El estrés por la pandemia ha alterado el cerebro de los adolescentes

El cerebro de los adolescentes se ha visto alterado físicamente por el estrés relacionado con la pandemia por COVID-19, que ha acelerado el envejecimiento de algunas de sus estructuras, según se ha observado en resonancias magnéticas.
Escrito por: Eva Salabert

02/12/2022

Adolescente con la mirada perdida durante la pandemia

La pandemia por COVID-19 ha tenido un alto coste a nivel emocional y psicológico, como han demostrado ya diferentes estudios. De hecho, los casos de ansiedad y depresión en adultos aumentaron más del 25% solo durante 2020, en comparación con años anteriores. Una nueva investigación ha descubierto que el estrés pandémico ha alterado físicamente el cerebro de los adolescentes y ha hecho que sus estructuras cerebrales parezcan varios años más viejas que las de sus coetáneos antes de la pandemia.

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El estudio ha sido realizado por investigadores de la Universidad de Stanford y sugiere que los factores estresantes asociados a la pandemia pueden haber tenido importantes efectos neurológicos y sobre la salud mental de los adolescentes. Sus resultados se han publicado en Biological Psychiatry: Global Open Science. “Ya sabemos por investigaciones globales que la pandemia ha afectado negativamente la salud mental de los jóvenes, pero no sabíamos qué estaba haciendo físicamente en sus cerebros, si es que había algo”, ha declarado Ian Gotlib, profesor de psicología David Starr Jordan en la Escuela de Humanidades y Ciencias y primer autor del artículo.

A medida que envejecemos se producen cambios en la estructura del cerebro, explica Gotlib, y durante la pubertad y los primeros años de la adolescencia los niños experimentan un mayor crecimiento tanto en el hipocampo como en la amígdala –regiones del cerebro que controlan el acceso a ciertos recuerdos y ayudan a modular las emociones, respectivamente–, mientras que los tejidos de la corteza, una zona implicada en el funcionamiento ejecutivo, se vuelven más delgados.

“Los adolescentes evaluados tras los confinamientos tenían problemas de salud mental más graves y un grosor cortical reducido, un hipocampo y una amígdala más grandes y una edad cerebral más avanzada”

Los investigadores compararon resonancias magnéticas de un grupo de 163 niños que se tomaron antes y durante la pandemia, y comprobaron que este proceso de desarrollo se aceleró en los adolescentes a medida que experimentaban los bloqueos de COVID-19. Gotib explica que hasta ahora este tipo de cambios acelerados en la “edad del cerebro” solo se habían encontrado en niños que han sufrido adversidades crónicas por violencia, negligencia, disfunción familiar, o una combinación de diferentes factores, y aunque esas experiencias se relacionan con problemas de salud mental más adelante en la vida, no está claro si los cambios en la estructura cerebral observados por los científicos de Stanford están vinculados a cambios en la salud mental, según Gotlib.

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Un cerebro envejecido prematuramente por el estrés pandémico

“Tampoco está claro si los cambios son permanentes”, ha dicho Gotlib. “¿Su edad cronológica eventualmente alcanzará su 'edad cerebral’? Si su cerebro permanece permanentemente más viejo que su edad cronológica, no está claro cuáles serán los resultados en el futuro. Para una persona de 70 u 80 años, usted esperaría algunos problemas cognitivos y de memoria basados ​​en cambios en el cerebro, pero ¿qué significa para un joven de 16 años si su cerebro está envejeciendo prematuramente?”.

Gotlib ha explicado que el objetivo de su estudio no era analizar el impacto del COVID-19 en la estructura del cerebro, sino que antes de la pandemia su laboratorio había reclutado a una cohorte de niños y adolescentes de todo el Área de la Bahía de San Francisco para que participaran en un estudio a largo plazo sobre la depresión durante la pubertad, pero cuando llegó la pandemia no fue posible realizar resonancias magnéticas programadas regularmente en esos jóvenes. “Luego, nueve meses después, tuvimos un reinicio completo”, continúa Gotlib.

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Cuando pudieron continuar con los escáneres cerebrales, el estudio se retrasó un año. En circunstancias normales, sería posible corregir estadísticamente el retraso al analizar los datos del estudio, pero la pandemia causó dificultades. “Esa técnica solo funciona si se supone que los cerebros de los jóvenes de 16 años de hoy son los mismos que los cerebros de los jóvenes de 16 años antes de la pandemia con respecto al grosor cortical y el volumen del hipocampo y la amígdala”, ha explicado Gotlib. “Después de observar nuestros datos, nos dimos cuenta de que no lo son. En comparación con los adolescentes evaluados antes de la pandemia, los adolescentes evaluados tras los confinamientos de la pandemia no solo tenían problemas de salud mental internalizados más graves, sino que también tenían un grosor cortical reducido, un hipocampo y una amígdala más grandes y una edad cerebral más avanzada”.

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Los hallazgos podrían tener consecuencias graves para toda una generación de adolescentes en el futuro, ha añadido Jonas Miller, coautor del trabajo que fue becario postdoctoral en el laboratorio de Gotlib durante el estudio. “La adolescencia ya es un período de rápida reorganización en el cerebro, y ya se vincula con mayores tasas de problemas de salud mental, depresión y conductas de riesgo”. “Ahora tienes este evento global que está ocurriendo, donde todos experimentan algún tipo de adversidad en forma de interrupción de sus rutinas diarias, por lo que podría ser que los cerebros de los niños que hoy tienen 16 o 17 años no sean comparables a los de sus contrapartes hace apenas unos años”, concluye.

Gotlib tiene intención de continuar el seguimiento del mismo grupo de niños durante la adolescencia y la edad adulta temprana, para analizar si la pandemia de COVID ha cambiado la trayectoria del desarrollo de su cerebro a largo plazo, además de realizar un seguimiento de la salud mental de estos adolescentes y comparar la estructura cerebral de los que estaban infectados con el coronavirus con los que no para identificar cualquier diferencia que se haya producido.

Actualizado: 6 de diciembre de 2022

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