18 de mayo de 2012

La postergación (o procrastinación) es el hecho de “dejar las cosas para mañana”. Cuando esta actitud se repite con demasiada frecuencia en nuestras vidas, supone un importante límite para alcanzar nuestros objetivos, tanto banales (por ejemplo, un pasatiempo) como importantes (algunos ejemplos: hacer las tareas laborales diarias, estudiar para un examen o la decisión de comprarse un coche).
Postergar supone un engaño a nosotros mismos que puede convertirse en una agresión, ya que llevamos a cabo medidas para alcanzar aquellas cosas que tanto deseamos y con las que habíamos estado soñando. Todo ello, puede dar lugar a la pérdida de la propia confianza y en dudas acerca de las propias capacidades.
Consecuencias de postergar
Más allá del falso alivio que pueda generarnos en un primer momento, el posponer interminablemente implica un gran desgaste que, según vaya progresando la situación, puede generar en ti emociones negativas como la culpa, la angustia, la frustración e incluso depresión.
A esta emocionalidad negativa se le unen problemas en el rendimiento que puede dar lugar a repercusiones a nivel social, laboral y familiar. Por todo ello, postergar puede causar un elevado nivel de interferencia en nuestra vida cotidiana.
Generalmente, tendemos más a postergar aquellas cosas que nosotros mismos decimos que queremos hacer, que aquellas que otras personas nos ordenan que hagamos. El miedo a la valoración negativa que otras personas puedan hacer de nosotros mismos es una de las explicaciones a este hecho.
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Fuente: Organización Mundial de la Salud (OMS)