cerebro, y por ello el estado de nuestro intestino influye sobre el cerebro; y nuestro estado de ánimo, o el estrés, también afectan al intestino

Incluso hay algún estudio pequeño donde se ha visto que las mujeres con fibromialgia en una gran mayoría de los casos tienen SIBO, por ejemplo. Y no es que el SIBO esté provocando la fibromialgia en sí, pero influye en que la persona se encuentre peor, que tenga otros síntomas añadidos, y que aumente más esa sensibilización central y esa inflamación. Y desde luego si le tratamos ese SIBO, también podrá mejorar de los síntomas de fibromialgia.

A veces también habría que comprobar si esta persona tiene una fibromialgia de verdad, o si en realidad es un SIBO o una disbiosis muy intensa, y una vez que lo tratemos mejoren tanto los síntomas como para que podamos acabar por concluir que no se trataba de una fibromialgia, sino de una potente disbiosis.

Salud intestinal, bienestar emocional y microbioterapia

¿Puede afectar también esta disbiosis intestinal a nuestro bienestar emocional, por aquello del eje intestino-cerebro?

Sí, esto está muy descrito y es uno de los aspectos que quizá más le llame la atención a la gente, aunque esto ya lo sabían los griegos –lo sabía Hipócrates–, y los médicos británicos en los siglos XVIII y XIX. Tenemos unas conexiones entre el intestino y el cerebro que son bidireccionales, y por ello el estado de nuestro intestino, de nuestra microbiota intestinal, influye sobre el cerebro; y nuestro estado de ánimo, o sufrir estrés crónico, también afecta al intestino.

Es una relación bidireccional, y cuando algunas personas tienen problemas en el ámbito digestivo, en su microbiota intestinal, esto puede tener un impacto en su funcionamiento emocional y experimentar trastornos del estado de ánimo, ansiedad, o incluso depresión. Pero, por otro lado, las personas que tienen problemas en el ámbito psicoemocional pueden acabar somatizándolos y manifestándolos en forma de síntomas del aparato digestivo, precisamente porque las conexiones son bilaterales, es decir, el intestino comunica al cerebro, y viceversa.

Las personas con problemas en el ámbito psicoemocional pueden acabar somatizándolos y manifestándolos en forma de síntomas del aparato digestivo

Esto es un poco como lo del huevo y la gallina, ¿qué viene primero? ¿Está alterada la microbiota y por eso acabas teniendo un estado de ánimo más depresivo o ansioso? ¿O primero sufres ansiedad y a consecuencia de ello se te altera la microbiota? Bueno, cada caso es diferente y no siempre va a ser fácil de determinar, y probablemente será algo paulatino porque casi nunca enfermamos de repente de esas cosas, sino que unos hábitos de vida poco saludables, junto a una predisposición genética determinada, acaban generando el problema.

Hablas del impacto que tienen ciertos fármacos sobre la salud de la microbiota intestinal y que no solo los antibióticos la dañan. Las personas con enfermedades crónicas que sigan un tratamiento médico continuado, o los que tengan que tomarlo de forma puntual, ¿qué pueden hacer para prevenir la disbiosis asociada a ciertos medicamentos?

Lo primero sería adecuar la prescripción farmacológica, en el sentido de que hay cierta tendencia a ir prescribiendo fármacos que se van acumulando, pero la desprescripción, que consiste en quitar los fármacos que ya no son estrictamente necesarios, muchas veces es difícil. Esto pasa por ejemplo con el omeprazol y similares, que muchas de las personas a las que se los prescriben luego siguen tomándolos durante años porque les queda alterada la función del estómago, o incluso tienen miedo de suspenderlo aunque no lo necesiten, y este sería un ejemplo de cómo un fármaco tomado de forma crónica daña muchísimo la microbiota.

Entrevista a Sari Arponen, experta en microbiota intestinal

Otras veces no será posible la desprescripción y será necesario que el paciente siga tomando su medicación; en esos casos se trataría de incorporar todas esas herramientas que comento en el libro, como una alimentación saludable, el contacto con la naturaleza, el ejercicio físico, el control del estrés, el descanso adecuado…, y puntualmente se pueden utilizar estrategias de microbioterapia, como por ejemplo los probióticos, idealmente asesorados por un profesional.

Además, si alguien está tomando fármacos será porque está enfermo, y la propia enfermedad ya se asocia a una disbiosis, así que lo ideal seria mejorar la disbiosis para mejorar la patología y, si la medicación le produce una disbiosis, mejorar también ese problema de forma específica. Pero hay tanta variedad de casos que hay que individualizarlo mucho, y muchas veces depende más de las características del paciente que de la propia patología.

Has mencionado la microbioterapia, ¿qué es y en qué casos está indicada?

La microbioterapia consiste en utilizar lo que se llaman productos vivos bioterapéuticos, que a día de hoy son fundamentalmente probióticos, pero también hay otro tipo de productos que reviso en el libro. Cuando hablamos de microbioterapia vamos un paso más allá de lo que la gente piensa cuando se mencionan los probióticos, que muchos asocian al típico yogur. Y aunque es cierto que un yogur natural puede mantener las cepas que lo han originado, no es en sí terapéutico; puede ser un alimento interesante, pero no es una terapia, no es un tratamiento dirigido.

La microbioterapia consiste en seleccionar, de entre los cientos de cepas de probióticos que existen, aquéllas que necesita el paciente

La microbioterapia consistiría en tener en cuenta las características de una persona y del tipo de patología que sufre, e incluso del perfil de microbiota que tiene si lo conocemos, para seleccionar de forma específica aquellas cepas bacterianas que para esa persona en concreto son de utilidad y van a tener un impacto real en la prevención o el tratamiento de su enfermedad. No se trata de ir a una farmacia y pedir un probiótico cualquiera (eso no sería nada específico, y puede ser que le ayude, o puede ser que no), sino que hay que individualizar el tratamiento y seleccionar de entre los cientos de cepas de probióticos que existen aquéllas que necesita el paciente.

Hábitos para cuidar la microbiota desde la infancia

La microbiota hay que cuidarla desde niños pero, ¿qué hábitos pueden ayudar a mejorarla en la infancia, y cuáles por el contrario pueden resultar perjudiciales?

Lógicamente, no podemos influir ni en la forma de nacer, ni en que nos alimenten con lactancia materna, aunque sean factores determinantes para tener una microbiota sana y equilibrada, pero además de eso la alimentación prebiótica y antiinflamatoria es clave, tanto para la salud de la microbiota de la boca, como para la intestinal.

En el libro también hablo del exceso de higiene. Es cierto que en los ámbitos urbanos cuando uno llega a casa y ha estado expuesto a la contaminación atmosférica y a la microbiota no muy favorable que hay en las ciudades, conviene darse una ducha, pero evitando el exceso de jabón en todo el cuerpo, que es una costumbre frecuente en muchas personas.

La alimentación prebiótica y antiinflamatoria es clave, tanto para la salud de la microbiota de la boca, como para la intestinal

En el caso de los niños sería interesante que pasaran mucho tiempo moviéndose en la naturaleza, teniendo contacto con bosques, con áreas verdes, con áreas azules de aguas naturales…, e idealmente sería bueno también que tuvieran contacto con animales porque los animales domésticos ayudan también a programar la microbiota de una forma saludable.

Se ha observado por ejemplo que los niños que crecen en granjas –me refiero a explotaciones sostenibles– tanto en la edad infantil, como posteriormente, tienen muchos menos procesos alérgicos o de autoinmunidad, porque el tener contacto con una microbiota saludable, y esto está relacionado con el contacto con la naturaleza, ayuda a una buena programación.

Y es muy importante, claro, evitar el uso inadecuado de fármacos porque, como comento en el libro, en España los niños reciben muchos más antibióticos que en otros países. Yo no digo que esto sea culpa de nadie, pero muchas veces la prescripción de antibióticos se puede adecuar, al igual que la de otros fármacos que se utilizan demasiado.

Cuando hablamos de microbiota y salud solemos pensar en la del intestino, pero supongo que también será importante para nuestra salud el estado de otras como la de la piel, la dermobiota, ¿cómo debemos cuidar la piel para proteger la microbiota cutánea?

Para la piel es fundamental evitar el exceso de higiene. La piel es la capa que nos protege del exterior y tiene un equilibrio fantástico, por lo que si una persona no tiene un trabajo como por ejemplo arreglar coches, u otras profesiones en las que te puedes ensuciar más, ni siquiera necesita ducharse todos los días. Como decía, si vives en una ciudad y sales a la calle y te expones a la contaminación, cuando llegas a casa te puedes dar una ducha con el agua no muy caliente, y lavarte zonas como los genitales, las axilas y los pies, que son las que pueden llegar a tener un olor más desagradable, pero el resto del cuerpo no hay necesidad de restregarlo, ni de aplicarle jabones. Desde luego a diario no, porque es suficiente con agua y sin frotar.

En España los niños reciben muchos más antibióticos que en otros países, y muchas veces la prescripción de antibióticos se puede adecuar, al igual que la de otros fármacos que se utilizan demasiado

Mucha gente en consulta me dice que tiene la piel muy seca, y cuando les pregunto cada cuánto se duchan contestan que todos los días, y que usan jabón para todo el cuerpo. Yo les aconsejo que dejen de hacerlo porque están llevándose la capa hidrolipídica que protege la piel, y también su microbiota, que es fundamental para mantener el equilibrio de la propia piel, de su sistema inmunitario, y protegernos frente a las agresiones y los microbios patógenos que pueden producir enfermedades dermatológicas.

Ayuno intermitente, o fisiológico

Dices en el libro que practicas el ayuno intermitente, ¿en qué consiste exactamente y cuáles son sus beneficios, y para quiénes estaría recomendado, o contraindicado?

El problema está en que hoy en día le tenemos que poner nombre a todo, incluso a cosas que en realidad son fisiológicas. Parece que no pasa nada por comer cinco veces al día, y que es algo normal, cuando comer cinco veces al día es una costumbre muy reciente, de hace pocas décadas, y trae muchísimos problemas de salud metabólicos para la población. Sin embargo, a la gente que come cinco veces al día nadie le dice que se someta a un control médico. Y me refiero a adultos, porque en el caso de los niños es diferente; un niño que está en periodo de crecimiento tiene que comer las veces que le dicte su organismo.

Entrevista a Sari Arponen, ayuno intermitente

Pero en el caso de los adultos realmente lo fisiológico es que tengamos un ayuno nocturno mínimo de 12 o 13 horas, y a mí incluso me parece que llamar a eso ayuno intermitente es incorrecto, porque es lo fisiológico. En España uno podría decir “Ah, pues 12 o 13 horas no es tanto”, y no lo es, pero si nos fijamos en nuestro entorno veremos que mucha gente cena tardísimo, a las 10, o a las 11 de la noche incluso, y luego a lo mejor desayunan entre las seis y las siete de la mañana, de forma que el ayuno nocturno se queda en ocho o nueve horas; y eso es muy poco.

Ducharse a diario con jabón elimina la capa hidrolipídica y la microbiota de la piel, que es fundamental para mantener su equilibrio y protegernos frente a agresiones y patógenos que pueden causar enfermedades dermatológicas

Hay estudios en los que se ve claramente que cuando el ayuno nocturno es de 13 horas, para las mujeres por ejemplo es un factor protector contra las neoplasias de mama. Realmente lo fisiológico, y lo que históricamente ha hecho el ser humano en el caso de los adultos –a excepción de las últimas décadas en las que se nos ha ido bastante la mano en nuestra conducta alimentaria– ha sido comer dos o tres veces al día, con un ayuno nocturno de al menos 12 o 13 horas.

Si hay gente a la que le va estupendamente prolongar más ese ayuno nocturno hasta 15, 16 o 18 horas, y otros a los que incluso lo que mejor les va es comer una vez al día, eso ya es algo personal que depende mucho de cada uno, e incluso del sexo, porque por ejemplo en general a los hombres les suele ir mejor hacer ayunos más largos, y a las mujeres no tanto. Pero a mí me fastidia un poquito la controversia en torno a este tema, porque ya digo que esto es lo fisiológico, y animar a la gente a que coma cinco veces al día, y decir que para comer solo dos o tres veces al día con un ayuno nocturno de 12 o 13 horas necesitas una supervisión, a mí me parece que es el mundo al revés.

Es cierto que hay patologías donde se debe tener un cuidado especial. Por ejemplo, en el caso de las personas con trastornos de la conducta alimentaria, como la anorexia o la bulimia, con diabetes tipo 1 y con porfiria aguda intermitente, son situaciones en las que lo ideal sería que fuera un nutricionista actualizado el que les hiciera el diseño de su pauta nutricional. Y digo lo de actualizado, porque en caso contrario no sería tan útil.

En algunos artículos se habla indistintamente de microbiota y microbioma, y creo que no son sinónimos, ¿cuál es la diferencia entre ambos?

No, no son exactamente sinónimos, aunque al final se acaban utilizando un poco de forma indistinta. En castellano puede tener que ver con que decimos la microbiota, pero decimos el microbioma, y decir el microbioma suena un poco más raro –o eso me parece a mí–. La microbiota hace referencia a todos esos microorganismos –las bacterias, los virus, los protozoos, los hongos, las arqueas– que tenemos, y el microbioma es un concepto más amplio que se refiere tanto a los microorganismos, como a todo su genoma, a su código genético, e inclusive a los metabolitos que fabrica esa microbiota; al ser un concepto más amplio tal vez sería más correcto incorporarlo de una forma global como esa parte funcional de la microbiota, pero probablemente nos hemos acostumbrado más al término microbiota.

Animar a la gente a que coma cinco veces al día, y decir que para comer solo dos o tres veces al día con un ayuno nocturno de 12 o 13 horas necesitas una supervisión, me parece el mundo al revés

También creo que no es necesario que el lenguaje coloquial sea tan estricto; es como cuando dicen que flora no es correcto, pero fuera del ámbito académico de lo que se trata es de que nos entendamos entre los hablantes. Incluso yo utilizo de vez en cuando el término flora en el libro, porque estar continuamente hablando de microbiota fuera del ámbito académico es un poco cansino. Así que aunque científicamente no sea correcto, no pasa nada por decir flora de vez en cuando, y la RAE lo acepta.

Eres cofundadora de 'Slow Medicine Revolution', ¿en qué consiste y cuáles son sus objetivos?

Es una plataforma de divulgación que fundamos otras dos compañeras médicas y yo (la Dra. África Villaroel y la Dra. Susan Judas), cuyo objetivo es divulgar, tanto para sanitarios, como para el público en general, la necesidad de recuperar o propiciar muchos valores de la medicina y de las ciencias del ámbito de la salud para hacer una medicina más lenta, más centrada en el paciente, y más respetuosa con los valores individuales de cada persona.

Este movimiento de medicina lenta surgió en Italia hace aproximadamente 20 años y propugna que frente al frenesí que vivimos ahora –que todo se ha acelerado y estamos excesivamente centrados en la tecnología– recuperemos esa parte más global y humanista de la medicina, para poner a la persona, al paciente, en el centro, y también favorecer su empoderamiento.

De lo que se trata es de intentar hacer esa perspectiva más integral, divulgar sobre ello, y que tanto pacientes como profesionales, como la población general, se den cuenta de que entre todos podemos propiciar otras formas de hacer medicina. Es difícil, porque harían falta políticas de inversión pública, en España en particular, para potenciar muchísimo la atención primaria, para empezar, e incluir a muchos otros profesionales sanitarios en esa atención primaria, como por ejemplo nutricionistas, psicólogos, fisioterapeutas, o profesionales de la actividad física y del deporte.

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