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Un aditivo alimentario permite crear redes vasculares en órganos en 3D

El aditivo que da el apetecible color amarillo a las patatas fritas de bolsa –la tratrazina– podría ser clave para obtener órganos en 3D para trasplantes, porque ha permitido imprimir estructuras que imitan la función del sistema vascular.
Escrito por: Caridad Ruiz

03/05/2019

Aditivo alimentario que se encuentra en las patatas fritas

La tartrazina –también conocida como E-102, o colorante amarillo nº 5–, un aditivo alimentario que proporciona la tonalidad amarillenta a refrescos, dulces, cereales o patatas fritas, entre otros productos, puede servir para imprimir órganos humanos en 3D con un complejo sistema vascular, según los resultados de una investigación de la Universidad de Washington y la Universidad de Rice, en Boston (EE.UU.), que se ha publicado en la revista Science.

Una de las mayores dificultades a la que se enfrentan los bioingenieros a la hora de fabricar tejidos humanos es reproducir la red de vasos sanguíneos y linfáticos y las vías aéreas que de forma natural se encargan de trasportar la sangre, la linfa, el oxígeno y otros fluidos por el organismo, y que además bioquímicamente se encuentran conectados. La nueva investigación se sirve de una nueva técnica para imprimir tejidos humanos en 3D que emplea el colorante E-102 para fabricar esa compleja trama de fluidos.

Si estos experimentos tienen éxito, en un futuro se podrán imprimir órganos compatibles para trasplantar que dispongan de una red vascular completa

Esta nueva técnica de bioimpresión, llamada estereolitografía o SLATE (por sus siglas en inglés), utiliza este colorante alimentario para crear esa enmarañada estructura a partir de hidrogeles, y además carece de riesgos ya que, a diferencia de otros aditivos que se probaron en la investigación, el E-102 o tartrazina no resulta cancerígeno.

Las primeras pruebas con pulmón e hígado

Los dos primeros órganos que se han fotocopiado son de los más complejos del organismo humano: el pulmón y el hígado. Los científicos no hicieron copias exactas, sino unas estructuras que imitaban sus funciones. En el caso del pulmón el tejido impreso simulaba incluso la actuación de las vías aéreas que se encargan de suministrar el oxígeno a los vasos sanguíneos, mientras que para el hígado tomaron células hepáticas o hepatocitos de ratón y fabricaron tejido de hígado funcional, que implantaron en otro roedor para demostrar la posibilidad del trasplante.

Si estos experimentos de multivascularización tienen éxito, la bioimpresión se convertirá en la mayor revolución en el mundo de los trasplantes, porque por un lado se dispondrá de los órganos o tejidos funcionales que se deseen, y por otro no será necesario que los receptores tengan que medicarse para combatir el rechazo, ya que los órganos trasplantados se imprimirán a partir de células del propio paciente y, por lo tanto, serán compatibles.

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