Coronavirus: tratamientos y vacunas en desarrollo para frenarlo

El tratamiento del COVID-19 –la enfermedad causada por el SARS-CoV-2– depende de su gravedad. Analizamos fármacos como los antivirales, las terapias con plasma y las vacunas aprobadas o en estudio que buscan reducir sus complicaciones.
Tratamientos para el coronavirus

Actualizado: 19 de enero de 2021

Mientras los casos de coronavirus siguen expandiéndose por todo el mundo, la población se pregunta cómo puede tratarse el COVID-19, la enfermedad que provoca desde leves síntomas respiratorios a casos más graves e incluso fatales. Como evidencian los epidemiólogos, los seres humanos no tenemos inmunidad para este nuevo virus, pero científicos de todo el mundo, laboratorios y compañías farmacéuticas llevan meses investigando para conseguir fármacos más eficaces para tratar esta infección, así como vacunas capaces de neutralizar al SARS-CoV-2. Analizamos en este artículo las opciones terapéuticas actuales de las que disponen los sistemas de salud para tratar a los pacientes, y todas aquellas terapias en estudio que se encuentran en estados más avanzados o con visos de poder utilizarse en los próximos meses para combatir esta pandemia.

En principo los expertos estimaban que la vacuna para prevenir la infección por SARS-CoV-2 tardaría en desarrollarse un año como mínimo, porque como nos ha explicado el Dr. Julio García Rodríguez, jefe del Servicio de Microbiología del Hospital La Paz (Madrid) y portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC), “las vacunas llevan su tiempo, y no se puede acelerar, y por eso todos pensamos que antes de un año y medio no vamos a disponer de una vacuna”. Afortunadamente, sin embargo, la cantidad de medios que se han empleado en todo el planeta para encontrar una vacuna eficaz y el hecho de que los ensayos clínicos con seres humanos se hayan hecho en paralelo para ganar tiempo, entre otros factores, ha acelerado el proceso y en diciembre de 2020 la FDA autorizaba el uso de emergencia de la vacuna de Pfizer y de Moderna.

Hombre adulto mayor con fiebre por coronavirus

Aunque ya dispongamos de vacunas, el ritmo de vacunación no es tan rápido como sería deseable, y además es necesario que un gran porcentaje de la población mundial esté inmunizada antes de considerar que se ha alcanzado la inmunidad de grupo (o de rebaño). Por ello, los científicos continúan estudiando alternativas terapéuticas para combatir el COVID-19, que puede cursar con síntomas leves similares a los de un catarro o gripe –en cuyo caso el tratamiento es sintomático con analgésicos como el paracetamol, destinados a aliviar las molestias del enfermo, pero que no tienen la capacidad de eliminar el virus–, o desencadenar una neumonía grave.

Las personas con síntomas graves como los de la neumonía, como fiebre elevada o dificultades respiratorias, requieren ingreso hospitalario para prevenir o reducir las complicaciones, y pueden necesitar soporte ventilatorio, entre otras medidas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha elaborado una guía en la que ofrece recomendaciones para el manejo de estos pacientes.

Remdesivir y antivirales para tratar a los pacientes graves con COVID-19

Es en los casos graves de COVID-19 en los que se hace más necesario el uso de medicamentos que puedan acabar con el patógeno y las complicaciones que provoca, y antivirales que se encuentran en fase de desarrollo o ya están aprobados para tratar otro tipo de enfermedades han resultado efectivos en algunos pacientes. Esta estrategia ya se empleó para tratar a personas que contrajeron el síndrome respiratorio agudo grave (SARS), que se identificó por primera vez en 2003 provocando un brote que afectó a más de 8.000 personas en todo el mundo, causando la muerte de 774.

La mayoría de los ensayos clínicos en marcha analizan la capacidad de diferentes drogas para inhibir componentes fundamentales para que se desarrolle el ciclo vital de la infección del SARS-CoV-2

Genéticamente el SARS-CoV-2 se parece mucho al SARS, y por eso determinadas combinaciones de antivirales podrían ayudar a contenerlo. De hecho, una terapia en la que se combinaron los fármacos antivirales ritonavir y lopinavir –que se administra a pacientes con VIH–, junto al interferón beta –que contribuye a que las células no sean infectadas–, se ha utilizado con éxito para tratar a un paciente de 62 años con COVID-19 ingresado en el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla.

Uno de los fármacos que se había estado probando en países como China o Estados Unidos, el remdesivir –un antiviral que ya se usó para tratar el SARS, el MERS (síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio) y el ébola, y que ha curado a un paciente con COVID-19 en Estados Unidos, tal como se describe en New England Journal of Medicine–, fue aprobado por la FDA el pasado 1 de mayo para que se utilice como tratamiento de emergencia en pacientes graves hospitalizados por COVID-19.

A finales de junio la compañía farmacéutica Gilead, que ha desarrollado remdesivir, estableció su precio de venta a la sanidad pública en 390 dólares (alrededor de 348 euros) cada dosis, por lo que un tratamiento completo costaría unos 2.340 dólares por paciente (que equivalen a 2.090 euros). A continuación, el Gobierno de Estados Unidos llegó a un acuerdo con Gilead para adquirir la práctica totalidad del stock y la producción del fármaco hasta septiembre. Aunque un estudio de la OMS concluyó que remdesivir no mejora el pronóstico de pacientes con COVID-19 ni reduce el riesgo de muerte, la FDA ha aprobado su uso en pacientes hospitalizados a causa de esta enfermedad.

Nuevos estudios han demostrado sin embargo que la hidroxicloroquina (un medicamento contra la malaria), cuya eficacia contra el nuevo coronavirus se había comprobado en un estudio publicado en Cell Research, y que ha estado utilizando el propio presidente Donald Trump para prevenir la infección, no mejora la evolución del COVID-19 ni reduce sus tasas de mortalidad, y además puede causar efectos secundarios adversos, por lo que desaconsejan que se administre a estos pacientes. El 15 de junio, además, la FDA (Agencia Americana del Medicamento) revocó la autorización para uso de emergencia de la hidroxicloroquina, debido a que se ha comprobado que las formulaciones orales de la hidroxicloroquina y la cloroquina no resultan eficaces para el tratamiento del COVID-19.

tratamientos antivirales para el coronavirus

La mayoría de los ensayos clínicos en marcha analizan la capacidad de diferentes drogas para inhibir la actividad de componentes fundamentales para que se desarrolle el ciclo vital de la infección del SARS-CoV-2. Así, ritonavir y lopinavir actúan inhibiendo la proteasa, una enzima clave para que tanto el VIH como el coronavirus puedan replicarse y propagarse por el organismo humano; remdesivir inhibe la síntesis del código ARN del coronavirus, y cloroquina impide que el virus se introduzca en las células.

Remdesivir –un antiviral que ya se usó para tratar el SARS, el MERS y el ébola, y la cloroquina –un antimalárico– han mostrado eficacia contra COVID-19

Plitidepsina (Aplidin®), desarrollado por la compañía española PharmaMar para tratar cánceres hematológicos como el mieloma múltiple y cuyo uso está aprobado en Australia (no en Europa, ni en Estados Unidos) podría convertirse también en una opción para tratar a los pacientes con COVID-19. Según ha explicado José María Fernández Sousa-Faro, presidente de la compañía, la diana terapéutica de este fármaco es la proteína eEF1A2 –presente en nuestras células–, que el virus necesita para replicarse.

Favipiravir es otro antiviral que se ha probado con éxito en China en un estudio en el que participaron 80 personas, a 35 de las cuales se les administró. Los resultados mostraron que estos pacientes dieron negativo en las pruebas de detección del coronavirus en menos tiempo que aquellos que no recibieron el fármaco, según ha confirmado Zhan Xinmin, director del Centro Nacional de Desarrollo Biotecnológico de China, a la agencia de noticias Xinhua.

Además de los mencionados antivirales, se van incorporando otros fármacos al arsenal terapéutico que emplean los médicos para combatir el patógeno en los pacientes ingresados con síntomas graves. Es el caso del tocilizumab, un medicamento que se emplea para tratar la artritis reumatoide, y que el Ministerio de Sanidad ya ha incluido entre los recomendados. Otro fármaco que ha dado muy buenos resultados, según ha mostrado un estudio español, es la ciclosporina, que ha llegado a reducir más del 80% las probabilidades de morir en pacientes hospitalizados por COVID-19.

El 9 de noviembre la Agencia Americana del Medicamento (FDA) ha aprobado el uso de emergencia del primer anticuerpo monoclonal específicamente diseñado para combatir el SARS-CoV-2, bamlanivimab, que está indicado para pacientes a partir de 12 años de edad con COVID-19 de leve a moderada, que no hayan sido ingresados en el hospital pero corran el riesgo de desarrollar un estado más grave de la enfermedad. Poco después, otorgó el uso de emergencia al fármaco baricitinib en combinación con remdesivir para tratar a pacientes adultos hospitalizados con COVID-19 y a pacientes pediátricos a partir de dos años de edad en estado grave.

La metformina, un fármaco que se emplea en el tratamiento de la diabetes, ha demostrado la capacidad de reducir el riesgo de muerte por COVID-19 en los pacientes diabéticos que la toman y contraen la enfermedad, según indica un estudio realizado por la Universidad de Alabama en Birmingham (Estados Unidos).

Respecto al tratamiento antibiótico, en principio solo está indicado en pacientes pediátricos si existe sospecha de sobreinfección bacteriana, y en adultos podrían utilizarse si la clínica, la analítica o los resultados microbiológicos, así lo aconsejan. Un medicamento que se ha usado en China, pero que de momento no se ha incluido en España en las recomendaciones generales de tratamiento es el oseltamivir, que solo se empleará en casos de coinfección con gripe.

Corticosteroides para pacientes con COVID-19 graves y críticos

El 2 de septiembre la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó una guía para profesionales médicos sobre el uso de corticosteroides en pacientes con COVID-19, en la que recomendaba el empleo de estos fármacos para el tratamiento de los enfermos graves o en estado crítico, mientras que aconsejaba no utilizarlos en los pacientes con formas menos graves de la infección, por no haber demostrado beneficios en estos casos y considerar que incluso podrían resultar perjudiciales. Este tratamiento, advierte la OMS, siempre ha de estar bajo supervisión facultativa.

El trabajo para elaborar esta guía, realizada en colaboración con la organización sin ánimo de lucro Magic Evidence Ecosystem Foundation (MAGIC), comenzó el pasado 22 de junio cuando se publicaron los resultados preliminares del ensayo RECOVERY sobre los efectos de los corticosteroides, que fueron complementados por nuevas investigaciones sobre estos medicamentos, por lo que la guía proporciona información que se ha obtenido con la combinación de datos de ocho ensayos randomizados sobre el uso de corticosteroides sistémicos en el tratamiento del COVID-19.

Un derivado del plasma sanguíneo anti SARS-CoV-2

Otra de las terapias que abren una vía de esperanza para la recuperación de las personas que se han infectado con el nuevo coronavirus y presentan síntomas graves que pueden llegar a causarles la muerte, es un nuevo medicamento derivado del plasma sanguíneo que está desarrollando la multinacional farmacéutica japonesa Takeda.

Se trata de una globulina hiperinmune (H-IG) policlonal anti-SARS-Cov-2 –que han denominado TAK-888– indicada para tratar a los pacientes de alto riesgo con COVID-19, según ha informado la empresa en una nota de prensa, en la que ha explicado que este tipo de terapias han demostrado su efectividad para tratar infecciones respiratorias virales agudas graves.

Plasma enriquecido para tratar el coronavirus

Sin embargo, también han advertido que todavía es necesario comprobar tanto su seguridad, como su eficacia en el caso del nuevo coronavirus, y que para ello necesitarían acceder al plasma de individuos que hayan padecido COVID-19 y se hayan recuperado, porque en su organismo tienen anticuerpos contra el virus que podrían reducir la gravedad de la enfermedad en los infectados, e incluso prevenirla.

La farmacéutica japonesa Takeda está desarrollando un nuevo medicamento derivado del plasma sanguíneo –TAK-888– indicado para tratar a los pacientes de alto riesgo con COVID-19

El mecanismo de actuación de la H-IG consiste en concentrar los anticuerpos específicos contra el patógeno que se encuentran en el plasma de los donantes recuperados, o de aquellos que en un futuro se hayan vacunado, para transferírselos a un enfermo y que ayuden a su sistema inmune a luchar contra la infección.

El 24 de marzo, la FDA (Agencia Americana del Medicamento) autorizó la utilización de plasma procedente de la sangre de personas que se hubieran recuperado de la infección por coronavirus para tratar con él a pacientes con COVID-19 en estado crítico y cuya vida corriese peligro, previa solicitud de autorización, y el gobernador de la ciudad de Nueva York, Andrew Cuomo, también anunció que los hospitales de la metrópoli comenzarían a usar este tratamiento con los pacientes que lo necesiten. 
Los investigadores también esperan que esta terapia se pueda extender a las personas que presentan un elevado riesgo de contraer la enfermedad, como enfermeras y médicos, y los hospitales universitarios de todo el país planean comenzar ensayos clínicos controlados por placebo para comprobar la eficacia del tratamiento.
El 23 de agosto la Administración de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos (FDA) autorizó el uso de emergencia del plasma procedente de individuos que hubieran superado la infección por coronavirus para tratar a enfermos con COVID-19, tras comprobar su potencial eficacia en algunos pacientes.
Un nuevo estudio realizado en Argentina con 160 pacientes con COVID-19 comprobó que si en los tres primeros días tras aparecer los síntomas se administran a estos pacientes transfusiones con plasma sanguíneo con un elevado nivel de anticuerpos de personas que han superado la infección se puede reducir hasta un 60% los casos de enfermedad grave.

Vacunas para prevenir el coronavirus

La comunidad científica lleva investigando desde el inicio de la pandemia para desarrollar una vacuna para prevenir el coronavirus, similar a la actual contra la gripe, y hay varias que ya se han empezado a administrar en muchos países. El 12 de enero de 2020 China compartió la secuencia genética del virus, y aunque el SARS-CoV-2 haya mutado en dos subtipos que han identificado como L-cov y S-cov, y posteriormente hayan aparecido nuevas cepas, como la variante británica, una profilaxis efectiva puede ayudar a reducir significativamente su propagación.

Según explicó Isabel Sola, el reto de los científicos es descubrir los elementos que hacen este virus tan peligroso, y "a partir de ese conocimiento diseñar vacunas que permitan proteger contra una infección similar a esta, o descubrir terapias antivirales que puedan ayudar a combatirlo". La viróloga concretó que el virus se estaba reconstruyendo con técnicas de biología molecular para después identificar los elementos que lo hacen peligroso y mortal con el objetivo de atenuarlo para convertirlo en un candidato a vacuna, que aunque esté atenuado sea capaz de inducir protección.

La investigación para crear una forma de inmunización eficaz contra este virus tan contagioso ha dado como resultado un tipo de vacunas diferentes a las tradicionales, las conocidas como vacunas ARN mensajero (ARNm), una técnica en la que se basan las de Pfizer y Moderna que, como nos ha explicado  Carmen Fernández, investigadora del CIB-CSIC y autora de Cómo se fabrica un medicamento, llevan el ARN –el gen– que codifica la proteína S del coronavirus, e “incluyen las instrucciones para producir esa parte en concreto del virus", "que en este caso es el antígeno que desencadenaría la reacción de nuestro sistema inmune”. 

Vacunas aprobadas o en investigación más avanzada

La vacuna ARNm-1273, desarrollada por la farmacéutica estadounidense Moderna obtuvo los primeros resultados positivos a mediados de mayo del año pasado, tras probarla en un ensayo en el que participaron 45 personas sanas, en ocho de las cuales desencadenó una respuesta inmune similar a la encontrada en pacientes con COVID-19 que se estaban recuperando de la infección. En julio comenzaron los ensayos en fase 3 para probar el fármaco en más de 30.000 voluntarios, y el 16 de noviembre la compañía anunció resultados preliminares en los que la vacuna había demostrado una eficacia del 94,5%. El 30 de noviembre, la farmacéutica anunció que esta eficacia alcanzaba el 100% para evitar casos graves de COVID-19, y la FDA autorizo su uso de emergencia a principios de diciembre de 2020, mientras que la Comisión Europea aprobó su comercialización el 6 de enero de 2021, tras la recomendación de la EMA.

La vacuna rusa Sputnik V, registrada en agosto por el Gobierno de Rusia se empezó a administrar a los profesionales sanitarios de este país sin someterse previamente a los controles establecidos para este tipo de medicamentos y la Organización Mundial de la Salud ha manifestado dudas sobre su seguridad y eficacia. Sin embargo, el 24 de noviembre el Centro Nacional de Investigación en Epidemiología y Microbiología que lleva el nombre de NF Gamaleya del Ministerio de Salud de la Federación de Rusia (Centro Gamaleya) y el Fondo de Inversión Directa de Rusia, anunciaron que los datos preliminares del ensayo clínico en fase III con 40.000 voluntarios señalaban que la vacuna tenía una eficacia del 95% a los 42 días de la primera dosis, y Argentina ya ha comenzado a administrar la segunda dosis de esta vacuna entre su población.

Una de las vacunas en la que las investigaciones están más avanzadas es la desarrollada por AstraZeneca y la Universidad de Oxford, que se ha probado en más de 10.000 voluntarios como parte de la fase 3 de ensayos clínicos, y que ha sido la primera que ha publicado sus resultados en The Lancet, una prestigiosa revista científica. El pasado 14 de agosto la Comisión Europea llegó a un primer acuerdo con AstraZeneca por el que cuando la vacuna hubiera demostrado su eficacia y seguridad adquiriría 300 millones de dosis, con la posibilidad de una adquisición adicional de otros 100 millones de dosis, que se distribuirán entre los Estados miembros que, como España, se hayan adherido a este acuerdo. AstraZeneca ya ha anunciado que la eficacia media de su vacuna es del 70,4% cuando se combinan los datos de dos regímenes de dosificación. El uso de emergencia de esta vacuna y de la desarrollado por Sinovac ya ha sido aprobado en Brasil.

La farmacéutica alemana CureVac también está desarrollando su propia vacuna, que ya se encuentra en fase de ensayos clínicos y podría llegar al mercado a mediados de 2021. En este caso la Comisión Europea está negociando la posible adquisición de 225 millones de dosis en nombre de los Estados miembros de la Unión Europea en cuanto se hayan comprobado su seguridad y eficacia.

La vacuna candidata de Pfizer y BioNTech ha mostrado una eficacia superior al 90% en la prevención del COVID-19, según anunciaron a principios de noviembre estas compañías, y aunque los datos proceden de un informe preliminar que aún debe ser contrastado y confirmado, estos resultados y la expectativa de que el fármaco esté disponible a finales de este año o principios del próximo suponen una gran esperanza para frenar la propagación de la infección. La FDA estadounidense aprobó su uso de emergencia a principios de diciembre de 2020 y a finales del mismo mes los países miembros de la Unión Europea, incluido España, comenzaron a vacunar a su población con este fármaco tras recibir la aprobación de la EMA.

Actualmente, hay 175 vacunas en fase de producción en todo el mundo, 35 de las cuales se encuentran ya en ensayos clínicos con pacientes enfermos, y 10 han alcanzado su última fase. Entre las más avanzadas están las de AstraZenecaJanssen, Johnson & Johnson y la del consorcio formado por Sanofi y GSK, y se espera que alguna de ellas supere las últimas pruebas y pueda estar disponible antes de final de año, y se pueda administrar de forma generalizada a la población a finales del primer trimestre de 2021.

Creado: 10 de marzo de 2020

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